La ética del religioso

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Toda generación actualiza a sus pelmazos. Hasta el papa cita a Nietzsche. Los curas hoy ya están subidos al carro de la tecnología. Van de parroquia en parroquia, de iglesia en iglesia, con sus Saab 93 (es un coche muy de cura), comen su jamón, beben su vino, y después de dar el peñazo se meten en el restaurante más típico y zampan hasta el final. Claro que hay otro tipo de curas, los que van en metro, en autobús, los que no tienen dinero como para estar de restaurantes, los que no dan misa sino que se ocupan de los más necesitados en los momentos oportunos. Me refiero a todos aquellos que están en otros países, ayudando, en nombre de dios, pero que al final, en algún momento de sus vidas, deben pensar: qué bien me siento ayudando, me daría ahora mismo igual que hubiese un dios porque mi vida tiene sentido sin él. Y es que el sentido, siendo cristiano, siendo creyente, siendo practicante, siendo alguien tan integrado en ese conjunto de doctrinas morales, tiene que ser algo bien difícil de escoger. Porque ellos no dejan de ser personas, por mucho que en determinado momento comiencen a hablar por boca de dios. No dejan de ser personas y saben que tienen algo especial que les hace diferentes. Muchos son humildes, pero falsamente. Y no hay cosa más exasperante que un falso humilde. Los peores son los que te piden que des gracias a su dios por ponerles ahí. Pero así como una religión está creada ex profeso para controlar, también tiene sus consecuencias positivas: y es que, al final, ayudan, y creyendo o no que ayudan bajo la mirada de su divinidad, hacen algo bueno por los demás.
Y entonces vienen los ogros que sólo critican, entre los que me incluyo (aunque pretendo, y más últimamente, desde que me rodeo de personas que creen en la mayoría de las religiones monoteístas, dejar de sólo hacer eso), para decir que esas personas no tienen sentido crítico alguno. Que si están ahí es por fuerza mayor, que ni ellos, a su edad adulta, han sido los que han decidido ser curas, todo ha sido una sucesión de casos fortuitos que les ha llevado a elegir ser religiosos. Pero lo mismo podría decir del que se considera como crítico-escéptico: tampoco, poniéndonos así, es su culpa o su mérito haber llegado a tales conclusiones (ateísmo, ciencia por encima de lo demás, etc), si un religioso no tiene la culpa de haber llegado a ser lo que es, tampoco los demás. 
No sé por qué aceptamos, sin pensarlo, que somos libres para elegir lo bueno y que, por el contrario, cuando elegimos mal (y, para muchos, entre los que me incluyo, moralmente elegir una religión como guía de vida no es lo correcto -por no usar la palabra “mal”) es cuando funcionamos determinados por el ambiente, por nuestros genes, por una especie de olvido repentino de nuestra persona.
Dado que cada vez estamos más cerca de llegar a esa conclusión (que no tenemos nada que ver con nosotros mismos, que el libre albedrío es pura ilusión), estaría bien comenzar a vigilar los problemas derivados de esto mismo. No creo que un buen estudiante o teórico de la ética pueda serlo alejado de las teorías, por ejemplo, de la neurología… si es así, si va a hacer lo mismo que se ha hecho siempre (especular), mejor que se quede calladito y ahorre tinta y papel.
Cuando leemos los estudios que sacan conclusiones tautológicas, básicas y triviales del tipo: el que mata es un perturbado, el que viola tenía problemas de pequeño, la mujer maltratada tiene que ser considerada como víctima, etc, estamos asistiendo claramente a un estudio que parte valorándose a sí mismo y concluyendo lo que le interesa de manera anticipada. Estos son los estudios que se hacen hoy en día en antropología o en psicología. 
No queremos más imposturas intelectuales y menos cuando se trata de ética.
Un saludo.
En Estambul, Turquía.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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