La música aislante

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No descubro América a nadie cuando digo que uno de los objetivos de la sociedad de masas (qué lejos queda esto de lo que decía Ortega…) es el de, aunque suene contraintuitivo, crear individuos en forma de islas cuyas relaciones interpersonales se reduzcan a la mínima expresión.

Aquí sí que puedo dar algunas ideas sobre cómo evitar este aislamiento. El aislamiento, por ejemplo, del emprendedor, que no es un aislamiento buscado sino, más bien, el aislamiento poético del Lawrence de Arabia aventurero que sólo se encuentra a sí mismo y a su camello en medio del desierto. Así son hoy en día los productos de esta sociedad de masas, tanto emprendedores como los que no lo son. Todos adolecen de una carencia de socialidad* que ya es prácticamente inextirpable. Cuando digo todos, por supuesto, me refiero a mí mismo. La teoría me la sé de puta madre pero encuentro que tan solo los gitanos han sabido seguir en comunidades estrechas e imperturbables, quizá esto se deba a su nula capacidad de adquisición de nuevas formas y hábitos de vida. Los gitanos que se salen de la lógica del patriarcado, etc, son los que, curiosamente, abrazan  de manera sincera el modo de vida que os presento. Si un gitano pretende ser otra cosa entonces tiene que cortar amarras con ese círculo y perder, por tanto, su socialidad. ¿Quiénes somos nosotros para meternos en las comunidades gitanas y decir que los raros son ellos? No hay más que leer a Lorca, o a cualquier obra de Galdós datada a finales del siglo XIX para ver que las relaciones entre vecinos, entre los obreros, eran estrechísimas y de una profundidad que llama la atención desde la perspectiva de nuestro presente.

Un símbolo de modernidad y de adecuación a los nuevos tiempos es el absoluto desprecio por esas formas estrechas de relaciones interpersonales. Este desprecio ha venido de la mano del neoliberalismo, por supuesto, pero nadie se ha ocupado de impedirlo. Perdonad, cuando digo “nadie” me refiero a “nadie importante”. Los hippies no han sido importantes, han tenido un papel en la historia excelente como punto de partida pero insuficiente en sus cristalizaciones efectivas. Tampoco los grupos asamblearios. La poca fuerza que puede tener un grupo de estas características escapa por la boca. ¿La solución pasa por asumir otras lógicas de agrupación social? No creo, porque entonces se asumiría precisamente el problema Mayor, a saber, que los seres humanos han de competir. ¿Qué son, si no, los partidos políticos? Hay una competición de ideas por ideas, hay una voluntad asamblearia que está creciendo en los partidos de nuevo enfoque como Podemos (y otros) y veo que siguen cometiendo la misma estupidez de organizarse no para sí mismos sino para otras lógicas englobantes y paralizantes. Si de verdad los círculos asamblearios funcionan tan bien, ¿por qué no se queda todo ahí?, ¿por qué los círculos, en vez de circular las propuestas hacia arriba para que se desarrollen respuestas dentro de la real politik no asumen que son ellos los que tienen ese poder y los que se lo pueden dar a sí mismos?

Utópico, me dicen, pero mayor utopía (no-lugar) es el momento en que se piensa que la delegación del trabajo y del terreno abonado para las nuevas propuestas, delegación desvergonzada, patética y cobarde, va a servir para realmente cambiar el marco socio-económico. ¡Como si todo fuese tan fácil!

Vuelvo al aislamiento. No estamos aislados en celdas. Tampoco creo que lo importante de todo esto sea que estemos vigilados. Realmente lo estamos, claro que sí, pero no es un interés psicológico, no es un interés biográfico, es un interés puramente económico. El sujeto investigado por Google o por la CIA es, a grandes rasgos, un sujeto con poder económico. La mejor manera (y más barata) de controlarle es a través de estas nuevas herramientas. Nosotros lo sabemos y lo permitimos pero, ¿por qué? Porque vemos que están alejadas realmente de nuestra biografía. Pero, aún así, ¿y qué más da si se introducen en nuestra biografía? ¿Qué cuento de viejas chochas es ese de que las máquinas son nuestras enemigas? ¿Qué clase de discurso primitivista trasnochado es el que nos dice que tenemos que quemarlas, que nos deshumanizan y que nos vuelven más estúpidos? ¿Qué clase de pensamiento cristianísimo e inquisitorial es aquel que, ante la innovación científica o ingenieril, decide pensar en prohibir lo que, como lluvia en las nubes, va a caer sobre nosotros querámoslo o no?

Pero no nos queda otra que desenmascarar lo que sucede ante nosotros y que, quizá (permitidme esta chulería) no se contempla del todo claramente: mucho de lo que hacemos hoy en día, incluyendo la escritura y la lectura de este mismo post, nos vuelven sujetos monádicos, pretendidamente autosuficientes y carentes de la necesidad de socializar.

Hoy hablaba de la música. Esta música de hoy en día. No la soporto. Encontré escrito por ahí algo que me abrió los ojos y que me hizo soportarla aún menos (si cabe) : no es música social. No hay comunidades de fans porque la música electrónica o pop ya no crea comunidades. ¿Qué clase de comunidad artificial, austera en ideas, melodramática e infantil forman los fans de Lady Gaga, o de Jennifer López? (Mejor no hablar de los del electrolatino o reggaeton). Es la música en forma de lata, es la música en forma de máquina. Pero esa máquina sí que es dañina, y está comenzando a destruir mediante la inutilización a esos marcos de socialidad que, desde hace décadas, son tan comunes para los jóvenes de todo el mundo: los festivales musicales.

Hacedme el favor y probad a poner en YouTube algún vídeo de gente yendo a un concierto de, por poneros un ejemplo, David Guetta. O de otro tío que abuse de la electrónica. ¿Qué sentimiento de comunidad hay ahí? Yo no lo veo por ningún lado. El sentimiento es puramente artificial: ¡Encended los mecheros!, ¡turn on your smartphone’s screen! Una luz. Esa luz cegadora de la nada total. Esa luz cegadora de la comunidad artificial, de la comunidad que pretende ser bacanal pero que no llega ni a la primera copa.

Es la luz cegadora de la sociedad de masas que nos da duros a cuatro pesetas y que instala en nosotros la falsa sensación de pertenencia grupal.

Ese grupo es la subjetividad caída en combate frente a las lógicas impersonalistas.

Mira tu reproductor MP3 y dime cuándo fue la última vez que lo compartiste con alguien.

Un saludo.

Francisco Riveira.
En Zaragoza, 17 de junio de 2014.

* Hablo de “socialidad”, no de “sociabilidad”, conscientemente.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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