La Crisis como concepto comodín – Parte 2: Política, leyes y la diosa Economía.

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Si el hombre es económico hará de la Economía su diosa.
El ser humano ha variado el centro de sus intereses.
Ahora en vez de hablar de política en los telediarios se habla de economía.
Si en algún momento parece que la gente habla de política realmente lo que estará siguiendo será un discurso de la mano de la ley, no saliéndose de ella ni viendo más horizonte que el que ella nos pueda dibujar.

Esta tríada es la que gobierna el horizonte intelectual y ontológico de nuestro mundo.
Cualquier discusión efectuada al margen de esos tres valores es una abstracción boba y sin sentido.
Todo parte o desemboca en uno de esos tres nudos.

En un principio fue la ley. La ley surgió como necesidad de la política. Para ordenar a los seres humanos era necesario no ya una estructura formal sino un aparato legal que legitimase actuar de tal u otra manera, sin estar constantemente preguntándose por lo moral (comportamiento).

Seguir la ley al pie de la letra significa el abandono del hombre político para dar lugar a una víctima de las reglas de juego previamente estipuladas.

Normalmente las leyes se ejecutan y se elaboran por las personas que menos tienen que ver con ellas. No hablo de ejemplos porque los ejemplos me llevan pareciendo una pérdida de tiempo enorme desde que las tertulias televisivas se basan en la estúpida y eterna mención de los mismos.

Los jueces designan y ponen a funcionar las leyes como mejor les parece. No hay persona objetiva. ¿Quién es el juez del juez? ¿La censura pública? Os acabo de decir que no hay discurso al margen de la ley en este siglo XXI español así que os podéis imaginar por dónde van los tiros. Os invito a bucear por los periódicos, de cada diez artículos de opinión en términos económicos habrá uno político.

Un juez utiliza las leyes en cada momento como mejor cree conveniente y de la manera más plausible. Démosle un voto de confianza y creamos que juega el papel ejecutor de un organismo imparcial y aun así veremos grandes rasgos de subjetividad en sus decisiones.

No es posible la justicia así entendida. Los jueces son títeres de un sistema legislativo nebuloso y retorcido que jamás ha conseguido (ni conseguirá) estar por delante de los acontecimientos reales.

Las leyes no sirven para el mundo real. Así como no sirve estar informado de algo que ocurrió hace un mes tampoco nos ayuda poseer leyes ni constituciones con meses e incluso años de antigüedad.

No tengo una propuesta positiva para evitar esto.

Lo que sí entiendo es que habríamos de intentar recuperar ese hombre político, ese opinador al margen de la ley a veces utópico y en otras, las más, certero y agudo. Discutir al margen de la ley amplía el terreno de juego y, si algo es propio del ser humano, es su capacidad de ampliar el terreno de juego real habiéndolo hecho antes en su propio magín.

Por esto no veo ni recomiendo ver tertulias políticas en la televisión.

Las estadísticas son el opio del pueblo. Discutir con las estadísticas en la mano es ver el árbol y no el bosque. Lo cualitativo nunca se puede reducir a lo cuantitativo y tras las cifras hay realidades de radical importancia para la vida de las personas.

No se puede discutir con cifras porque, si algo tienen las cifras, es que siempre habrá un dato que sirva (sacado de su contexto) para apoyar una u otra posición. Es preciso debatir sin cifras ni estadísticas pues estas, repito, están elaboradas en base a unos parámetros ya establecidos y en base, en el peor de los casos, a una mala intención por parte del que las sostiene o crea.

Voy a poner un ejemplo:

Parece ser que hay menos dinero para la educación en España. Unos van a mostrar una serie de estadísticas que les den la razón (y seguramente la tengan) y otros van a informarles de casos concretos en que esos presupuestos estatales para la educación no sólo no hay descendido sino que han aumentado. Cuando discutimos con la estadística en la mano nadie tiene la razón. La realidad económica da razón al número.

Hay que debatir políticamente, sin atender al número. El número da miedo o da risa y SIEMPRE maniata a la crítica, en cambio la política juega en un terreno ético.

Es ahí donde se encuentra el debate interesante.

Aristóteles planteó el crecimiento de la economía (oikos -casa-, nomos -ley-) desde el ámbito familiar hacia la polis o “Estado” en general. Es curioso ver cómo el tiempo ha eliminado por completo la primera acepción de la palabra “Economía” y, en los últimos tiempos, ha pasado a ser una disciplina al servicio de los mercados y especuladores.

¿Se puede volver a la acepción inicial de la economía?

No. Hoy no nos sirve, dado el avance tecnológico e industrial, llevar a cabo una economía autárquica en el sentido cerrado de la familia y de la vivienda particular. Nos es del todo necesario comunicarnos con las demás personas para satisfacer nuestras necesidades.

¿Qué podría hacerse?

Ya que es imposible hablar desde una posición política (en sentido muy estricto) habrá que ver si a través de esa endiosada economía podemos meter las narices en el funcionamiento de este sistema. Es por ahí por donde se atrevió a entrar Marx. ¿Por qué fue economista y no psicólogo? Algo vio aquí.

Además de las patentes desigualdades que la plusvalía dejaba a su paso por los obreros del siglo XIX se dio cuenta el amigo Marx de que la discusión comenzaba a cerrarse en torno a las ciencias naturales. Cuando una ciencia natural intenta ser capaz de explicar todo el mundo es cuando es peligrosa y hay que desmontarla punto por punto.

El peligro o ventaja (según se mire) de la Economía era que jamás predecía nada. De hecho, en las primeras clases de cualquier estudiante de Economía se deja bien claro que hay dos tipos de Economía: la normativa (meros juegos conceptuales que jamás se pondrán en práctica) y la positiva (que estudia lo que ya sucede en el mundo y trata de comprenderlo).

¡No hay ciencia económica predictiva o práctica! ¡Es sólo utópica o descriptiva!

En tantas otras “ciencias” sociales como ella hay un recurso cobarde o de dudosa honradez intelectual: el recurso ceteris paribus. Si el resto de cosas permanecen iguales, con las mismas condiciones y sin posibilidad de cambiar, ¡entonces mi teoría funcionará!

¡Qué triste queda ese economista cuando en ningún lugar del mundo puede poner en marcha sus teorías puesto que, si algo tenemos los seres humanos, es esa ingénita cabezonería de salirnos de los pronósticos y reglas establecidas!

Hay que matar a la diosa Economía.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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