[Ensayo] Unamuno y el pensamiento cientificista – Tercera parte

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En Amor y Pedagogía

 

Amor y pedagogía nos va a servir para abrir la crítica directa de Unamuno al cientificismo. Esta obra es la más clara alusión a este pensamiento que da a la ciencia natural licencia para inmiscuirse en los asuntos culturales, sociales, humanos… No solo es una posición teórica pues, como hemos adelantado, Unamuno no sigue un sistema claro en sus críticas a las nuevas formas de pensar de su tiempo, sino que es todo un alegato humanista, lleno de situaciones y personajes variopintos que nos ponen sobre la mesa los problemas centrales de un pensamiento de este tipo.

 

Comenzaremos hablando de Avito, don Avito Carrascal, el protagonista (junto a su hijo) de la novela. Es un hombre curioso, la cristalización del cientificista de finales del siglo XIX, el hombre con fe ciega en la razón y los avances científicos y tecnológicos. Su objetivo principal en la vida es tener un hijo y convertirlo en un genio: esta va a ser la línea argumental principal de la novela que nos ocupa. Para ello debe de encontrar a la mujer adecuada. En su ciudad conoce a una familia de cuya hija mayor encuentra que puede ser el cuerpo que mejores genes aporten a su hijo y va a su casa a declararse (con una carta en la que explica de mil maneras por qué es preciso que se casen y tengan descendencia, pues lo importante será la creación del hijo genial). Para él este enamoramiento es por deducción, ya que desde un montón de premisas (como su inteligencia, su belleza, etc.) llega a la conclusión de que esa va a ser la mejor madre para su hijo. Sin embargo, momentos después de la historia comienza a enamorarse de la hermana de esta mujer (Marina); no entiende por qué se enamora de ella y no de la mujer perfecta, en realidad no entiende por qué se enamora de nada, no sabe qué es el amor ni quiere entenderlo de otra manera más que como una causa necesaria para tener un genio como hijo. Por tanto, procederá ahora a un enamoramiento inductivo, comportamiento ilógico e irracional.

 

“Y caerás, y volverás a caer…”, repite Unamuno constantemente a lo largo de la obra. Es su llamada de atención a aquellos que todavía queden en el otro bando del racionalismo estúpido y carente de vida, es su aviso de lo peligroso que es pasar a la acción con un modus cogitandi tal.

 

Al paso del tiempo tienen a su hijo Apolodoro, el futuro genio de la familia que llegará a estar nombrado en los libros de historia como ejemplo de importante intelectual. Le introducen en su vivienda, perfectamente limpia, aséptica, llena de aparatos de medición de aire, viento, temperatura, humedad… llena de libros científicos, etc… pero carente de lo que un niño parece necesitar más que nada en el mundo: juegos, diversión y cariño.
Apolodoro solo encuentra consuelo, a tan temprana edad, en los abrazos que su madre le ofrece a escondidas de Avito, pues para Avito esos abrazos son una herencia irracional y una concesión a los sentimientos que un genio verdadero no debería sentir pues serían sentimientos que le podrían debilitar y confundir en su camino hacia las grandes cuestiones.

 

Y Unamuno sigue diciendo:

 

“-Caíste, caíste, y volverás a caer cien veces”

 

Hogaño los pedagogos (no en el sentido que Unamuno describe aquí, no en el sentido de pedagogía tóxica), cada vez más, encuentran importante la potenciación de la inteligencia emocional de los jóvenes, sometiéndoles a ejercicios alejados de la memorística que había sido pan de cada día en la enseñanza a lo largo de la historia. Para tener éxito laboral o éxito social, o, desde la posición de Unamuno, para ser simplemente un ser humano “de carne y hueso” es necesario abandonarse a esas pasiones y sentimientos que no tienen nada de racional pero que son necesarios por ser parte constituyente de nuestra naturaleza, si es que el hombre tiene alguna naturaleza.
Y así, cada vez más se anima a que los niños expresen sus emociones, las asignaturas y sus clases cada vez son más interactivas y se premia más que al que mejor memorice al que mejor se relacione con sus compañeros. A la reminiscencia empresarial y de corrientes de autoayuda (o coaching) a que esto se presta como análogo no haré referencias aquí, pero parece ser que hoy por hoy el acudir a las pasiones spinozianas o al hombre de carne y hueso de Unamuno se ha incluido dentro de los paquetes de enseñanzas de comportamiento a empresarios que no han tenido en los últimos años, por hache o por be, tiempo de pensar en sí mismos y en lo que sienten y por qué lo sienten.
La inteligencia emocional como binomio fue inventada a mediados del siglo pasado por Goleman y, por tanto Unamuno no pudo llegar a conocerla, pero venía a partir prácticamente de la misma idea, solo que cerebralizada y hecha epifenómeno e integrada en las nuevas teorías del conocimiento neopositivistas de las escuelas, sobre todo, norteamericanas.

 

Marina sufre ese abandono de Avito, ese abandono racional, intenta arropar a su hijo, acunarle, cantarle canciones, enseñarle a rezar… y todo eso confunde a Apolodoro, le hace ver un mundo diferente al que hasta entonces había visto, le alfabetiza en el sentido primario, pues la primera etapa de toda persona es la del juego, la de la imaginación y la de lo banal, posteriormente, si así se lo permiten las cosas, vendrá la serie de condiciones de la equivocada pedagogía de Avito.

 

En resumen: se está aplicando una serie de esquemas pedagógicos sobre un infante en una edad en la que es incapaz de soportarlos. Además, la idea de que todo sea sometible al estudio, a la matematización, que todo movimiento deba de ser calculado y que el niño no pueda desarrollar sus sentimientos afectivos, está muy criticada aquí.
Por supuesto que nos encontramos ante una exageración propia del papel novelístico: es preciso llamar la atención al lector sobre el problema que aquí se nos presenta. Si damos por válido que todo lo humano es reducible al conocimiento científico natural entonces no nos podremos negar a llevar a cabo toda esta serie de disparates pedagógicos que don Avito tiene por los mejores. La consecuencia del pensamiento cientifista, por tanto, y para Unamuno, no es solo teórica, no se mueve tan solo en un ámbito filosófico o de discusión sobre la teoría del conocimiento, sino que realmente tiene un efecto sobre la vida de los individuos. En Unamuno esta idea fue clave para entender su posición ante España y Europa: para él no había que pretender traer las costumbres de fuera, por muy racionales y beneficiosas que fuesen, él quería mantener el modelo típico de español, el español quijotesco, preocupado por los suyos, afable, pintoresco y ajeno a toda influencia externa. Para él era preferible la sinceridad del pueblo para consigo mismo.

 

Don Quijote alcanzó su inmortalidad poniéndose en ridículo, hay que saber ponerse en ridículo y no solo ante los demás sino ante nosotros mismos y más ahora[…] ahora en que unos atolondrados que no conocen nuestra propia historia dicen que no hemos tenido ni ciencia ni arte ni filosofía ni renacimiento ni nada”.
El hombre sometido a los avatares y esquemas científico-naturales no es un hombre, es el hombre máquina de La Mettrie, es un ser enajenado, abstraído de todo sentimiento, en fin… es un no-hombre. Miguel ve aquí algo de lo que se daría buena cuenta en estudios posteriores: el hombre que estudia al hombre corre riesgo de enturbiar su objeto de estudio, el hombre que se estudia a sí mismo (en el sentido de que el científico social estudia a la sociedad) lleva consigo una serie de presupuestos antropológicos que, de seguro, entorpecerán su estudio. Esos presupuestos no son tan peligrosos como la evidencia de que, ineludiblemente, el objeto de estudio cae en la desgracia de desaparecer, de morir.
 
Y si es el hombre lo que queremos estudiar, corremos el riesgo de matarlo en el proceso.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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