Los cuatro candidatos a la Moncloa suspenden en oratoria

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Maccari-Cicero

Los cuatro candidatos a la Moncloa son, sin duda, gente preparada. Algunos tienen más experiencia, otros más títulos, aunque también los hay cuyo mérito ha sido haber estado en el lugar correcto en el momento adecuado. Sea como sea, hemos asistido a seis meses en los que el dulce cantar de sus voces ha ocupado gran parte de nuestro día a día.

El estoicismo de los españoles es algo sin par. Pero no por el hecho de aguantar unas segundas votaciones que, como actividad democrática, son un acto insuficiente y de poco recorrido (ya sabéis lo que pienso de que se nos diga que solo podemos hacer democracia votando). No, el verdadero estoicismo es tener que aguantar a estos cuatro señores hablando durante meses y más meses. Por eso es importante que lo hagan bien. Por eso la oratoria es importante.

Comprendo perfectamente el desgaste que una doble campaña electoral imprime en los candidatos, y que no todas sus intervenciones son así de deficientes. Pero, a continuación, voy a mostraros algunos de sus greatest hits. Según mi ranking, el que aprueba raspado es Iglesias, seguido de Pedro Sánchez, a distancia de Rivera. Y, por último, Rajoy.


Un cinco: Pablo Iglesias. LA MONOTONÍA

 

 

Desde el minuto dos la cadencia de la voz de Pablo Iglesias es la misma. No habría mucho más que analizar. Un discurso modulado de manera homogénea es un discurso monótono. De igual manera que a la hora de escribir hay que intercalar frases largas y cortas, en el arte de la oratoria se recomienda intercalar llamadas de atención puntuales (vocativos) y largos argumentos con cambios en el registro y en la modulación. Los discursos de Pablo Iglesias son tediosos. Lo peor es que, en realidad, Pablo Iglesias sabe hablar, tiene contenido y está curtido en mil batallas dialécticas. No entiendo, de verdad os lo digo, por qué cuando tiene un micrófono enfrente y se dirige a un público en una plaza, modifica su tono. NO-LO-ENTIENDO. Me quedo con el Iglesias de las distancias cortas. De Anguita puede aprender muchas cosas, pero recomendaría que tomase buena nota, sobre todo, de sus dotes oratorias. Errejón también le da mil vueltas.

 


Un cuatro: Pedro Sánchez. LA EXALTACIÓN

 

Pedro Sánchez es, a veces, un buen ejemplo de lo que Iglesias tendría que hacer a la hora de dirigirse al público de un auditorio. Si os fijáis, su tono de voz inicia siendo moderado. Intercala frases cortas, cambiando el tono de voz, el volumen, y la fuerza. El problema de este vídeo, que se ha hecho viral, es que termina por no controlar la agresividad. En oratoria hay un principio (también aplicable al resto de disciplinas): el decorum, saber mantener las formas adecuadas para cada tipo de situación. El decorum, en este ejemplo, se va a paseo a partir del segundo 15.


Un dos y medio: Albert Rivera. LA IMPOSTACIÓN

 

Terminaba el debate a cuatro del 13 de junio y se daba paso a los “minutos de oro” de los cuatro candidatos. Cuando terminó de hablar Albert Rivera no pude evitar estremecerme: ¡qué discurso tan impostado, falso y poco creíble!

El gesto facial expresa algo terrible para todo político: no parece creerse lo que está diciendo. El contenido, previamente estudiado y memorizado, da como resultado un discurso que no es capaz de convencer. Está falto de gracia, toda su figura y palabras están impostadas, esto es, pensadas de antemano. El resultado: un engendro oratorio que no persuade a nadie que tenga un mínimo de sensibilidad. Además, lo peor que puede hacer un orador es utilizar frases de otros, en este caso, de Martin Luther King. El resultado: la caricatura grotesca que acabáis de ver.


Un cero: Mariano Rajoy. EL FLATUS VOCIS

Los mundos mentales de Mariano Rajoy son imponderables. Nadie sabe qué puede pasar por la cabeza de un hombre que, al timón del gobierno de uno de los países más importantes de Europa (sic.), es incapaz de elaborar un discurso con una mínima hilazón y sentido argumentativo. Es un maestro. Un maestro que nos enseña cómo no decir nada durante 17 minutos de reloj. El maestro del circunloquio, del llenado de huecos televisivos, del flatus vocis, de la frase mal construida, de la anécdota mal traída. Sus lapsus linguae son el hazmerreír de todo un país, y nadie con un poco de gusto podría sacar las manos de los bolsillos para aplaudir a este engendro. A veces se habla de neolenguaje, pero yo aquí hablo del metalenguaje. Hablar de lo que se va a hablar, hablar de lo que se acaba de hablar. Hablar por hablar. Aquí tenéis un análisis de su discurso, mucho mejor que el mío, y que suscribo al 100%. Es, efectivamente, el discurso más difícil de su vida. Pero también el peor de la historia.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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