La Crisis como concepto comodín – Parte 3: Formas de enfrentar al poder

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(Está en todos lados, nos acecha constantemente y lo peor es que no somos conscientes.)

En antropología hay un concepto llamado “proxémica”. Estudia las distancias físicas que generalmente un ciudadano toma con otro en la calle o en un espacio cerrado. Como el propio nombre indica, estudia esa “proximidad”. Habría varios tipos de proximidad según nuestra relación con el otro pero eso no es importante para lo que quiero introducir hoy. Lo importante es que la proxémica es AUTOMÁTICA, sucede inconscientemente a cualquier persona con un poco de eso que se ha dado en llamar inteligencia emocional y/o habilidades sociales. Lo ideal del asunto es que podamos separarnos del resto sin pensar en ello, al igual que nuestro corazón late independientemente de nuestro estado de consciencia o de nuestra respiración (haz un ejercicio conmigo, piensa en respirar… inspira, exhala…). 

Darse cuenta de los procesos automáticos e inconscientes es toda una revelación. Engolfarse en ellos y regodearse en su funcionamiento.

Eso es lo que los profesores intentan hacer en sus clases desde que somos pequeños: nos abren los ojos ante un mundo que funciona (de aquellas maneras…). Sin su ayuda no lo podríamos comprender. Son especialistas en inocularnos ese conocimiento. Ahora más que nunca, un profesor debería guiarnos y no solamente ofrecernos ese conocimiento, ya que él no es la única fuente legítima.

Nos abren los ojos y volvemos a lo de siempre. Nos gusta vivir con los ojos cerrados porque es lo cómodo. Es cómodo no pensar en chocarse con la señora que va andando a un metro nuestro. Es cómodo no pensar en los latidos y en la respiración pero… de repente la señora choca contra nosotros, nos da un ataque de asma, o tenemos un paro cardíaco.

He aquí la angustiosa consciencia.

En la mejor obra, a mi parecer, de Lev Tolstói, La muerte de Iván Illich, se nos narra la experiencia de un burócrata preocupado por sus funciones administrativas y por su ascenso a la cima de las clases sociales. Aparece su mujer, tan preocupada por cambiar las cortinas de su casa recién estrenada. Aparece su hijo, ajeno a todo. Vemos al personaje protagonista jugando a las cartas con sus amigos tan tranquilamente… hasta que, en la parte media de la obra, sufre un pequeño dolor. Este dolor va siendo cada vez más fuerte. El dolor hace que Iván sea más consciente de sí mismo y de todo lo que ocurre a su alrededor. 

El dolor nos hace ser conscientes del presente. El dolor es el aquí y ahora, el entorno y el dintorno de aquello que hemos dado en llamar YO.

El protagonista, antes de morir, se da cuenta de la clave de su vida y de la naturaleza de aquello obvium re, lo que permanece implícito en el resto de cosas.

(¡No hago spoilers diciendo que se muere ya que así es el propio título del libro! Leedlo, os lo recomiendo, y no es una lectura muy larga).

La clave es descubierta por el dolor, por la cercanía de la muerte, por la interiorización, por la constante lucha contra sí mismo.

Así es el poder. El poder tiene las mismas características que un/el dolor.

El poder se esconde en nosotros, en los otros y en el resto estructural. El poder no tiene más que lugares comunes donde aparecer, pero es una aparición diáfana. El poder no se ve. El poder nos permite ver el resto del mundo a través de sus intrigas y formas prácticas pero por sí mismo es invisible. El poder fundamenta el mundo actual, lo pinta, lo envenena y lo envilece.

Si estamos en la posición de los poderosos estaremos encantados de seguir en esa posición. No me creo la buena voluntad del rico. Ser rico y tener buena voluntad son conceptos antagónicos. La riqueza surge necesariamente de la desigualdad y del mal del prójimo. Siempre y cuando haya un pobre ningún rico podrá dormir con la conciencia tranquila.

El poder entra en sus conciencias y las adormece y vitupera: ¡adelante -dice la conciencia- estás siguiendo el buen camino, que tú seas rico redundará en el beneficio universal de LA HUMANIDAD!

Entonces se justifica el poder. Entonces se justifica la desigualdad. 

El poder no es sólo económico. No quiero pecar de reduccionista. Pero el poder que más gusta comentar es el económico. 
También existen otro tipo de poderes: el poder del hombre frente a la mujer, el del mayor frente al menor, el del más exitoso frente al olvidado por la sociedad, el del heterosexual frente al colectivo LGTBQi, el del jefe y el esclavo trabajador…

Si no nos gusta es preciso enfrentarlo. Por derecho divino, por leyes no escritas, por principios, me importan bien poco los motivos, y ojito con aquel que te diga que busques legitimidad para enfrentarte al poder.

En eso se fundamenta la anarquía (an-archós, negación o supresión del poder).
La anarquía busca, por definición, la desaparición del poder constituido y del no constituido (de facto). Para ello hay múltiples caminos que otro día comentaré con más detenimiento.

Pero el poder no se combate tan solo desde la anarquía. Existen otras muchas formas de enfrentamiento del poder, si bien no tan radicales pero muy válidas y casi capaces de poder ser puestas en marcha automáticamente.

Hay grados diversos de enfrentamiento al poder. Por esto no me gustan las entrevistas sin sustancia. Tampoco me gustan los debates televisivos. En los pocos en que hay una mínima puesta en cuestión al poder establecido las intentonas de dar algo de luz sobre la cuestión del poder per se (¡sin datos numéricos sino hechos puros y duros!) son del todo insuficientes. ¡Podremos darnos con un canto en los dientes si en alguno de ellos se habla con todas las letras y bien alto de desobediencia civil!

Hay grados. Yo considero que el más bajo es el grado ad hominem o el del ejemplo práctico de las estadísticas. La estadística, como dije el otro día, es la punta del iceberg. El que sólo debate con estadísticas no debate, únicamente hace cosquillas al poder. Tampoco se pueden debatir los hechos, pues estos son los que son y no se detienen en sí mismos sino que dependen de…


Dentro de la estructura económica, política o legislativa (es una tríada que me gusta, como veis) hay varios tipos de cuestionamientos en un nivel puramente teórico. 
Comenzando por la propuesta de normas (como ha hecho la economía del siglo XX, ¡tan injustamente galardonada, incluso Nobel estará revolviéndose en su tumba por tamaña desvirtuación de sus premios!) que poco tienen que ver con la realidad hasta la descripción de los puros hechos. 
El científico ha de ver la estructura de los acontecimientos y tratar de entender por qué estos adquieren una forma y no otra. ¿Qué los motiva?

No es suficiente la ciencia para hacer una crítica profunda a esto. Esta crítica, repito, es lo llamado “enfrentamiento”. La ciencia no nos vale, ¿por qué?

Porque el poderoso también es científico. El poderoso también conoce la teoría, ¡incluso la crea! El poderoso en sentido amplísimo está subsumido bajo unos esquemas que ni siquiera él inventó pero que le dan de comer caviar de Beluga. El poder no se enfrenta desde la racionalidad, como así pensaron muchos ilustrados. El siglo XX les quitó la razón. Voy a hacer una reductio ad hitlerum (cosa que odio pero que a veces está bien como recurso): ¡el propio Hitler, en la primera parte de Mi lucha decía que lo racional era comportarse de la manera en que él lo hacía y pensar de la manera en que él pensaba! ¡Hasta ese nivel llegó la razón, a pasar a judíos por la incineradora con una sinfonía de Wagner sonando mientras por el tendido de megafonía! ¡Oh, cumbre racional de la humanidad!

Me hacen gracia los “círculos escépticos” que, con la razón presidiendo la mesa, debaten sobre todos los temas. ¡Sus conclusiones pecan de tal superficialidad supina que suscitan el mismo interés que los artículos de opinión en el suplemento dominical! 

De momento no hay nivel entre la razón y la realidad a la hora de enfrentarse al poder.
El siguiente paso es más poder o rechazar, debilitar o eliminar fulminantemente a ese poder (o poderes).

Se rechaza al poder con más poder, no con flores en los fusiles. Se debilita al poder con mejores discursos, no con concesiones lingüísticas hacia los poderosos (¡qué daño ha hecho la RAE como organismo de referencia -más bien organismo de AUTORIDAD ARGUMENTAL- a la hora de aclarar las discusiones terminológicas!). Se debilita el poder rechazando el reformismo y apuntando hacia la raíz: es preciso ser radical, en el sentido más auténtico de la palabra. 


Estoy perfectamente informado de que el poder no puede eliminarse fulminantemente. También estoy informado de que el sistema se deja criticar desde su propio interior. Pero también estoy al tanto de que este último orden de crítica es el que más resultados ha dado. 

El papel político no se juega en las urnas. Y no digo “no sólo”, es que NO se juega en las urnas. Nos han pintado que la democracia es el sistema político menos malo y nosotros asentimos a esa retórica casi irrenunciable e incontestable.

El juego político es un juego de poderes.
Los juegos tienen reglas. “¡Qué razón tenía Platón!” Dicen algunos por ahí. “¡La filosofía no sirve para nada!” Dicen los bachilleres asqueados. Y yo diría, ¡ojalá hubiesen decapitado a Platón, ojalá la filosofía no sirviese para nada y no fuese un paso más en la legitimación descarada del poder y de la desigualdad!


Hoy no abogo por erradicar el pensamiento económico (como pensamiento único), ¡hoy abogo por el enfrentamiento directo al poder y a sus lacayos!

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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