Lo que no me gusta

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Las opiniones. La mayoría de los periodistas. Los análisis tempranísimos de acontecimientos recientes. Los expertos que salen en televisión. La televisión en general. Cuando se endiosa a un periodista o a otro personaje público. Cuando delegamos nuestro libre-pensamiento en fórmulas ya dadas y sencillas de comprender. Cuando se simplifica el mundo. Cuando te dicen que hacer el mundo complejo es un principio de la acosmia. La tesis de que la ley o la democracia es el menos malo de los modos de organizarnos en sociedad. Cuando se toma el ser por un deber ser. Cuando la policía se salta los semáforos sin ningún motivo. Cuando la gente se queda en el carril izquierdo de la autopista. Cuando aliñan demasiado una ensalada. Cuando el agua sabe a tubería o cuando sale poco fuerte (eso me pasa por vivir en un noveno).

El Partido X. UPyD. Que se dé tanta importancia al PP y al PSOE y a lo que sus miembros dicen. Que se dé, en general, tanta importancia a los que desde hace décadas siguen el mismo discurso. Repito: que se delegue el pensamiento en otros. El Partido X, Podemos… La indefinición, el populismo enmascarado en proclamas poéticas y citas a punta pala. La cabezonería del marxista del siglo XXI. Pablo Iglesias, Jordi Évole, Rosa Díez.

El cientificismo. Punset. Cuarto Milenio. Los seis canales de lectura del Tarot que hay en el TDT. Los engaños de Telecinco con programas como el de Anne Germain que me parece que centuplican el mal que pueda hacer Sálvame.

No me gusta que se critique a los canis ni a las chonis. No me gusta que se eche la culpa a los ninis del mal de un país, o a los extranjeros, o a las personas vagas en general. No me gusta el trabajo forzado ni manual. Tampoco me gusta que no haya máquinas que eviten al ser humano tener que realizar determinadas actividades indeseables. No me gusta la minería, el transporte de muebles o la albañilería.

Las peluquerías que cuestan más de doce euros porque al propietario se le ha ocurrido poner una chorradita que te hace masajes en la espalda mientras te lava el pelo. Tampoco las cajeras del Mercadona que no sonríen ni se despiden al despedirte tú de ellas. No me gustan los profesores que están todo el rato diciendo “esto lo dijo tal, aquello lo dijo cual”.

Los conferenciantes que leen un papel. No me gusta el papel en general. No me gusta cuando me miran con cara extraña al ver que no uso ni un solo papel. No me gusta que piensen que mi trabajo es de peor calidad por ser este totalmente digital. No me gusta el anarquismo primitivista. Tampoco los hippies. No soporto las mochilas de tela de los hippies, me parece que no realizan bien su función y que se rompen rápidamente. No me gustan los pelos con una rasta, o todo lleno de ellas o ninguna. No me gusta el pelo largo con puntas abiertas. Tampoco el unicejo. Los pelos en los dedos o en las orejas. Sin embargo, no me gusta la gente depilada al completo o que encuentra en ello una preocupación de primer orden.

No me gustan los culturetas ni los pedantes cuando no han de serlo, tampoco los cantantes sin registro agudo. No me gusta la gente que alardea a destiempo de lo que ha leído o de lo mucho que sabe sobre algún asunto. No me gustan las personas cultas que no hacen nada con tanta información.

No me gusta la sistematicidad argumental.

No me gustan los filósofos equidistantes políticamente. No soporto a los filósofos cristianos pero sí a los jesuitas. No soporto que se dé tanta información sobre los papas pero, por otro lado, me gusta conocer más del enemigo a batir intelectualmente.

No me gustan las frases del estilo “toda opinión es válida” o “el uso de la violencia te quita instantáneamente cualquier razón que pudieses tener”. No me gusta esa pereza mental que sentencias como esas dejan relucir.

No me gustan los Twingo ni los todoterrenos gigantescos que causan sensación en los Estados Unidos.

No me gustan los Estados Unidos, ni los demócratas de ahí ni los republicanos. No me gustan las películas americanas con guiones predecibles. No me gustan las historias en las que, con calzador, se inserta una historia de amor.

No me gustan las bicicletas sin marchas. Prefiero el metro al tranvía. El blog al periódico. El coche a la moto. El avión a todo lo demás.

No me gusta que no haya vallas en los amarraderos. Tampoco que las carreteras secundarias tengan carriles tan estrechos.

Me cargan los revolucionarios de pacotilla. Ana Belén respirando fuerte en sus actuaciones en directo. Rob Halford dando una brazada en el aire para coger aliento. Axl Rose y su baile famoso. Avicii y los Cuarenta Principales. Punto Radio y en lo que se convirtió mi programa favorito. Los podcasts estilo Kafelog y de debate sobre nuevas tecnologías. El exceso de información sobre un mismo asunto y la escasez sobre tantos otros. El endiosamiento de Steve Jobs o de cualquier empresario/emprendedor.

No me gusta nada que se dé tanta importancia al emprendedor, a las carreras técnicas  y a las aplicaciones prácticas en el mundo de conocimientos absolutamente teóricos en una carrera universitaria teórica en puridad.

No me gusta la homeopatía ni el timo de alimentar a las defensas. Tampoco la medicina oriental ni la naturopatía. A pesar de eso me caen gordos los occidentalocentristas y los que ven en la ciencia la salvación de la humanidad.

No soporto el pensamiento fácil, las frases flatus vocis, los fascistas y sus versiones simplificadas y menos dañinas. No soporto a los bloggers de moda ni a los Youtubers que hacen covers o reflexiones de autoayuda. No me gusta el humor que no deje detrás de sí una reflexión política o psicoantropológica.

No soporto bien las escenas en exceso emotivas que no calculan en su justa medida la emotividad. No aguanto bien leer poesía de gente que conozco. No me gustan las comas ni los signos de puntuación. No me gustan las citas en libros y menos si ocupan más de media página.

No me gustan los libros de texto, los chupachuses sin chicle dentro ni los filósofos británicos.
No me gustan los coches con doble tubo de escape, los pianos con menos de cuatro octavas, los anuncios de colonia ni los viajes en autobuses sin espacio suficiente para las piernas.

No me gusta que se ningunee a Galdós y que disfrutemos de escritores raros antes de ver a los clásicos. No me gusta Ponte a Prueba por el exceso injustificado de sonidos enlatados. No me gustan los programas sobre sexología porque no me gustan los moralistas que surgen, como setas, de ahí dentro.
No me gustan los huevos fritos si no tienen encima sal carbonizada y patatas golden. Tampoco el tomate fresco o la CocaCola esbafada.

No me gusta comenzar a escribir un post -porque no hay nada, es todo muy blanco- y tampoco me gusta darme cuenta de que me he pasado de la extensión recomendable.

Un saludo.

Fran Riveira

En Zaragoza, 26 de febrero de 2014.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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