Cómo veo la universidad

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Ya he terminado mis estudios universitarios básicos y, a menos de dos semanas de comenzar el máster, creo que soy capaz de opinar con algo más de conocimiento sobre qué es la universidad, cómo me ha tratado a mí y cómo me gustaría que cambiase en el futuro.

Doy por hecho que en algo tiene que cambiar. Sé que hay personas que están muy de acuerdo con esta tendencia a lo profesionalizante. Pero por lo general, queremos que la universidad cambie. Desde que estoy en ella he asistido a numerosas manifestaciones que, por principio, hablaban de economía y política, relacionadas todas ellas con el gobierno del PP.

Pero más allá había poco debate. El debate que a mí me interesa, quizá como estudiante de filosofía (o a pesar de ello), no tiene mucho que ver con que los bancos sean ya indistinguibles de las universidades, con que cada vez los créditos sean más caros y con que las becas estén disminuyendo. No, creo que eso es circunstancial y puede ir y venir según el gobierno de turno. Lo que pedimos otros tantos no es un cambio en las políticas, sino un cambio en los métodos de enseñanza, que es, a nuestro parecer, el radical problema de la universidad española. Sin perjuicio de lo anterior, por lo general hay también un largo trecho que recorrer para solucionar la falta de universitarios con vocación.

Voy a hablar de mi caso particular. Interesa porque he terminado, he pasado por el aro, como digo, y además, he estado en cuatro universidades distintas. La universidad donde he realizado mi grado en Filosofía ha sido la de Zaragoza. Luego probé medio cuatrimestre a estudiar en la Universidad Internacional de la Rioja. En tercero, comencé un grado en Psicología por la Universidad de la UNED. En cuarto, me marché de Erasmus a la Universidad del Bósforo, en Estambul, Turquía.

Pero desde el inicio, tenía claro hacia dónde quería ir. Desde que entré a la universidad, y consciente de las salidas de mi carrera, supe que quería doctorarme y ser profesor universitario. Uno tiene que tener claras sus vocaciones y, desde finales del bachiller, yo tenía claro que quería dedicarme a la docencia de la filosofía. Estoy todavía en el proceso.

Sin embargo, la mayoría de mis compañeros no veían el futuro tan claro. En primero entramos unas 50 personas y en cuarto hemos terminado unas 15. Algunas de ellas se han quedado por el camino, bien por repetir o bien por abandonar. Primero supuso la primera criba importante. Algunas asignaturas más complicadas (por su naturaleza analítica), como lógica formal o filosofía del lenguaje, fueron lo que les decidió a abandonar. Por suerte o por desgracia, los que entran a un grado de Filosofía pensando que esta es una lectura más profunda y revolucionaria de Nietzsche o de los marxistas, acaban algo preocupados al conocer que ha habido bastante recorrido entre finales del siglo XIX y comienzos del XXI. La carrera terminó por decidirme sobre qué tipo de filosofía quería continuar estudiando y elegí la filosofía de la ciencia, que se encuentra a medio camino entre la filosofía analítica y la continental clásica. Tengo compañeros que, tras cuatro años, todavía no tienen claro qué hacer. Y no sólo en filosofía, sino también en otras carreras muy vocacionales como historia o filologías. Salvo aquellas personas que hacen una filología inglesa, los que estudian lenguas clásicas y secundarias, lo tienen algo más difícil si al comienzo no tenían claro a qué querían dedicarse.

Creo que es importante saber qué camino hay que tomar ya que esta decisión nos hará fijar nuestras metas y tener un objetivo claro. Ahí es donde los institutos y colegios tienen que trabajar más.

Uno de mis profesores de bachillerato me contó que los mejores años de su docencia, donde más vocaciones se encontraron, fueron aquellos en los que, a finales de bachillerato, expertos en distintas materias (medicina, economía, arquitectura, etc.) acudían a las aulas para impartir durante unos meses clases que fuesen una demo de lo que los alumnos podrían encontrar luego en las universidades, de modo que pudiesen decidir en consecuencia. Estamos llenos de malos ejemplos, o de ejemplos anodinos de personas que han alcanzado el éxito sin estar preparadas en nada concreto. Nos faltan buenos ejemplos y, esta ausencia de ejemplaridad tiene consecuencias graves, entre otras, la masificación de las aulas universitarias.

Esto no tiene intención de convertirse en una diatriba.

De entre mis profesores universitarios sólo he encontrado una minoría con verdadera vocación. En su mayoría, han pasado sin pena ni gloria. Los que tenían la fortuna de encontrarse en el punto medio eran ya viejos y estaban a punto de jubilarse. Los famosos, lo mismo. Ninguno nos obligó a leer nada en concreto, y eso es bueno. Quizá mi carrera sea una de las pocas que quedan en las que los profesores ofrecen un poquito de resistencia. Unos 4 o 5 de mis profesores escriben columnas en periódicos o revistas de tirada nacional y regional. No puedo decir que me hayan decepcionado en ese sentido. Otros tantos, son auténticos monstruos, cultísimos… pero con una nula capacidad para conseguir que esa luz salga de las clases. Luego están los escolásticos, que han de seguir un guión y que, con suerte, permiten hacer preguntas al alumno. Luego han muchos vagos, que son más llamativos dependiendo de la experiencia que tenga uno en la empresa privada. Lo que no voy a utilizar es ese recurso facilón pensando que los funcionarios son, por lo general, más lentos que el resto de clases de trabajadores. Y si lo terminan siendo, desde luego, no es por su culpa, sino por la naturaleza de su tarea.

En mi carrera no puede haber profesores como en otras (arquitectura, ingeniería, etc) que, por haber tenido poco éxito en la empresa privada, no aguantando el empuje del mundo real, han decidido resguardarse en su cátedra. Hace poco escuché al profesor Juan José Acero a favor de los requerimientos a los docentes/investigadores, a los que se exige tener un impacto de publicaciones, o un número de ellas mayor que x, al año.

Creo que eso es algo peligroso en, por ejemplo, según qué tipo de filosofía o de ciencia social. En ellas no tiene por qué haber papers al uso. Creo que esta universidad no permitiría nunca más el trabajo de una década que supuso la Crítica de la Razón pura kantiana,  o cinco años de viajes en barcos transatlánticos a gastos pagados en personas como Darwin. Sigue, en definitiva, otras reglas… impide la creatividad a largo plazo, expone al investigador a una necesidad por publicar. Repito, en según qué disciplinas, esta prisa puede ser contraproducente.

En las universidades a distancia te preparan de otra manera, en el sentido de que uno tiene que ser independiente y sacarse de la mejor manera las castañas del fuego. Pero, en la UNED (por ejemplo), la enseñanza no solo brilla por su ausencia sino que lo habitual pasa por tener que merendarse libros de 500 páginas para luego vomitarlos en tests que recuerdan más de lo aceptable a esos exámenes teóricos para conseguir el carnet de conducir.

En Estambul tuve un acercamiento a lo que una buena universidad ha de ofrecer. En esa universidad, para todos (salvo los Erasmus y estudiantes de intercambio americanos, por ejemplo), es obligatorio pasar por unas fases de selección que son veinte veces más complicadas que en España. Millones de personas, y no exagero, envían petición de entrada. Sólo los mejores expedientes acaban dentro. Eso sí, la universidad lo merece. No sólo por el lugar en que se encuentra físicamente sino por la calidad de su profesorado y su clara vocación internacionalista. Además, y sin que sirva como ventaja objetiva, una universidad en la que parece que los grupos anarquistas y comunistas tienen fama de útiles y son respetados por el resto de la comunidad, es una universidad interesante. Quizá estos grupos no podrían ser más interesantes que en un país como Turquía.

Uno aprende inglés porque no se puede seguir una clase sin conocer este idioma. Esto le abre más puertas de las que un hispanoamericano que sólo visita universidades de su misma lengua tendría en la vida. De nuevo, no sé si por suerte o por desgracia, la mayoría de la información del mundo está ahora en ese idioma, y el problema de no utilizarlo es doble: no comprendemos y no nos comprenden. Excavamos nuestro propio hoyo y de ahí no salimos. Es una pena. No hay más que ir a países como Holanda o Alemania para ver cómo el inglés es ya dado por hecho en cualquier persona con educación básica. El inglés no es necesario, es un supuesto fuera de nuestras fronteras. Al igual que a uno se le supone saber escribir a máquina, o saber mover un ratón o un teléfono móvil. Esto es algo que hay que cambiar ya.

Me estoy alargando demasiado.

Me gustaría terminar diciendo que, a lo largo de estos cuatro años, sólo voy a recordar todo aquello que llamó mi atención, que me conmovió y que me motivó a ser independiente y buscarme la vida para sacarlo adelante, es decir, lo que me obligó a esforzarme. Para mí preparar mi Erasmus y estar un año en el extranjero fue todo un reto, porque yo no he ido a escuelas privadas y lo que sé de inglés me lo debo a mí mismo y no a academias caras o a meses enteros de verano en el extranjero.

La universidad no debería crear seres dependientes, hay un punto en que el mejor profesor no es el que deja de estar encima de ti sino el que consigue que tú mismo puedas llegar, con toda garantía, a separarte de él. Y si pudiésemos lograr que nuestras universidades plantasen las bases para satisfacer este requerimiento, entonces nos encontraríamos en el buen camino.

Un saludo.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

2 comentariosDeja tu comentario

  • ¡cuánto presente y cuánto futuro!

    Argentina está muy abierta a recibir gente como vos mismo. Hay que ver la cantidad de gente formada que está regresando, si para muestra alcanza un botón, el INVAP por citar un ejemplo amplió su plantilla de 350 sin futuro a 1300 en pocos años y con planificación a 5 años de proyectos aprobados y en ejecución según comentó un investigador días atrás.

    • Desde que soy consciente quiero visitar la Argentina. Y ya si es en calidad de investigador o docente, ¡ni te digo…!
      En el viejo continente muchos creemos que el futuro cercano de la intelectualidad se encuentra en el hemisferio sur del planeta.

      Un saludo y gracias por tu comentario

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