La Crisis como concepto comodín – Parte 5: ¿La política del sentido común?

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Dicen que Aristóteles fue el primero que pensó en categorizar el mundo de los animales y de los seres vivos en general. Distinguía a los animales en dos grupos  (vertebrados e invertebrados) y luego en múltiples subgrupos que son bastante parecidos a los que hoy en zoología se utilizan.
También fue el iniciador de la lógica y escribió tratados sobre poesía y retórica.
Es bastante complicado encontrar una persona, en toda la humanidad, que haya abarcado tal cantidad de campos de interés a lo largo de toda su vida.
Cada vez fue más complicado abarcar todo el conocimiento humano. Hasta la Ilustración era posible pero en esa época, por ejemplo, todo el conocimiento matemático que se había elaborado tras miles de años era imposible de asumir por tan solo una persona. Ese fue el inicio de la especialización y en esas seguimos todavía: cada vez la gente sabe más de un poquito y menos de la totalidad.

Es imposible “serlo todo”, al modo unamuniano. Hay que elegir el ámbito de intereses porque se corre el riesgo de abarcar mucho y de “apretar” poco. Hoy se nos pide apretar en nuestras aficiones, estudios y empleos, a riesgo de ser diletantes y no ser sobresalientes en nada. Hoy en día se lleva la excelencia, que no es otra cosa que ser el mejor en un campo concreto. Si uno no es mejor en lo que hace y no se codea con los mejores en ese ámbito ha FRACASADO.

Ese es el discurso que se nos inocula desde el gobierno (al menos el español). La tendencia en la educación secundaria va hacia la educación “en la excelencia”. Terminaremos por ser todos víctimas (si es que no lo somos ya) del más estúpido utilitarismo y motivaciones empresarialistas.

Para evitar ser un idiota (etimológicamente, el que sólo se mete en sus asuntos y no le importa otra cosa, que es lo que se premia hoy en día) hay que estudiar, pero no estudiar los currículos académicos que están preestablecidos por el Ministerio de Educación y los consejos de profesores y psicopedagogos a sueldo del “régimen” sino estudiar activamente la política.

El debate político en España está por los suelos. En la televisión no se esgrimen argumentos, como dije en una parte anterior de esta serie de posts, se esgrimen estadísticas y hechos concretos que no nos dicen absolutamente nada sobre realidades cuya profundidad y radicalidad no son compatibles con el formato televisivo.

Eso no es hacer política, eso es discutir estupideces, bailarle las aguas al discurso establecido y comportarse como se espera que nos comportemos. Normalmente los todólogos y opinadores profesionales que asisten a esos programas tienen la decencia (al menos) de leer dos o tres periódicos para informarse sobre el asunto que posteriormente debatirán. ¿¡Qué clase de debate puede surgir tras dos o tres lecturas sobre un tema en particular!? En un debate hay que ser receptivo y abrir la puerta y la posibilidad a llegar a cambiar de ideas o de opinión y en la televisión o en la radio ocurre todo lo contrario: un debate sólo sirve para afianzar más las propias ideas de uno y supone un auténtico desprestigio decir: “Vale, has argumentado correctamente y  tu exposición me ha convencido, he cambiado de opinión al respecto”.

En toda la historia de la televisión no encontraréis frase parecida.

Queda mucho por hacer. Entre otras cosas es necesario formar a las personas políticamente. No económica ni moralmente, sino políticamente, en su sentido más amplio y antiguo, sin tergiversaciones ni máscaras posmodernas de la historia contemporánea.

El Partido X, UPyD… son ejemplos de ineptitud política, de la absoluta falta de respeto intelectual y del triunfo del sentido común más terrorista y de la patochada televisiva hecha proyecto parlamentarista.
Cuando un político habla según el “sentido común”, cuando uno dice “que no tiene ideología” y que sólo está pidiendo lo que naturalmente “pediría cualquier hijo de vecino”, que “somos progresistas y sólo pedimos lo que es demostradamente bueno para el ciudadano“… es necesario desconfiar de él. Hay que desconfiar del sentido común y de los discursos neutrales, pues detrás de esa aparente neutralidad se esconden las peores realidades (e históricamente hay ejemplos de ello). La política no es una ciencia al estilo de la biología o la química, la política entra en otro lógos, es un procedimiento personal y social, que se engolfa en la situación presente y en el pasado histórico. El discurso científico-político es una quimera pues los descubrimientos científicos bien poquito tienen que ver con el contexto histórico, con dinero y lugares adecuados para ello la ciencia es capaz de dar los mismos resultados en China que en el MIT.

No entrar en el juego político, afirmarse como a-político (¡y es que si existe algo así como una “naturaleza humana” es ante todo y sobre todo POLÍTICA!), es una contradicción risible. No enclavarse en el ámbito de izquierdas o de derechas es un abandono de las categorías preestablecidas no por la realización de una crítica fundamentada en bases teóricas o prácticas sino por lo mismo que os he dicho en el párrafo anterior: ¡por absoluta ineptitud política y ganas de dar gato por liebre, duros por pesetas y triunfos del sentido común frente a las contradicciones más que necesarias de un pensamiento que se crea ladrillo a ladrillo!

Por lo tanto, os animo a combatir al sentido común.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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