El modelo freemium, cultura accesible y de calidad.

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Yo soy de los que piensan que la gente no es que no quiera pagar por la cultura que consume sino que la quiere rápida, de calidad y sencilla de acceder. El problema con la cultura que consumimos a través de Internet es que cumple esos tres requisitos. Si a ello le añadimos que es gratuita, ¿qué más se le puede pedir?

Pues bien, yo creo que la gente sí que quiere, pero no sólo por ver cuatro series concretas, o por un CD del que van a disfrutar solo las dos o tres canciones más conocidas. Creo que si ofrecemos al público un modelo que gestione todo el contenido multimedia que consume y que le permita acceder a él desde cualquier parte, con o sin conexión, aunque sea pagando… creo, por supuesto, que la gente se apuntará.

También hay quienes deciden no pagar por nada. Hay de todo en la viña del señor. Estos son los peor educados en las tecnologías y, además, los que muestran una falta absoluta de respeto por el trabajo de los demás. A ellos, por muchos modelos que les ofreciésemos para que pudiesen acceder a sus videojuegos y libros favoritos, decidirían seguir por el lado “pirata”.

El problema aquí sigue siendo el mismo: los que más fácil nos lo ponen son aquellos que se aprovechan del contenido que otros crean. Si, por ejemplo, Antena 3 decidiese jugar a la misma altura que otros canales de televisión estadounidenses (donde no ponen pega alguna para ver contenidos online), otro gallo cantaría. Si aquellos cantantes que tanto se quejan (o escritores) de que nadie les escucha y de que están dejando de vender discos decidiesen seguir otro modelo de negocio alejados de las editoriales tradicionales, quizá les iría mejor. Lo que no puede ser es que nos mantengamos sobre las mismas fórmulas cuando tenemos la capacidad y los aparatos necesarios para que estas fórmulas cambien. Recordad que el contenido puede ser el mismo, la gente pagará por él, lo que cambia es el formato, y si el formato más sencillo de utilizar es gratuito, la gente irá a por lo gratuito.

Por no hacer mención al modelo freemium. Cuando estamos ofreciendo un servicio sin pedir más a cambio que la visualización de anuncios, estamos creando un contrato explícito con el consumidor (qué palabra más fea) de esa producto cultural. Muchos siguen pensando que su información en Internet tendría que desaparecer, pero también desaparecerían numerosas webs y empresas que viven de la posesión de esa información. Aun hay quienes creen (sin duda, embargados por una grave incultura tecnológica) que el presidente de Facebook se dedica a mirar sus conversaciones privadas y que, cuando les dices que su información y sus metadatos son compartidos, ya se están imaginando que sus fotos del verano están de paseo por las oficinas de alguna empresa en Silicon Valley.

Creo que tendríamos que hablar de esto más en serio. Creo que todos, académicos, escritores, músicos… artistas en general, tendrían que ponerse de acuerdo y ofrecer sus producciones a través de los nuevos medios y que así, aunque sea por acostumbrarse a su presencia en estos lugares, la gente comenzaría a utilizarlos.

El concepto de pertenencia es algo muy arraigado en cualquier sociedad. Pero esto es difícil de erradicar. La posesión de libros, de una biblioteca entera, de CD’s que ocupan espacio, quizá puedan servir para decorar un bonito salón o para fardar delante de los melómanos pero… más allá de eso, ¿qué sentido tiene?

Al igual que ayer hablaba de los Kindle… ¿qué sentido tiene guardar libros -sin apuntes ni nada- en cajas? ¿No es mucho más enriquecedor poder acceder a ellos en cualquier momento, si se les necesita, y buscar la información que puntualmente queramos?

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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