Los Escépticos en España – Primera parte

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Quiero hablar del escepticismo. Pero no del escepticismo filosófico, que tiene otros problemas y otros defensores (en su mayoría fallecidos). Quiero hablar de los Escépticos (marca registrada) de España.

Les tengo mucha simpatía. Son el único movimiento multimedia (porque se les ve en televisión, internet y radio) que aboga por la razón. ¿La razón en un sentido estricto y que huele a neopositivismo que echa patrás? Pues igual, pero la razón en alguna de sus formas, al fin y al cabo. Y su empeño por señalar a los que pretenden vendernos agua agitada a precio de oro, por denunciar a los que asustan a la población con argumentos falaces sobre determinados productos tecnocientíficos… es algo muy valioso.

Ha habido una regresión en las últimas décadas. La sociedad tiene un acceso a la información rápido y directo. Sin embargo, ésta no se encuentra mediada por fuentes fiables. La ausencia de este tipo de tribunales da como consecuencia una asimilación de contenidos que, de igual manera (y usando las mismas tecnologías) proporcionan dos pareceres distintos sobre la misma cuestión. Por poner un ejemplo: hay periódicos digitales en los que se da espacio al horóscopo, mientras que en páginas anteriores se estaba hablando de avances en biotecnología. Se pone al mismo nivel lo científico y lo, digámoslo así, pseudocientífico y metafísico. La misma desazón que me invade cuando contemplo que una sección de la librería tiene en la misma estantería libros de autoayuda y de filosofía es la que debe instalarse en los escépticos cuando, sin poder mover un dedo, ven puestos al mismo nivel de credibilidad discursos claramente irracionales y aquellos fruto de una investigación concienzuda.

La primera vez que escuché hablar de los Escépticos fue en una clase de filosofía de bachillerato. Mi profesor estaba discutiendo sobre los que, equivocadamente, ponían al mismo nivel la teoría de Darwin y la del diseño inteligente. Los documentos más preciosos para el nivel de bachillerato que podían iluminar sobre el asunto habían sido producidos por esta asociación o por alguno de sus asociados (de manera autónoma). Me lo pasé muy bien leyéndoles, les seguí por Twitter y enseguida me hice fan de blogs como Magonia, Xataka Ciencia y algunos de los que ya no me acuerdo. Parecían muy razonables y nada me hacía dudar de su integridad y honestidad intelectual. Todo lo contrario, parecía que conforme yo me iba formando había más y más motivos para estar con ellos que contra ellos: los creyentes, los homeópatas, los anti-antenas, los que creían que las radiaciones eran peligrosas, etc.

Más adelante, en tercero de carrera, durante una clase de Teoría del Conocimiento, surgió el debate del escepticismo y comenté este ejemplo. El propio profesor conocía el movimiento español y reconoció que, a pesar de su buena voluntad, ese era un escepticismo de garrafón. Lo que entendí fue que este tipo de asociaciones no son como para tomarlas en serio. Como era un profesor para nada sospechoso de ser creyente o un iluminado por las corrientes new age y el más patético relativismo intelectual, su comentario me preocupó.


En un principio me dije: se está refiriendo a que no se puede comparar una asociación con un movimiento filosófico que tiene sus raíces en la antigüedad y que pasa por genios como Descartes. Lo doy por válido. Pero los Escépticos a los que yo me refería no eran esos, sino los de la asociación. Y eran los que, de manera más sobresaliente, incluso de un modo más efectivo que cualquier filósofo académico, estaban convenciendo a la gente de que había que entrenar el aparato crítico.

Sin embargo, de manera implícita reconocen en su web no seguir las directrices del escepticismo clásico:

“El Círculo Escéptico es una asociación cultural que tiene como finalidad principal fomentar la práctica del escepticismo, entendiendo por éste al pensamiento crítico y racional, como herramienta indispensable para la comprensión del mundo y la toma de decisiones en la vida diaria. Consideramos que una posición intelectual crítica es la mejor herramienta para desenvolvernos en las realidades natural y social, ante la creciente multiplicidad de discursos con pretensión de verdad absoluta que los medios de comunicación difunden.”

No, el escepticismo clásico o filosófico no tiene como objetivo pensar crítica ni racionalmente, aunque estos elementos sean efectos de su empeño intelectual.

Las discusiones entre escépticos (marca registrada) eran mucho más encendidas que las discusiones académicas. Yo hice el diagnóstico y lo achaqué a que los primeros siempre debaten con el ejemplo delante. Siempre discuten llevándose las manos a la cabeza y sus críticas van lanzadas a personas de carne y hueso que hacen daño real, y que engañan de manera patente, llevándose el dinero de los crédulos que acaban de timar.
Una discusión, de cualquier naturaleza, comienza con mayor brío si surge a partir de un ejemplo actual y vivo. Una discusión académica, por la voluntaria lejanía que se toma del objeto del estudio, y por culpa de las muchas estructuras del pensamiento (y de las instituciones que acogen al pensador) que se interponen entre el objeto y el sujeto que critica, suele ser desapasionada, aunque despaciosa y contundente a posteriori.

Me pregunté si no había cosas buenas en ambos lugares. Creía que la universidad tenía mucho que aprender del espíritu del escéptico español. Veía necesario que mis propios compañeros, que adolecían de una incultura científica galopante, tuviesen las herramientas necesarias como para realizar una crítica cultural que apuntara también a la tecnociencia, no como elemento secundario sino como principal nodo de problemas.

De toda mi promoción fui yo el único con tales intereses.

Pero la incultura científica no sólo ocurre a los estudiantes de filosofía sino a los de letras y a la población en general. Los que decidimos estudiar filosofía no salimos revestidos de esa esperable educación profunda y multidisciplinar. No. Somos un segmento diminuto pero representativo de una sociedad en general, y arrastramos todo lo malo de ella. En el pico más alto y activista de mi visión cientificista sobre el mundo mostré interés por la neurociencia y comencé a estudiar psicología. Luego me fui de Erasmus y por hache o por be la vida me ha obligado a dedicarme a la filosofía lo más posible, así que ahí quedaron mis buenas intenciones, mi sueño de convertirme en un hombre total, en un hombre renacentista. Otro día os contaré cómo pienso arreglarlo.

Vi que una síntesis era necesaria. El escepticismo era la gasolina del racionalismo del siglo XXI, y este espíritu era mundial. Magos y neurocientíficos en los Estados Unidos, biólogos en el Reino Unido, filósofos en Argentina, montones de ingenieros preocupados por la realidad a lo largo y ancho de Europa, y un largo etcétera, acumulaban una muestra representativa de la intelectualidad científica del siglo XXI. Yo soy de los que creen que hay intelectuales artísticos, otros humanísticos, y otros científicos (sin perjuicio de otros tipos secundarios).  

Me pregunto si no di a estos movimientos Escépticos más valor del que tenían. Pero soy de los que piensan que los grandes debates se llevan siempre a cabo fuera de la academia, y que esos debates casi nunca llegan a tiempo las aulas. En el momento en que lo hacen ya han pasado de moda, por lo que su intelección y despiece se vuelve tarea fácil. 

Me parece que el espíritu escéptico tendría que entrar en la Universidad.

Sin embargo, y a esto dedicaré los próximos posts, su cruzada contra los fantoches místico-mágicos parte de una estrecha formulación del racionalismo, que juguetea peligrosamente con el cientificismo y con algunas actitudes, en principio, antidemocráticas.

Os pido que esperéis al siguiente post para así poder ampliar estas ideas.

Muchas gracias y un saludo.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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