El eBook y los románticos

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“En el universo paralelo de Fringe sólo gente con problemas mentales usa bolígrafos.”

Puede que llegue un poco tarde a comentar este asunto pero creo que es muy interesante. Voy a dedicar el próximo episodio de mi podcast a ello pero haré antes por aquí una pequeña aproximación.

Por mucho que ponga la mejor de mis intenciones en comprender a estas personas que se niegan a ver las ventajas de los libros electrónicos (eBooks) soy incapaz. Y soy incapaz porque creo que antes de todo prejuicio uno debería pensar en el futuro de las cosas. La materia y los aparatos evolucionan, también las maneras de vivir, de sentir y de pensar.
¿Por qué no lo iba a hacer un objeto tan manido -nunca mejor dicho- como el libro?

El libro no ha evolucionado apenas desde las primeras encuadernaciones pero lo que a mí me interesa es la definición de lo que es un libro.

¿Pensamos que un libro es un soporte o pensamos que es algo más? Porque no me diréis que la chorrada de ponerle una “e” (o una “i”, como en Apple) a todo no es sintomática de lo muy necesitados que estamos de creativos competentes.

¿Qué cambia entre el book y el eBook?.

Nada. Que no os engañe esa “e”, la han puesto ahí para vender mejor y para sumarse a la ola de la tontería universal.

Repito, ¿un soporte o algo más?. Si leemos las definiciones que nos da la Wikipedia no tenemos siquiera que salir de la introducción para ver una objeción a lo anteriormente descrito: que el libro típico, el encuadernado, el que tiene páginas unidas por distintos medios, el libro que debe de superar las 50 páginas (la mitad de hojas)… se ve ahora puesto en duda por un cambio de concepto.

Cuando llega la revolución muchas personas retoman ideas sobre destrucción, sobre que el tiempo pasado fue mejor y que el futuro va a hacer todo más simple, cutre y poco inteligente. No hay que ser tan agoreros porque, ya veréis, la historia les quitará la razón en menos de lo que canta un gallo.
La revolución del libro (y perdóneseme el proyectar hasta aquí mis ideas con tan poca estructuración) ha llegado y ha llegado a SU SOPORTE. El soporte ahora se sigue pudiendo tocar aunque es muy diferente. Ahora no son 100 o 150 hojas, sino una pantalla y botones (o pantalla táctil, como el Kindle más caro).

Es así de sencillo: el libro no ha cambiado (al menos si pensamos que un libro no es sólo el soporte en que se nos presenta), sólo ha cambiado su forma de llegar a nosotros.

Ayer compré unos 8 libros, lo suelo hacer cada comienzo de cuatrimestre. Sé que manejaré esos libros y que les daré un uso acorde a su interés relativo a las asignaturas que comience a cursar. Me alegró enormemente tener la oportunidad de elegirlos, meterlos en bolsas y llevarlos encima… cuando llegué al libro octavo ya no me alegró tanto el tener que cargar con todos ellos en la diestra (porque, fíjate tú por dónde, en la izquierda llevaba la funda de mi portátil, que pesaba 5 veces menos que ocho libros… y no voy a hacer la analogía entre los libros que hay en mi portátil y los ocho que llevaba físicamente… ¡vaya!, ya la he hecho).
No es eso lo importante, lo relevante fue que, cuando llegué a casa, los saqué de las bolsas, abrí por en medio cada uno de ellos y metí la nariz: no olían a nada.
Me habían timado, pensé, estos libros no huelen a nada, ¿dónde queda lo romántico de los libros de papel si NO HUELEN A LIBRO NUEVO?.
Entonces me imaginé que los únicos libros que olían eran los de texto de ESO o Bachillerato, libros normalmente envueltos herméticamente por un plástico. Los libros no huelen por sí mismos, sino por el plástico que les envuelve. Los libros viejos no huelen por sí mismos, sino por la estructura que los ordena y recoge en las bibliotecas o en las librerías antiguas, madera podrida, envejecida…

El timo de los libros que huelen… ¡y hace unos meses contemplé con asombro un spray -seguro que lo vendían los chinos, que aunque pongan en venta gilipolleces no son ellos los gilipollas, sino los que se las compramos- que imitaba el olor a libro nuevo!

Así no se puede sostener una crítica al eBook. No por su olor.

¿Y qué objeciones ponen -entre muchas otras, claro- estos romanticones a los libros electrónicos?

-Que no se puede pasar página, que ese acto tan bonito de pasar la hoja de un lado a otro se pierde por un botón.
-Que las pantallas les hacen daño en los ojos porque son muy brillantes o simplemente, vibran un poquito.
-Que es conocimiento perdido, porque si el libro no está en las librerías no estará en ningún lado, que la “nube” no existe… ¡oh, bibliotecas vacías!
-A los escritores o editores (ojo, algunos), que les quita trabajo y que hacen de su industria un negocio cada vez más declinante y arriesgado.
-Que toda su vida han leído así y que durante el resto de su vida seguirán con ese método.

Esas son unas cuantas, voy a tratar de demostrar que la mitad de todo lo que exponen son falacias o argumentos que implican el sentimiento (lo que llamamos, de toda la vida, demagogia).

-Que no se pueda pasar página también pasaba con los primeros “libros”. Nadie podía pasar página con bloques de piedra entre sus manos… (pasar la piedra, en todo caso… ¡qué cosa más romántica!, ¿no?). El botón es un avance. Cuando me viene alguien diciendo (por suerte, bromeando) que los botones están haciendo, cada vez más, a los ciudadanos olvidarse de cómo funcionan verdaderamente las cosas… deseo que esa persona tenga que aprender a conducir remolques con caballos o a poner bien verticales las velas para leer por las noches, por no hablar de recoger la leña del bosque para comer caliente, etc.

-Hace 10 o 15 años las pantallas eran bastante peores que las de ahora. Tenían una vibración constante y el ojo terminaba por cansarse (aunque la vibración no fuese consciente), por eso en muchas oficinas decidían colocar un aparato sobre los monitores que, al menos en lo que a mi opinión respecta, era tan feo como las gafas enormes de culo de vaso que se vendían hace 50 años. Ahora la vibración es mínima o inexistente y el brillo es ajustable. Además, los eBooks actuales tienen pantallas que imitan el papel, con un fondo parecido y las letras muy nítidas: imitan al papel e incluso lo superan. Ya no me vale la excusa de la pantalla.

-Formatos como .DOC, PDF o MP3 siguen dando guerra año tras año y no se han perdido desde entonces. Son tan populares que el día en que deje de interesar seguir con ellos darán al usuario tres mil maneras diferentes de cambiar de formato (herramientas que, por cierto, ya existen). Me refiero a esos formatos porque ninguno de ellos es un formato físico. El libro puede presentarse en formato PDF, .DOC o papel, ¿la diferencia es dónde se encuentra?, no: es cómo se nos aparece. La nube, hasta donde yo tengo entendido, nos ayuda a archivar nuestros datos de forma que, si alguno de nuestros dispositivos físicos falla, podamos recuperarlo; además de las muchas otras aplicaciones que tiene dicho “invento”: sincronización total entre plataformas, rapidez de traspaso de archivos… Creo que al pendrive le queda muy poco tiempo de vida. Y también interesa que la nube siga funcionando. Llevamos creando una “nube” desde hace veinte o treinta años y nadie se da cuenta: sus datos bancarios y su dinero está en la nube (¿¿¿MI DINERO EN LA NUBE???), sus datos fiscales, personales, laborales, etcétera… hayámoslo nosotros o no subido a Internet… ahí están. Las reticencias al pago con tarjetas de crédito fueron habituales en este país a comienzos de la década de los 70 y parece que el miedo ha desaparecido… pero el dinero no lo tocamos nunca y, aun así, sigue valiendo lo mismo. Ya nadie lo guarda bajo su colchón.

-Los editores y escritores tienen que cambiar su concepto de mercado, acostumbrarse a la evolución de los sistemas y de los formatos, porque si ellos no se acomodan al público, el público va a crear constantemente nuevos medios para saltarse sus restricciones y sus incómodas pegas. Si llega a nuestra ciudad una ola gigantesca producto de un tsunami, podremos montarnos en una tabla de surf y hacer piruetas a la vanguardia de la tecnología y del gremio o quedarnos quietos y que nos engulla.

¿Por dinero?, si eliminamos los gastos que cada obra produce en su fabricación y distribución los libros van a tener que costar muchísimo menos. Quizá el gremio del transporte quede afectado, o las empresas de impresiones. El primero podrá recuperarse, para el segundo no tengo buenos augurios: la tendencia se dirige a la digitalización.

-El hecho de que toda tu vida hayas leído así es muy respetable, pero no puedes debatir cabalmente con nadie apelando a la tristeza que te produce el dejar de tener que tocar trozos de papel encuadernados.
Me imagino a los egipcios apenados por tener que dejar de usar el papiro en pos de nuevos formatos mucho más baratos y cómodos… en fin, yo creo que el patetismo debería de estar fuera de estas discusiones.

Creo que la mayor satisfacción que puede sentir un autor es la de ser leído, más allá del rédito económico que eso le dé. Si escribimos va a ser porque lo necesitamos. Salvo en casos muy puntuales nadie escribe presionado por tener que comer al día siguiente. Si escribimos es porque esa parte básica de la pirámide de Maslow ya la tenemos satisfecha (y es por esto por lo que antes sólo escribían los ricos). Las nuevas generaciones de escritores van a tener que pensar en ganarse la vida de otras formas o, en caso de querer vender sus obras, hacerlo a un precio razonable. Las viejas fórmulas siguen campando a sus anchas porque la gente es reticente al progreso técnico (y me parece muy bien que haya reticencias, siempre y cuando estas se fundamenten sobre bases sólidas y no sobre barruntos).

Sobre el libro electrónico hablaré en el próximo episodio de mi podcast “Nobody is perfect”, espero que os parezca interesante y os ayude a reflexionar de algún modo sobre estas cuestiones.

Francisco J. Riveira

En Logroño, a 24 de febrero de 2012.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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