Consecuencias en prensa del debate ciencia-fe de Oxford

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Un montón de gente ocupa uno de los teatros principales de la Universidad de Oxford. Otras dos salas más, como aquí en Madrid se hace cuando llega alguien importante a la Fundación Juan March, retransmiten en directo por sendas pantallas gigantes de televisión lo que en el teatro principal ocurre.

El rector presenta a los dos contrincantes, controlados por el jinete moderador que suponemos que es filósofo aunque sus fuertes influencias escolásticas nos hagan hacer dudar un poco de tal afirmación.

El debate comienza entre uno de los ateos más importantes y mainstream del momento (Richard Dawkins) y el arzobispo de Canterbury (cuyo nombre no va a interesar en esta reflexión).

Comienza todo muy educadamente, el moderador apenas tiene que dar unas cauciones mínimas.
El ambiente de respeto y de cuidado con el vocabulario se puede mascar, Dawkins se moja más bien poco y el arzobispo… el arzobispo no puede hacer otra cosa que mantener un discurso moderado dentro de su rama argumental, conocida desde hace años por todos de mejor o peor manera.

La deriva (y me ciño al contenido del debate, procurando alguna objetividad en relación a los dos contrincantes) dejó de lado a si existía o si no existía dios, al nivel de existencia, a si era posible conocer a dios (incluso llegando a obligar a Dawkins a proclamarse agnóstico y no ateo) para pasar a hablar de cosmología: de lo bello que era el universo y de lo increíble que es el mundo en que vivimos.

Increíble el mundo, sí, e increíbles nosotros, como tan bellamente decía el divulgador científico Carl Sagan: “Somos polvo de estrellas”.
Pues me van a perdonar pero a mí eso de ser polvo de estrellas me parece poesía barata (no digo con esto que yo pueda hacer mejor poesía) y, además, no me hace sentirme identificado para nada y me inquieta hasta límites insospechados por todo lo que deja traslucir.

El agnosticismo en España es más curioso que el que podemos encontrar al norte de los Pirineos. En la época de Descartes no necesitábamos a un Descartes, nosotros ya estábamos curados en salud a ese respecto.

El Discurso del Método y la voluntad de Descartes de encontrar un aspecto básico e indudable se encontraba salpicado (manchado, diría yo) por una constringente cultura de lo místico-mágico que daba pie a la elaboración de supercherías varias y estupideces que hoy en día aún siguen viéndose por televisión (Más allá de la vida) pero que en aquel entonces daban al mundo sus ejemplos más escalofriantes.
Aquí no hacía falta escribir libros, suficiente hacía la Inquisición en contra del pensamiento mágico.

Pues bien, el agnosticismo español, desde el siglo XIX, era la dulcificación del ateísmo, era como ser gay frente a ser maricón, era como ser working class y no proletariado. Al menos así es (porque sigue siendo de esta manera) en España. En este país las cosas han seguido otros derroteros muy diferentes de los que se llevan a cabo en Inglaterra, aquí en España costará mucho encontrar un debate parecido al que os cito de Oxford en el que dos contrincantes de esa índole se enfrenten dialécticamente.

Haberlos haylos, pero somos tan realistas que enseguida que olemos a sotana o bien abandonamos el debate o bien nos ponemos a gritar (deporte favorito del tertuliano marca blanca) hasta que el pobre curilla se calla temblando y a punto de llorar.

No valen las mismas categorías de Inglaterra o de Francia, aquí no cabría algo así.

En cambio, ese debate tuvo un seguimiento bastante importante por parte de los autoproclamados librepensadores, laicos, ateos, escépticos y críticos españoles.

Estos, al terminar de ver ese debate (tanto los que tenían la ventaja de saber inglés y siguieron en directo, y después los que estuvieron interesados en ver la traducción por Youtube, como los que leyeron lo que los periodistas decían sobre la cuestión) se encontraban, como casi siempre que un español asiste a un evento cuyo contenido tenga posibilidad de comentar más tarde en el pequeño conciliábulo de su grupo de amigos, bajo un halo de intelectualidad fingida y una profundidad procaz, desmedida y fantasiosa.

La crítica que hace Gustavo Bueno en “Teatro crítico”, valga la redundancia, va justo a esto. A Gustavo Bueno le pareció interesante el debate no por lo que allí se contó (según él, era solo una mera divagación propia de alumnos de primero de bachillerato, con el debido respeto) sino por la sorprendente acogida que había tenido tal evento en la comunidad, repito, “librepensante” de todo el mundo y en concreto de España y su prensa.

Asistimos aquí a la capacidad casi congénita del periodismo español por banalizar todo lo que toca, comprimiendo significados amplísimos en titulares que muchas veces quedan contradichos con la “bajada del título”.

“Cara a cara entre ciencia y religión”.
“Espectacular debate entre ateo y religioso”
“Darwin versus dios”.

Creía necesario comentar y aportar algo más al metadebate de Bueno y sus colaboradores, seguramente no lo he conseguido pero al menos espero haber animado a alguien a ver ambos debates, tanto el de Oxford como el posterior que lo critica (a mi juicio, más interesante y esclarecedor).

Un saludo.

Francisco Riveira
En Zaragoza, 1 de noviembre de 2012

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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