Extranjero en Alemania

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He sido extranjero en Alemania cuatro veces en mi vida. La vez que más duró fue medio mes y, la que menos, un solo día. Aunque no es mi país favorito ha sido el que más he tenido oportunidad de visitar. Eso sí, del norte no he podido ver nada, no he ido a la capital y tampoco es que sea una de las capitales que más me fastidie no haber visitado (Roma lo supera, con mucho). El sur, en cambio, me lo sé mejor que el sur de España: Stuttgart, Heidelberg, Colonia o Núremberg… son algunas de las ciudades que he tenido la posibilidad de visitar.

También he hecho una especie de turismo por la zona rural de la Selva Negra: Schenkenzell, donde viví varias semanas en mi primer verano fuera de casa, Friburgo, Ofenburgo… Esas ya son más desconocidas.

Nunca he visto país tan civilizado como Alemania. Ahora es cuando tendría que explicaros mi concepcíon de qué es y qué no es un país civilizado. Voy a atenerme sólo al ruido: es un país sin ruidos. Ni en zonas rurales ni en exteriores. He estado dos veces en una feria internacional en Núremberg y el ruido que ahí había no es, ni de lejos, el que puede haber en una feria cuatro veces más pequeña en España.

La gente, por otro lado, es diferente que aquí. No hay pitidos de coches. No hay gente con prisa en el metro. Bueno, miento, sí que la hay, pero no lo exteriorizan. Si pierden el bus o el metro no hacen ningún gesto de disgusto, se lo tragan y esperan al siguiente. Si tú te quejas en alto sobre algún aspecto relacionado con sus medios de transporte (que, todo hay que decirlo, gozan de una puntualidad increíble y una planificación a un año vista -es decir, puedes asegurarte que si en DB -como Renfe- te dicen que el 10 de mayo de 2015 hay un tren de Friburgo a Berlín que sale a tal y llega a otra hora, va a hacer exactamente eso que está planificado, sin retrasos ni adelantos), si te quejas, digo, de haber perdido un medio de transporte, la gente te mira raro.

Siempre digo que no me gusta parecer extranjero en los países que visito. En el último viaje que hice hace varios meses tuve también la suerte de poder visitar Alemania, dos veces, en el mismo mes. En ambas ocasiones me sentí integrado y, para nada, fuera de onda o una persona que estuviese haciendo claramente (como los asiáticos) turismo.

No llevaba, por supuesto, el ritmo de  una persona atareada que no piensa en la ciudad tanto como un terreno del ocio como en un terreno útil para  realizar su vida y trabajos, pero aún así, sentía que mi velocidad era acorde a la de la misma ciudad. Me gusta ir a un país y no sentirme extranjero. En Londres no me ocurrió, en París tampoco y en Milán-Venecia… andando por los canales con la cámara y la bandolera de turisteo, no era más que otro de los miles de turistas típicos que pasean por ahí.

En Venecia, sin embargo, hice de “flaneur” durante mi segundo día. Cogí una barca que iba desde el centro de Venecia hasta el Lido (una isla que está mucho más separada del continente) para ver ese pueblo mítico y, sobre todo, el fantástico Hotel Des Bains. El hotel… sin más. El agua, clara. El efecto davinciano (sfumatto) que funde el agua y el cielo era casi una sugestión que los historiadores del arte me habían inoculado pero, tal y como dijeron, así lo sentí yo sobre el agua. Más allá, justo donde se fundía el horizonte acuático con el horizonte etéreo, me imaginaba que estaba Grecia, otro país que me gustaría visitar.

Pero se ha operado (como le gusta decir a los filósofos académicos) un cambio en mi perspectiva como turista. Ahora ya visito los países con un interés práctico y no estético. Si voy a Grecia me va a interesar más que ver los monumentos de la Acrópolis, ver las condiciones en las que se encuentran las personas que ahí viven y que han sufrido de cerca la violencia del capital cristalizada en reformas perniciosas para la mayoría.

No me gusta, como os digo, sentirme como un turista. No me gusta ir con la cámara colgada del cuello. La fotografía es algo útil para mí, no tiene más función en sí misma que la de inmortalizar, y para inmortalizar es suficiente cualquier cámara mínimamente solvente. No sé cómo hay gente que puede encontrar atractivo a buscar planos, retocar, capturar momentos del paisaje únicos… si yo capturo algún momento así es por  una intención meramente archivística. Creo que también escribo con intenciones archivísticas. El placer que me produce la escritura (como el placer que me produce visitar países) es por el hecho de que posteriormente podré revisitar lo escrito aun a sabiendas de que la mayoría de lo que escriba se quedará sin releerse para siempre. El placer, por otro lado, de viajar, es el placer de ir acumulando experiencias y poder decir: aquí estuve. Casi que leo libros por lo mismo (o, más bien, leía, pues hoy no leo ni la quinta parte de lo que leía hace tres años, y eso se nota), por decirme a mí mismo: has leído esto, qué grande. Seguro que a alguien más le pasa, por lo pronto, a Galdós y a Virginia Woolf. Han sido los dos únicos casos en los que he visto a escritores con intención archivística como yo. Virginia Woolf, preguntada por lo que leía, respondió un día: yo soy de las que, cuando están leyendo, cuentan las páginas que faltan para terminar. El placer de las cuentas atrás es un placer archivístico.

El historiador archivero encuentra placer en su cuenta atrás personal. Hasta que no concluye la relación de todos aquellos materiales en los que está trabajando y los ordena como es debido, no es feliz. Luego inicia otro proyecto y vuelve su tarea. Se realiza con su proyecto, al igual que me realizo yo viajando, escribiendo y guardando fotos de momentos especiales dentro de lo cotidiano.

El extranjero en Alemania, titulo yo este post. El extranjero en un país que no le ha hecho nunca sentirse extranjero. No es un país en el que me gustaría vivir porque tiene algo de medido, pactado y superficial que no logro soportar. También imagino que los ambientes universitarios, por su libertad, son contrarios a lo que me he acostumbrado. Fijaos que en las universidades os enseñan a acostumbraros a el encarcelamiento. Si fuese a estudiar a Alemania o a otro lugar donde se diese verdaderamente libertad de cátedra (y de planificación de currículos y asignaturas) a los profesores, me pasaría como a Emilio Lledó: me maravillaría y no querría volver jamás a España.

Eso también pasa con los viajes, pero menos. La gente viaja por intenciones archivísticas, como yo, y lo han de reconocer. Las vacaciones cansan aún más que muchos trabajos físicos. Yo me canso cuando voy de vacaciones porque las actividades, como es lógico, que haces durante ellas son tan exigentes (precisamente por esa necesidad de VERLO TODO) que no puedes descansar: si descansas estás perdiendo dinero, ¡qué curioso!

Os dejo con esa reflexión.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Zaragoza, 16 de mayo de 2014.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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