Flaubert quemando su correspondencia

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Estaba escuchando una conferencia de Vargas Llosa. Me abrió los ojos a varios autores y uno de ellos fue Flaubert. La charla versaba sobre cómo escribir una novela, o sobre la labor del escritor. Estaba presentada por el director de la Fundación Juan March que cada año cuenta sus excelentes invitados por decenas (especialmente disfruto, en el presente, de Rosa Sala Rose, o de las entrevistas de biografía intelectual y, en el pasado, de Pinillos, Muguerza, Entralgo…).

El inicio de su charla fue un poco pastosa, como todo lo que sale por la boca del intelectual que ya ha repetido en su cabeza un millón de veces lo que quiere decir, o del que, al menos, ya ha estancado sus ideas y sólo las modifica en la forma (dependiendo del contexto) y en los ejemplos. Haciendo la prueba con Emilio Lledó, cualquier entrevista que se realiza a esta eminencia de la filosofía griega suele decir lo mismo: hablar de su maestro de primaria, quejarse con razón de cómo maltratamos al lenguaje, recordar con nostalgia su juventud en Heidelberg… O de Luis Antonio de Villena. Hay poca variedad en lo que dice, pero su crítica a los obtusos, a los gays poco informados y preocupados por la fiesta más que por cultivarse (es una crítica que hay que hacer siempre, pero con los gays, sospechosos de tener buenos motivos para ser algo más refinados, es mucho más significativa), suele tener rasgos cambiantes conforme pasan los años. Ya me hago mayor y veo cómo los intelectuales desarrollan sus pensamientos, los mantienen, los modifican, o los rechazan (los últimos, los menos). Sin embargo, hay ideas núcleo, bastante difíciles de sobrepasar y de modificar, y reconozco que siempre es bueno tener algunos principios, no vaya a ser que cada día tengamos que volver a comenzar de cero. Vargas Llosa, preguntado por esta cuestión, seguirá los mismos puntos clave hasta que cambie de opinión o fallezca.

Lo que quiero decir es que comencé a leer a Flaubert. A mí me obligaron a leerle en bachillerato y sus pasajes descriptivos eran un suplicio para mi cerebro acostumbrado a una prosa más galdosiana (descripciones unidas a juicios de valor, esa voz en off…) o unamuniana (el novelado flujo de pensamiento). Así que no podía decir que fuese un fan de Flaubert. Más bien me gustaba Zola, y me preocupó que en bachillerato no se le diese tanta importancia a autores que, sin lugar a duda, podían causar mayor efecto en jóvenes que aquellos con descripciones tan exhaustivas y con una preocupación por el mot juste que, hoy en día, es un principio a las antípodas del maltrato que sufre el lenguaje (español, francés, inglés…): nos da igual si algo es justo o no, en realidad nos desentendemos de lo que se quiere expresar.

Decía Llosa: su gran descubrimiento fue la palabra justa. Y luego añade más a la relación de sus victorias y dice: su gran (o una de sus grandes) herencia para la humanidad fueron las cartas a su amada Louise Colet. A mí, que me aburren terriblemente todas las relaciones epistolares (salvo lo que vi en el Werther) por repetitivas, sosas y llenas de lugares comunes, me consiguió enganchar.

Al principio vi al Flaubert más pastoso, un Flaubert decepcionante. Pero sabía que mejoraría. Imaginaba cómo eran las cartas de Colet (la compilación es un monólogo, porque por parte de Flaubert, toda su correspondencia se borró, junto a la culpable ayuda de Guy de Maupassant) y trataba de adelantarme a la continuación de la historieta.

Ha habido puntos importantes, os hago un spoiler: ahora han discutido. La magia inicial se ha perdido. La mujer exige mayor atención, un enamoramiento más profundo, que la visite más a menudo. Y él  ya está harto, está diciendo: yo no soy ese tipo de hombre, el amor doma, es un lugar donde apoyar la cabeza en momentos donde deseemos descansar. ¡Y yo no quiero descansar!

Veo una similitud con la actitud de Oscar Wilde. Pero Oscar ya conocía el éxito cuando escribió De Profundis, en la cárcel. Ya sabía que un amor obsesivo, dominante, no era hospitalario con la labor artística, que requiere una ocupación constante y un entorno favorable.

Es dentro de unos años (en las cartas del francés) donde comenzará a hablar de su Bovary.

Me interesa Flaubert porque no tiene aspiraciones, escribe con la humildad (al menos fingida) del que se arrodilla ante los clásicos y que sabe que nunca podrá alcanzarles.
No hay un truco para ser un famoso escritor, pero si lo hubiera tendría que pasar por leer clásicos, malos y buenos escritores. Malos por conocer qué no hacer. Buenos por ver el ideal, por conocer el buen estilo, la buena redacción.

Y luego está la actitud del escritor. Esto debería guardármelo para mí pero lo suelto aquí.
Hay quien dice, cuando comentas que quieres ser escritor: ¿por qué quieres serlo? Sé honesto con tu respuesta y entonces descubrirás qué tipo de escritor llegarás a ser.

Uno quiere ser honesto porque tampoco le va la falsa humildad pero, así y todo, sabe que es uno entre un millón y que casos como Flaubert, donde se puede ver a modo de diario cómo va surgiendo el escritor inolvidable que sobrevivirá a su propia muerte, son ejemplos de los que no se puede extraer una ley universal.

Así que, Flaubert, de momento, en mi estas páginas de las Cartas a Colet, está leyendo mucho, estudiando mucho latín y griego, y sólo dentro de unos tres años comenzará el primer borrador (si es que tal cosa existió alguna vez en un escritor tan exigente).

Ya sabemos cómo acaba.

No quiero publicar, de momento. Mi estilo es así, como lo veis. Procuro no usar adverbios de modo, ningún “locual” o “elcual”. Tampoco las expresiones manidas, aunque estoy seguro de que introduje muchas entre las últimas 1000 palabras, o las metáforas que han perdido su razón de ser… Veo fragmentos de libros de Youtubers, o de escritores muy jóvenes (17-18 años) y compruebo que eso nunca sale bien. Desde el primer párrafo eres consciente de que han sacado el pastel del horno con demasiada antelación.

 

Flaubert hubiese querido eliminar toda su correspondencia. Al menos hemos conservado la saliente, para gozo de nosotros, los incipientes.

 

En Valencia, 11 de julio de 2015.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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