Historia de un piloto de aviones

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Érase una vez un mejicano con mucho interés por los aviones. En su país había hecho su carrera técnica (en España se llama Formación profesional) para ser constructor. En México hubo una grave crisis económica antes del fin del siglo XX y por ello tuvo que emigrar con su familia a Estados Unidos. Lo bueno de México es que está bien cerca de Estados Unidos. Lo bueno de Estados Unidos (dentro de todo lo malo -y sus índices alarmantes de pobreza-) es que siempre acaba por dar alguna oportunidad al desesperado que quiera aguantar varios trabajos a la vez. Así que nuestro amigo mejicano comenzó a trabajar como lavaplatos. Mientras seguía lavando platos buscó por todos los medios un trabajo que permitiese a su familia y a él vivir más holgadamente, entonces encontró un trabajo como camionero. Este trabajo requería bastante tiempo y por eso le era complicado compatibilizarlo con el trabajo de lavaplatos. Trabajó en diez cosas más hasta el punto de que, cuando uno de los empleadores que conoció más adelante le preguntó que por qué cambiaba tanto de trabajo él le dijo: a mí me da igual el trabajo, yo voy en busca del dinero.

Y buscaba el dinero porque tenía mucho interés por los aviones. Pero esto no ocurrió del día a la mañana. En uno de sus primeros trabajos en los Estados Unidos la suerte le fue a destinar a un campo de cultivos enorme. Era tal su magnitud que para ser trabajado necesitaba a numerosos empleados, y los mejicanos eran una de las manos de obra más eficaces y baratas. Pero también necesitaba fumigación. Para ello, cada semana partía una avioneta desde un hangar cercano que se dedicaba durante varias horas a fumigar todos los cultivos y así evitar plagas o pérdidas excesivas.

Él se encontró, de repente, con los aviones de sus sueños, sobrevolando su cabeza. Entonces comenzó a hablar con el piloto de ese avión. Le hizo partícipe de su sueño y él asintió siempre con gran simpatía, pues sabía que mucha gente quería volar pero sus sueños se iban al traste a la hora de hablar de dinero, o cuando amigos y familiares (no siempre con buenas intenciones) les decían que para ser piloto se necesitaba tener una vista perfecta, o una altura determinada, o saber hablar muy bien inglés. Muchos de estos requisitos eran ciertos pero la mayoría se esgrimían como argumentos de peso para evitar que esa persona fantasease demasiado.

Se ofreció voluntario para limpiar su avioneta, para hacerle las revisiones oportunas y ayudar al piloto en todo lo que él le pidiese. Gracias a ello consiguió estar cerca de uno de los aparatos que habían permanecido hibernando desde sus sueños de juventud. Todos los días, desde entonces, se levantaba como un enamorado: pensando emocionado en volver a tocar a esa máquina voladora, en ofrecerse a limpiarla o incluso a encontrar una oportunidad para volar en ella como pasajero.

Dejó el trabajo de fumigador pero algo había cambiado en él: ahora tenía un objetivo en mente e iba a ir a por ello.

Fueron varios años y muchos trabajos. Desde los 25 hasta los 38 años dedicó una hora diaria a estudiar algo de aviación. Sin dinero, sin saber inglés… le costaba traducir media página de su libro de inglés unas cuatro horas, pero poco a poco este trabajo se iba haciendo más sencillo. Al vivir en los Estados Unidos su inglés estaba mejorando cada vez más y, por tanto, encontraba menos impedimentos a la hora de estudiar los materiales que encontraba en las bibliotecas o que le dejaban. Tenía una familia que mantener así que este proceso tan laborioso le costó unas 5 o 10 veces más que a una persona soltera y más desocupada (sin cargas familiares).

A los 28 años ahorró lo suficiente como para hacer su primer vuelo solo. Este vuelo-solo consiste en una prueba mediante la cual uno se da cuenta de si los aviones están hechos para él o no. Desde entonces trabajó lo suficiente como para apartar unos 100$ semanales que le permitiesen pagar la aeronafta y su lección de una hora. En los Estados Unidos es más barato volar un avión que en España y que en la mayor parte de los países de Europa, además de que la licencia es mucho más prestigiosa.

Su gran problema fue que no tenía un buen oído, por eso temía que en los análisis médicos le fuesen a rechazar y truncasen su sueño de convertirse en aviador. No sólo no ocurrió esto sino que encontró casos de gente obesa, o de gente miope, e incluso de gente sin piernas… que habían conseguido su licencia previa adaptación de los aparatos o consejo médico. El caso de la miopía, por ejemplo, sí que es un impedimento para volar un avión militar… pero la aviación no sólo se reduce a ese tipo de operaciones sino que incluye la aviación civil, la de transportes de cargas, emergencias, etc.

Al cabo de 15 años consiguió todas sus licencias y llegó a trabajar para varios clientes particulares, como piloto de jets. En la actualidad tiene una escuela de aviación en el sur de los Estados Unidos y está preparándose para dar el salto a la educación online. Será él el primero que ofrezca este tipo de contenido: educación online para pilotos aviadores hispanohablantes pero que quieran una licencia FAA (de los Estados Unidos).

¿Y qué he querido expresar con esta historia?

No es más que otra historia de búsqueda y de consecución de una vocación. De pequeños solemos tener esas ideas pero pronto chocan con el mundo adulto y son puestas en un lugar donde acabarán por desvanecerse. Este es el caso de todos los jóvenes que han querido dedicarse a una profesión con características especiales como la aviación.

No sé si los adultos hacen bien en tomarse estas licencias y hacer que los niños pierdan la ilusión de manera tan fulminante.

“Me decían que bajase de las nubes, que mi afición por los aviones era un sueño loco de niño iluso. Ahora mi problema es que no puedo bajar de las nubes porque en ellas tengo mi oficina.”

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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