Diderot enamorado

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Denis Diderot, el padre de la Enciclopedia

Ya ha pasado un mes desde mi compromiso de escribir un post diario. Lo he cumplido al pie de la letra. En estos últimos 30 días las visitas, como resultado de tanto contenido, se han multiplicado por dos, además de los comentarios, pings y demás efectos que estas publicaciones han tenido.
Hace un mes, también, os contaba mi intención para con el blog escrito hasta hoy: editarlo en formato epub y publicarlo en Amazon y en mi futura web. Gracias a toda la gente que me ha recomendado programas y, además, al apoyo de mi familia y amigos, tengo el camino asfaltado para conseguir mi objetivo. Eso sí, los problemas que acarrea cualquier publicación me afectarán fuera de España, si es que surgen problemas, claro. Me refiero a cómo registrar el libro, a cómo hacer una portada bonita y a cómo repasar bien lo escrito para dar un contenido de mayor calidad del que publiqué hace unos años. Desde el 2012 hasta este año he madurado en mis pensamientos filosóficos. De una visión del mundo que daba cabida a ese “algo más” en el que creen los que son espirituales y no lo saben, a una en la que todo era fruto de la naturaleza. ¿Cómo decir que no es así? El libro tiene un interés casi biográfico: cómo, poquito a poco, me fui dando cuenta de esa realidad. Cómo fui deshaciéndome de los prejuicios de una educación basada, sin saberlo, en profundos errores y malinterpretaciones. Fui deshaciéndome de aquello que yo quería ver en el mundo y, poco a poco, dejé lugar a CÓMO ERA de verdad. El problema que se ha jugado en estos años de blog no es otro que el del problema de cómo sostener una postura totalmente materialista. Al modo de Diderot, sentí que no podía quedarse todo así, que si la razón me conducía a unas creencias materialistas el corazón y medio mundo me conducían a ver la realidad como salpicada de magia y poesía. La realidad no tiene más magia que la que queramos crear nosotros. La magia es otra forma de engañar a nuestros sentidos. Por eso los magos tienen tanto mérito. Por otra parte, están aquellos que dicen de sí mismos que tienen poderes: contra esos hay que soltar toda la artillería, sin piedad. 
Ese ha sido el problema al que he estado dando vueltas constantemente. ¿Es un problema abierto? Creo que sí. Y también creo que haría mal, con 23 años, zanjándolo y pasando a otra cosa. Lo que tengo claro es que estos tres años de estudio de la filosofía académica me han cambiado mi parecer sobre la realidad, librándome de su influjo místico-mágico de una vez por todas. Es el problema del materialismo vs el idealismo. Por eso llamaré a ese, mi primer libro, de alguna forma que resuma esta lucha interior y exterior.

Diderot terminó por hacerse materialista, sabiendo lo fácil que era convertirse en un materialista sectario (este es uno de los primeros reproches a nosotros, los materialistas convencidos). Diderot entendía el materialismo como la mejor hipótesis disponible en su época para ser capaz, sinceramente, de caminar, conocer, emanciparse, deshacerse de los prejuicios… Pero sabía, por otra parte, que era una conjetura muy contradictoria en innumerables campos de nuestra vida diaria. Parecía que el materialismo no explicaba todo. Dilthey se hacía una pregunta parecida y creo que hoy ni siquiera los materialistas más acérrimos han sabido quitarle la razón. Es por esto por lo que Diderot no aceptaba de pleno ese materialismo de su época, al igual que yo no acepto de pleno todo lo que hoy se llama materialismo porque correría el riesgo de convertirme en cientificista. Diderot se lo decía así a su mujer en una carta:

“Estoy atrapado en una filosofía [el materialismo] del diablo que mi espíritu no puede dejar de aprobar ni mi corazón de desmentir, no puedo sufrir que mis sentimientos por vos y que vuestros sentimientos por mí obedezcan a lo que ocurra en el mundo o que dependan del paso de un cometa.”

Convertir el enamoramiento en un efecto más de un conjunto de causas mecánicas y materiales que rigen el universo parece anular la vivencia real del amor. La causalidad determina todo fenómeno. No hay duplicidades innecesarias para explicar el mundo (monismo) y, por tanto, si hay que reducir los fenómenos a un ente éste será la materia, pura y dura. Esto es lo más duro que se puede enseñar a un enamorado, o a alguien que busque el amor. Enseñarle que se comporta así por causas ajenas a él no sólo es cruel sino también algo contraintuitivo. Creemos que somos los partícipes de nuestra vida amorosa pero… no.
Y por eso mucha gente se enfada con determinadas publicaciones científicas en las que, al modo de Darwin o de Freud (maestros de la sospecha) se nos va delegando al ser humano y a nuestro libre albedrío a un lugar en el que no queremos que esté. Ese lugar nos convierte en mecanismos que funcionan de acuerdo a instancias externas. Nuestra voluntad desaparece.
Hago el ejercicio y me retrotraigo: puede que simplemente esté escribiendo aquí porque me apetezca que, una vez muerto mi nombre siga pululando por el mundo y así no morir del todo. Puede también que, de una manera u otra, esté deseando que este blog me reporte beneficios académicos, me enseñe a escribir y a poner en orden mis ideas… es decir, que si escribo no lo hago por mi libre voluntad sino de acuerdo a unas causas externas a mí y a mi círculo de influencia. ¿Quizá me sea más fácil conseguir un puesto de trabajo y, así, comer caliente el resto de mi vida, si escribo aquí diariamente? Lo que no me dará ningún beneficio es no hacerlo, ser un vago, no leer, no disfrutar de lo que tengo… eso no obedece a nada. Pero, así y todo, hay gente que no hace nada por razones indistintas a ella misma. 
Si no actuamos voluntariamente entonces el derecho se desmorona. Los libros de romances pierden su sentido, ya sólo queda esa magia cuyo truco conocemos. 
Por eso digo a todos los diderots y a mí mismo que hay que ser conscientes del truco de magia del enamoramiento. Sin embargo, cuando el truco de magia acontece, tenemos que comportarnos como ante una película: en lo racional sabemos que es mentira, que no ha sucedido, pero nos sigue conmoviendo de la misma manera.
No creo que conmovernos por un truco de magia convierta ese sentimiento en un sentimiento de segundo grado. Por eso hay religiones, porque se piensa que ese truco tiene que tener un sentido profundísimo para que los sentimientos florezcan y sean sinceros.
No, los sentimientos, así entendidos, no son sinceros. El teatro en el que vivimos y las máscaras que nos ponemos tienen que seguir ahí. La labor del ilustrado fue desvelar lo que había detrás de esas máscaras aunque la humanidad entera prefiriese vivir tras ellas.
A pesar de todo, homo humanum est
Un saludo.
Francisco Riveira
En Logroño, España (y no por mucho tiempo…)
23 de agosto de 2014.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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