“La sonrisa etrusca”, una carta de amor de José Luis Sampedro

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En este blog suelo hablar siempre de filosofía y de política. Dentro de la palabra Filosofía encontramos la raíz griega filos- que significa no sólo amor sino también tendencia hacia algo, interés, cuidado… Me parece que definir a la Filosofía como el amor por la sabiduría es injusto porque ella es mucho más. Pero hoy no quiero meterme en esas piruetas semánticas y etimológicas.
Aquí hablamos mucho de lo que pensamos que es sabiduría, pero nunca de ese amor. Ese amor por lo que uno hace, por lo que uno se ve motivado a seguir viviendo. Todos, hasta los más teóricos, tenemos un poco o un mucho de esta materia invisible que ha movido el mundo y que lo seguirá moviendo. A Fukuyama podríamos contestarle con esta frase a su célebre sentencia que daba por terminada la historia: mientras haya amor, mientras haya afectos entre los seres humanos, seguirá funcionando la historia. 
Pero sin pretender explicar el amor de una manera vergonzosamente pueril, como así ocurre en películas como Interstellar (“el amor es la quinta dimensión”), quiero detenerme en un amor más particular, más humano, sin más pretensiones.
El libro de Sampedro que he tenido la oportunidad de leer me lo presentó una de las últimas novedades de Amazon: Kindle Unlimited. Estaba buscando algún libro cortito que estuviese escrito por un español al que nunca había leído y surgieron dos nombres: Goytisolo y Sampedro. Comencé con el primero pero no llegué a terminarlo (Estambul otomano), sin embargo con Sampedro inicié la lectura y estuve enganchado hasta el final.
Pero acontece que no es un libro al que estar enganchado por una trama que atrapa. Desde el primer momento uno sabe qué le va a ocurrir al protagonista, un anciano italiano que combatió en el bando anarquista en la época de la SGM y a quien, tras haberle sido diagnosticado un cáncer, sus hijos deciden sacarle del pueblo para que pase sus últimos meses de vida en su casa de Milán. 
Es aquí donde el protagonista de la historia descubre la dulzura de la vida, especialmente a través de su nieto Bruno. La transformación que opera este anciano, Salvatore Roncone, tras conocer a su nieto, es más que notoria. De repente llegan a su vida dos o tres situaciones que trastocan por entero su sistema moral, su sistema afectivo. Pasa de ser un viejo gruñón e insensible, no maleducado sino falto de educación… a crear unos soliloquios en la compañía de su nieto de un año, durante las noches, mientras la “Rusca” le ataca poco a poco las fuerzas. Estos soliloquios, auténticos monólogos interiores al estilo de Delibes (se nota que Sampedro tenía interés por los literatos de su propio país), eran cartas de amor intergeneracional, dirigidas a su nieto que aún era incapaz de comprenderlas. Para él, para el viejo, esos momentos nocturnos donde hablaba a través de sus pensamientos a su nieto dormido, eran sanadores, eran vivificadores, hacían de su estado una cuenta atrás con sentido.
Ese sentido es el Ivan Ilich no supo encontrar hasta que llegó su último minuto de vida. La existencia del personaje de Tolstoi había sido tan penosa e inauténtica que tuvo que sentir el dolor para darse cuenta de ella. El personaje de Sampedro, sin embargo, pasa por la misma situación pero con un espíritu y ánimos distintos.
Es el amor, en este sentido, un buen fármaco, un buen efecto placebo. 
Un saludo.
Francisco Riveira
En Estambul, Turquía.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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