Hacia Alemania sin billete de vuelta – La cultura

twittergoogle_plusrssyoutubetwittergoogle_plusrssyoutube

IMG_0712

Lo llevo pensando desde hace unas cuantas semanas, aunque en realidad esa idea lleva dándome vueltas a la cabeza desde la primera vez que viaje al país. Mi primer viaje fuera de España fue hacia Alemania, en agosto del año 2010. Tuve la suerte de obtener una plaza en un campo de trabajo en un pueblecito de la región de Baden-Württenberg, al sur del país. Éramos un grupo de jóvenes de 18 a 25 años y nuestro cometido era el de crear unos canales por el monte para que estos pudiesen drenar el agua de la lluvia. Me pareció una tarea inútil, pero al menos la comida y el alojamiento (en el gimnasio del colegio del pueblo) estaban incluidos. El trabajo consistía en cavar con una pala el suelo para formar esos canales, a lo largo de la montaña. Era algo desagradable porque te llenabas de barro y, por aquel entonces (y todavía hoy día), era una rata de ciudad. Tenía su gracia que mi primera experiencia en Alemania fuese en un “campo de trabajo”, por las divertidas connotaciones que esas palabras tienen.

También se trataba de mi primer viaje en avión. Desde siempre me han gustado los aviones y, aunque es algo carísimo, todavía tengo la esperanza de llegar a ser capaz de volar una avioneta. Cuando despegué desde el aeropuerto de Bilbao sentí algo muy diferente a lo que debe ser la primera experiencia en un parque de atracciones. Era como una montaña rusa, pero mucho más duradera: el encogimiento de estómago tan prolongado y el sonido de los motores me parecieron emocionantes.

Llegué a Stuttgart y, esa misma tarde, por mis propios medios, y con un deficiente inglés, di una vuelta por los parques de la ciudad, comí, y volví a la estación central de la ciudad, comprando los billetes hacia el pueblo del campamento.

Fueron dos semanas magníficas. Conocí a gente de todo el mundo y, por primera vez, puse mi inglés a prueba, para darme enseguida cuenta de que el inglés bajo-medio que se obtiene tras hacer un bachillerato es insuficiente. Por suerte, la oportunidad de hablarlo con hablantes no-nativos del idioma me permitió partir de un nivel semejante al de mis compañeros, y acabar las dos semanas siendo bastante capaz de elaborar una conversación con matices algo complejos y mayor desparpajo. Noté que en mi cerebro se iban activando zonas que habían permanecido dormidas toda la vida y que, de no haberme movido al extranjero, habrían seguido así per secula seculorum. También fui consciente de las carencias del vocabulario. El inglés es un idioma con una estructura relativamente sencilla, pero el vocabulario nunca perdona. Para hablar bien un idioma hay que saber muchas palabras. A mi parecer, la gramática es lo último que se debería enseñar al estudiante, y en eso es en lo único que el inglés de secundaria español hace hincapié.

Como primera experiencia, tuvo sus frutos. Desde entonces le perdí el respeto a los idiomas, me sentí confiado para hacer más viajes y comencé a planificar mi siguiente salida al exterior. Por aquel entonces (2011), el gobierno ofrecía unas becas estupendas para pasar tres semanas estudiando inglés en el extranjero, y tuve la oportunidad de viajar a Londres. Estuve también 20 días, y también aprendí inglés, aunque no tanto como me hubiese gustado porque cometí un grave error: rodearme de españoles.

DSC01863

Mis futuros viajes a Alemania tuvieron que ver con el trabajo de uno de mis familiares, que tiene una empresa online. Visitamos la feria del juguete en tres ocasiones y tuvimos la oportunidad de hacer nuevos negocios, cerrando tratos con proveedores que, de no ser por mi inglés, hubiesen sido imposibles de llevar a cabo. A comienzos del 2014 llegó a mi conocimiento que uno de los posibles destinos Erasmus para la carrera de Filosofía era Estambul, Turquía. Así que me tiré esos siguientes meses (hay un post que lo explica bien) preparando el examen del First Certificate, que pasé con éxito, teniendo en cuenta que me lo había preparado sin ayuda de nadie más. En febrero de ese mismo año, hice mi viaje número cuatro al país germano, visitando Colonia, tras un recorrido por los Países Bajos. Luego me fui de Erasmus a Turquía y estuve diez meses seguidos hablando inglés y estudiando (no tanto como me hubiese gustado) turco.

Con esto quiero decir que, desde hace relativamente poco, la cuestión de los viajes al extranjero ha sido una regla constante en mi vida. De mis veinticinco años, he pasado más de 365 días en un país extranjero, tanto para vivir como por viajes de diversa índole.

Mi relación con la cultura alemana inició mucho antes de mi viaje en 2010. Hubo una época en la que leía mucho y, normalmente, lo que leía era o bien literatura hispana o bien poesía y literatura germana. También, como podéis comprobar por mi blog, soy un apasionado de la literatura francesa, pero la alemana tenía algo especialmente atractivo. Me refiero, claro está, a las obras de la “edad de Oro” de la literatura alemana: el Romanticismo. Me inicié con la lectura de Las cuitas del joven Werther, comencé y no terminé el Fausto, leí a Nietzsche, eché el diente a Schopenhauer, y hubo una época en la que solo leía a Schiller y a Heine. En la Fundación Juan March buscaba con ahínco todo aquello relativo a Alemania, tanto arte, como costumbres… como cultura en general. Todo me gustaba de ese país. Me apunté en dos ocasiones a alemán en la Escuela Oficial de Idiomas, hasta que decidí que había mejores formas de tirar mi tiempo a la basura, y decidí estudiarlo por mi cuenta.

Pero entonces conocí la literatura alemana del siglo XX, a través de Thomas Mann. Me leí, en primer lugar, Muerte en Venecia, y más adelante algunos ensayos sobre Mann y su vida. En segundo de carrera, debido a la recomendación de un buen profesor, le di una oportunidad a La Montaña Mágica, y no me defraudó. Este amor por la literatura alemana, sumada a la idea tan interiorizada de que yo tenía un poco de espíritu alemán, fueron algunas de las causas que me hicieron considerar a ese país como mi “tierra prometida”. Fue un poco más adelante, cuando ya me encontraba en la carrera, que encontré uno de los conceptos que para mí han sido fundamentales en todos estos años de carrera, e incluso de bachillerato.

Hay dos ideas básicas y complementarias, que se encierran en un concepto romántico alemán, y en otro bastante más contemporáneo y español. La ejemplaridad y el Bildung. Hace tiempo hablé de José Luis Pinillos. Tras escuchar una conferencia en la que él hablaba de la conciencia humana, me sentí tan impresionado por su dominio del tema y su capacidad de oratoria, que decidí seguir sus pasos de alguna forma. Si no hubiese sido por esta tendencia al ideal, al buen ejemplo (según la categoría de Gomá), no hubiese decidido estudiar una carrera de filosofía.

Desde que comencé mis estudios superiores también ha estado dando vueltas el segundo ideal: la noción de la formación permanente, en distintos ámbitos de la vida, complementarios o no, útiles o no. Es lo que en la Alemania romántica del siglo XIX se conoció como Bildung. De ese término vienen las Bildungsroman, o novela de aprendizaje. Pero el Bildung es, como bien ha dicho Rosa Sala Rose en El misterioso caso alemán,

-la experiencia vital que procura el trato con los demás y el desarrollo del gusto por las artes-, más la voluntad manifiesta de alcanzar el máximo desarrollo como ser humano, es lo que engloba la palabra clave de todo este proceso: Bildung.

Que un concepto y filosofías tan propios de Alemania fuesen para mí tan cercanos se convirtió en una especie de premonición silenciosa, y fue algo que terminó por acercarme inevitablemente a ese país, tanto física como culturalmente.

Facebooktwittergoogle_plusmailFacebooktwittergoogle_plusmail

Sobre el autor Ver todos los posts

Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *