Las telenovelas y los sentimientos básicos universales

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Las telenovelas en Turquía son las segundas más exportadas del mundo. Las personas, en este país, se pasan buena parte del día viendo la televisión. A todas horas puedes encontrar dramas en los que aparecen turcos, ricos, pobres, con un pasado oscuro, con un futuro brillante, etc. No son tan tontas como en los países sudamericanos, donde la repetición de las mismas fórmulas ya ha convertido a la telenovela en una pura búsqueda del morbo. Sólo quieren mantener la audiencia y ampliar por más temporadas.
En las telenovelas turcas se parte de una situación muy concreta, normalmente es un problema grave que incluye algún conflicto político, racial o de clase. Puede que, por ejemplo, una mujer de buena familia se enamore de un griego, y así sea como comience esa serie. Desde hace décadas los turcos no sienten mucha simpatía por los griegos y tener algo como esto en sus televisiones, casi diariamente, les hace enfrentarse a sus propios recelos y prejuicios. 

Como este es un país creado de manera “no natural”, es decir, es un país que ha hecho que tanto armenios como griegos, como los propios turcos (los más cercanos al antiguo imperio otomano) tengan que vivir bajo una misma bandera, entonces surgen estos conflictos de índole política y social. Es por esto, por las políticas de Atatürk, que creó la República bajo directrices ilustradas e intentó modernizar a todo el pueblo, por lo que este país tiene una apasionante diversidad cultural. 
A los Erasmus se les suele preguntar por qué eligen un país y la mayoría, como fórmula ya gastada, responden que “para conocer otras culturas”. Pero, por ejemplo, un Erasmus en Toulouse no tiene ni la centésima parte de variedad cultural de la que hay en Turquía. Quizá esto se deba a que Turquía no deja de ser un país entre dos continentes, entre dos modos de ver la vida o de entender la realidad. 

Este sueño de diversidad cultural en el que vivo es difícil de encontrar en cualquier otra ciudad del mundo. Aquí buena parte de los habitantes están de paso. La ciudad va creciendo cada vez más y de hecho los habitantes registrados oficialmente difieren en varios millones con los que, de hecho, viven en Estambul. Hay barrios creándose constantemente, edificios construyéndose por una necesidad imperiosa. El tráfico, cada vez es más incontrolable y, por suerte, la red de metro está creciendo no por capricho, como en algunas ciudades españolas (Bilbao o Valencia) sino por pura necesidad. Si hubiese alguna ciudad en el mundo donde fuesen a servir los coches voladores Estambul sería la primera en aprovecharlo al máximo. Y, a pesar de eso, el tráfico aéreo también es constante. Incluso están pensando en construir un nuevo aeropuerto. 
A todo esto, Estambul se presentó hace unas semanas a un premio por la ciudad más limpia (verde) del mundo. Me alegro de que los gobernantes de esta ciudad mantengan en buena forma su sentido del humor.
Cuando se conoce que los espectadores disfrutan de una serie, entonces la historia principal se va narrando puntualmente de capítulo en capítulo. La acción principal deja paso a sub-tramas que cuentan otras historias y que hacen que la serie (o telenovela) pueda durar varias temporadas más de lo que hubiese durado haciendo mención a sólo una trama. Los turcos se enganchan a ellas como en España nos enganchamos a Pasión de Gavilanes en su momento, o como en Estados Unidos (y el resto del mundo) se han enganchado a Breaking Bad o a Juego de Tronos.
Las series y las telenovelas son herramientas muy adecuadas para representar la realidad de un país, para crear emociones en el espectador, animarle a pensar sobre cuestiones íntimas, hacerle creer que lo que ocurre en la serie le afecta a él como sujeto individual, darle la ilusión de que es especial y de que esa serie está hecha para él. Sin embargo, este sentimiento de comunión con lo narrado es general y acontece tanto en su caso como en el del resto de espectadores. De la misma manera funciona la literatura. A veces el autor parece que nos está hablando directamente a nosotros, como si nos conociese muy bien. Sin embargo, es cosa nuestra, es una proyección… tendemos a extraer casos particulares de lo general, de lo universal, de los afectos y pasiones humanos. Quizá esta serie de sentimientos básicos universales, y no un idioma o una ley, sea lo que nos pueda dar motivos para pensar que una comunidad humana sin fronteras es posible.
Un saludo.
Francisco Riveira
En Estambul, Turquía.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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