[Ensayo] – Proponiendo una Anti-República – Segunda parte

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Éticas eudemonísticas precedentes: Aristóteles.


Como he dicho en la introducción, vamos a hablar de la felicidad no sólo desde la perspectiva aristotélica pero sí partiendo de ella. Es preciso señalar que todavía hoy se actúa bajo la esfera aristotélica en los asuntos éticos. La ética en Aristóteles era entendida como ética eudemonística, y aquellas eran las éticas que buscaban el placer de ser felices. El placer en la cultura clásica (lo veremos más adelante con Epicuro) es algo vital, tanto es así que prescindiendo de autores como Platón (que propugnaban este modus vivendi que odia y rechaza el cuerpo) de forma intencionada para sostener sus propias teorías políticas) existe una gran corriente defensora que entiende que algo es bueno cuando nos produce placer.


Hay que entender el placer no sólo como placer físico sino también como placer intelectual. Para algunos autores ambos modelos de placeres no podrían ir nunca separados. Hemos de decir que en el caso aristotélico hablar de la obtención del fin (producción de felicidad) tiene que ver con la obtención del bien. En este caso, para Aristóteles la cuestión de la felicidad implica necesariamente el bien supremo, un bien supremo además con necesidad de que sea social, que es la diferencia básica de él con respecto a Platón: esta ética va a estar supeditada a la comunidad, el bien supremo individual, a su vez, estará supeditado al bien social: la ética estará supeditada a la política.


Aristóteles va a marcar de manera muy clara dos tipos de virtudes: virtud dianoética y virtud ética:


-Las virtudes éticas, como el propio término indica (ethos) tienen que ver con las costumbres, con aquello que vamos haciendo con el paso del tiempo. Para alcanzar esta virtud debemos orientar nuestra conducta inevitablemente hacia una dirección concreta. ¿Cuál sería la dirección correcta? Orientar nuestra conducta de manera correcta en Aristóteles implica controlar nuestros instintos ya que estos son instintos irracionales propios de animales, y nuestra propiedad esencial es que somos, además de políticos, racionales. La forma de imponer coherencia a los instintos irracionales es el famoso término medio que veremos reflejado en virtudes del tipo de templanza, honor, prudencia, generosidad, justicia… o el ejemplo arquetípico: la valentía, que supondrá el término medio entre ser atrevido y ser cobarde. Al final, estas virtudes tienen que ver con la parte racional del alma: el prudente será el sabio, etcétera. Pero una virtud sobresaldrá por encima de todas las demás y nos regulará como seres humanos en sociedad, pues el bien supremo tiene como condición necesaria el aparecer dentro de una sociedad, dentro del espacio de lo público: esta virtud es la justicia.


-En cambio, las virtudes dianoéticas tienen que ver con lo inteligible pues tienen un factor racional, estas pueden ser educadas desde el ámbito de la inteligencia racional ya que van encaminadas a regular el resto de formas de ser.


Pero dejemos de lado esta diferenciación entre los tipos de virtudes para afrontar directamente el problema o cuestión del placer en Aristóteles y, por tanto, la cuestión de la felicidad.


Este concepto es central en la ética aristotélica. Felicidad es traducción de la palabra eudaimonía (eu – daimon, buen geniecillo), y supone el bien supremo del hombre. Pero esta no es una traducción feliz ya que no contiene todos los matices que eudaimonía poseía en la lengua griega. Aristóteles va a reconceptualizar esa idea de una forma novedosa para su época: Hay que pensar que originariamente eudaimonía significaba lo siguiente:


-El primer nivel de felicidad era una cierta inconsciencia: uno mismo no podía controlar su gracia o fortuna. En esa época anterior a Aristóteles tener bienes materiales te convertía en alguien feliz. Era aquel un mundo durísimo en que existían unos diosecillos que a unas personas eran más propicios que a otras. Es ahí donde aparece el primer latido de la palabra felicidad como un elemento inestable. Ese eu-daimon (diosecillo bueno) da cosas a muchos pero también se las quita. Su destino es tan inestable y tan contradictorio que sólo desde el fin (télos) de una vida se puede decir que esta ha sido realmente feliz.


La siguiente concepción de eudaimonía no tratará de ese buen diosecillo sino que sustantivizará el término, se hará un concepto abstracto.  En ese segundo estadio en que ya no es un dios que nos ha caído en suerte entra a funcionar otra característica fundamental: la interiorización de la eudaimonía.


-En el fragmento 170 de Demócrito, a finales del siglo VI, se habla ya de la eudaimonía tes psychés (felicidad del alma o, mejor dicho, estado de plenitud que puede tener la interioridad del hombre). El daimon es el propio carácter del hombre: la felicidad es lo que uno mismo ha logrado. Aquí está el horizonte de las posibilidades pues no se trata de una realidad objetiva sino de si se permite la realización de esas posibilidades.


Aristóteles toma toda esa variedad de resultados y propone un concepto normativo de felicidad (ya que, no lo olvidemos, está creando una nueva ética) que una todos toda esa baraja de posibilidades. A partir de este término Aristóteles buscará el bosquejo de un modo de vida del que quepa esperar un acercamiento a la dicha.


Para Aristóteles la felicidad deberá ser un bien supremo, es decir, un bien autosuficiente, que se buscará por sí mismo y no como medio para llegar a otro. Así, Aristóteles se pregunta qué es lo que por regla general todos los seres humanos (dentro de su categorización de lo que será un ser humano libre pues, como sabemos, Aristóteles fue un pensador que dio argumentos a favor de la esclavitud) tienen como fin, independientemente de su actividad profesional o función propia en la comunidad. Se pregunta si más allá del correcto desempeño de sus tareas propias (los militares ganar batallas, los carpinteros hacer bien los muebles, los gobernantes regir correctamente la polis, etcétera.) existe una actividad que exprese una función propia del ser humano como tal. Llega, como es bien conocido, a la conclusión de que la felicidad consistiría en el desempeño de esa actividad durante toda una vida siendo la virtud que preparara para su ejercicio la más perfecta de entre todas las virtudes.

Me detengo brevemente en lo que Aristóteles entiende como perfección: para él algo va a ser más perfecto que otra cosa si supone un fin en sí mismo. Si actuamos con objeto de conseguir otra cosa o beneficio ulterior entonces no estaremos ante una acción perfecta. Encontrará Aristóteles que las actividades de inteligencia o el estudio de la teoría serán un buen ejemplo de un ejercicio cuyo fin es su propia consecución, así, el ejercicio de la actividad teórica constituirá la felicidad. Epicuro pensará de la misma manera en este punto aunque será preciso matizarlo. Al final del siguiente punto veremos su propuesta eudaimonística contextualizada en su teoría general.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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