Democracia, elecciones, abstención

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No me gusta escribir como los periodistas oportunistas. Bien, no son oportunistas, es su trabajo, pero su trabajo es escribir por cualquier oportunidad. Mis principios son muy contrarios a esto, como ya expuse hace años en algún episodio de mi podcast (sobre la velocidad de la información, etc) pero antes de que esta introducción se convierta en un culto innecesario al ego , pasaré a comentaros por qué escribo, y luego escribiré.

Escribo porque si no no me voy a quedar tranquilo. No debería estar escribiendo, tendría que estar leyendo, pero mientras leía veía mi Twitter a rebosar de comentarios, de retweets, etc… y yo seguía la dinámica de retwittear, compartir información e impresiones. Por suerte, a lo largo de los años he ajustado bien las redes sociales en las que estoy de suerte que siempre me toque hablar con gente de mi palo ideológico. Esto, más que una voluntad perfectamente consciente de querer “no salir del nido” es, por otro lado, una evasión de la pérdida de tiempo más capital de nuestra era: la procrastinación. Pero, además, procrastinar con gente con la que no se comparten ideas y el hecho de que ni tú ni ellos tenéis el tiempo suficiente como para argumentar más allá de lo panfletario (que no os quepa duda, Twitter es el panfleto del siglo XXI)-digo, procrastinar con esa gente, es de lo más estéril que uno puede hacer.

A pesar de todo esto no he podido evitar escuchar unas cuantas voces en las que se me animaba a votar, bajo riesgo (según ellos) de no poder quejarme durante el resto del año. Luego contraargumentaré esto, política y filosóficamente.

Luego están los que te animaban a votar porque así cambiarás las cosas y desplazarás del poder a aquellos que han hecho un feudo de su sillón en parlamentos nacionales y locales. Luego contraargumentaré esto, política y filosóficamente.

También tenemos a los que te piden explicaciones por tu abstención. “¿Por qué no vas a votar? – Dicen”. Y tú te ves en la necesidad de explicar de manera negativa (en sentido lógico). ¿Por qué no hago algo? ¿No hay, más bien, que argumentar el porqué de las cosas, y no el “porqué no”? Luego contraargumentaré esto, lógica y filosóficamente.

Con esto ya puedo hacer un post interesante, allá vamos:

-Vota o no te quejes: Esta falacia ad hominem tan clara como la luz del sol en un día de verano es la favorita del analfabeto político. El contraargumento político es el siguiente: la política no se reduce tan solo al voto. Se puede ejercer políticamente de muchas otras maneras que con el voto. De hecho, diría que el voto es algo propio de la modernidad y es, por así decirlo, el método de hacer política que menos sirve, que menos cala y que es más absurdo. También están los que argumentan con el corazón, al estilo de la Asociación de Víctimas del Terrorismo y me dicen: ha muerto mucha gente para que tú hoy puedas votar. También murieron muchos para que la jornada laboral fuese de ocho horas, y no tenemos por qué conformarnos con las ocho horas. Se reduce el “espíritu” democrático a una papeleta que es, sin dudarlo, parte de la tecnología democrática. En palabras de Gustavo Bueno: corremos el riesgo de olvidar que la democracia es irreducible a sus fórmulas prácticas (jornada electoral, votos cada cuatro años, gobierno “del pueblo”) y que va mucho más allá. (Estoy ya en el contraargumento filosófico). Por otro lado, yo entiendo, con Max Weber, que la política no es el baile electoral y que el sistema electoral y parlamentarista mentirosos son una pasarela de modelos más en las que se nos presentan las novedades anuales, revestidas con algún cambio mínimo en tejidos, materiales y patrones de corte, pero que adolecen de la misma superficialidad de siempre.

– Vota, así ya no gobernarán más: el voto, visto así, es un voto en contra. Sé que la gente, por mi experiencia y por otras experiencias históricas y políticas, funciona de manera combativa. Se vota de manera combativa, esto es, mi voto no es a UPyD (por ejemplo) porque me guste UPyD y sus ideales, sino porque van a ir en contra de los coches oficiales del PPSOE.  Por poner un ejemplo. Otro ejemplo es Podemos. Una de las palabras clave, uno de los think tanks de esta agrupación política es la “casta política”. Se ha desdibujado la denuncia literal de los problemas para poder pasar a ser admitidos popularmente con ideas licuadas y pasadas por la criba de lo políticamente correcto. Ya sabéis el problema de la homeopatía, ¿no? Que de tanto diluir el principio activo al final no queda nada con lo que te puedas curar, solo sugestión. Ese es el contraargumento filosófico. El político es claro: es una mixtificación pensar que el voto modifica de alguna manera a los realmente poderosos. Los realmente poderosos no son votables.  El problema no está en el PPSOE, aunque ambos estén a las órdenes de los que realmente son el problema. Y, diría más, ni siquiera esos que pensamos que realmente son el problema lo son del todo. Pensaría, más bien, que el problema es una estructura y que todos ellos están insertos en la misma, casi sin saberlo, pero proclamándola como lo natural y manteniéndola en el tiempo.

– Tonto el que vote, ¿por qué tengo que explicar por qué no voto? : El voto, digo, es algo muy moderno. Se ha hecho política de mil maneras diferentes antes de que apareciera el sufragio universal. Somos incapaces de entender otras formas de hacer política porque estamos tan inmersos en el argumento de esta obra de teatro electoral que se nos olvida que es factible, posible y hasta deseable, otro tipo de política. Por supuesto que no me quedo con épocas pretéritas en las que las mujeres no tenían capacidad de decisión, ni doy por buena la democracia ateniense, como algunos profesores helenistas parecen hacer, en la que sólo podían acudir al ágora los que podían dejar sus asuntos en manos de otros, es decir, los ricos… No, no me refiero a un sueño histórico. Todos sabemos que la enfermedad más común en la izquierda es el infantilismo. No quiero ser mal entendido, no hay cosa más irritante que ser malentendido. Digo que no es la única manera.
Pero eso ya lo respondí antes.
La respuesta negativa es como responder a un cristiano cuando te pregunta por qué no crees en su dios.  La idea es la contraria: dime tú por qué crees. Dime tú por qué votas. Dime tú qué principios te han llevado a depositar ese papel en la urna. Dime qué secreto placer has sentido cuando has ejercido tu derecho al voto y dime si se diferencia algo del cristiano redimido de sus pecados un domingo cualquiera. No se pueden dar razones de algo que no existe, y yo no te puedo dar razones de por qué no voto, porque precisamente no lo hago. Quizá te pueda dar razones de otras maneras más deseables de hacer política. Quizá estés buscando estas maneras leyendo este post, pero hoy no he venido a hacer propuestas, he venido a desmenuzar ataques.
Sí, pretendo con esto (de manera lógica) reducir al absurdo esa pregunta.

Dios no existe. Pero decir esta frase es no decir nada. Yo no voto porque blablabla. Pero expresar esas razones están dando por hecho que hay que enfrentarse al voto como institución naturalizada. El voto no es natural ni es la manera natural de hacer las cosas, precisamente porque no hay nada natural en nuestra manera de hacer las cosas. El voto es una institución y es esa institución la que debe explicarse a sí misma, y legitimarse. Si, de repente, se encuentra con que gente como yo (o como vosotros, lectores) no está de acuerdo con dar al voto una importancia que no merece… entonces no pasará nada. Pero si este sentimiento se generaliza quizá una institución así tiemble y desaparezca: ni es la primera vez que ocurre -la desaparición de una institución por la puesta en duda de sus principios técnicos e ideológicos- ni seguirá así por siempre.

Pensando de manera utilitarista, el voto no es útil más allá de lo que pueda suponer de cambio dentro del propio teatro electoral. El voto (no voy a hacer demagogia) no sale de ahí, no modifica ninguna estructura esencial (económica, política o social). El voto y su endiosamiento son una manera sutil de legitimar tales instituciones. Pero toda esta reflexión formaría parte de otro post. Yo ya he respondido con todo esto a las preguntas más comunes que se nos hacen.

Un saludo.

Fran Riveira
En Zaragoza, 25 de mayo de 2014.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

2 comentariosDeja tu comentario

  • Acaso ‘no votar’ no es una decisión? Es cierto que no votas y por ello esa acción no existe. Pero dar razones es explicar los principios de tu decisión.

    Y en el caso de los verbos que significan ‘no hacer x’, si que estás haciendo tal cosa? Ejemplo: ignorar a alguien es no escucharlo.

    Creo que ese argumento a nivel de lingüístico y no conceptual es ”lavarse las manos con el tema”.

    Saludos.

    • Buenas, si te sirve mi respuesta, y siguiendo con el mismo argumento… Yo no me lavo las manos con el tema si tenemos en cuenta que yo no tengo que justificar nada. Aquí los que se tienen que explicar son los que votan, y darme más argumentos para que yo encuentre necesario legitimar el sistema parlamentarista y electoral. Además de que luego (como un creyente, si me permites esta analogía) me van a tener que explicar, a su vez, por qué su partido (su religión) es mejor que los demás.

      Sin embargo no he querido desarrollar los argumentos que me han llevado a elegir la abstención como forma práctica de mostrar (o, más bien, mostrar por ausencia) que no encuentro legítimo este sistema. Quizá otro día lo haga (aunque, si buceas un poco por mi blog, verás que, lejos de lavarme las manos con el tema, he escrito algunos riachuelos de tinta sobre esto).

      Un saludo y gracias por tu comentario.

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