Los Escépticos en España – Segunda parte

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Los Escépticos del presente siglo no son los escépticos históricos. De hecho, los primeros son una versión muy atenuada de los segundos, no llevando sus doctrinas ni siquiera a medio camino de hacia donde deberían llegar. Un escéptico es, por definición, la persona que considera que ningún conocimiento es cierto, o que nunca se llegará a conocer verdaderamente el fondo de las cosas. Sin embargo, los Escépticos están llenos de convicciones.

La primera convicción de los Escépticos es que la ciencia natural es el único conocimiento válido sobre el mundo y que, por ende, hemos de utilizarlo hasta sus últimas consecuencias. Es, además, un conocimiento que no se cierra sobre sí mismo sino que tiene efectos sobre las demás disciplinas (en sentido gnoseológico y metodológico). La ética es solucionable con una buena teoría científica sobre las reacciones neuronales. Los problemas de la educación son fácilmente suprimibles de seguir las directrices de las psicobiología, e incluso el análisis y la crítica literaria pueden encontrar en las matemáticas una herramienta de ayuda.

Es decir, los Escépticos, por lo general, son cientificistas.


El cientificismo es algo que ha pasado de un lugar a otro en este blog. Al principio era anticientificista. Odiaba a personas como Punset (que hacían divulgación con muy poca poesía), me cargaban los discursos sin ninguna referencia al mundo de las humanidades. Poco a poco, y como consecuencia de encontrarme en un ambiente idiota con respecto a las cuestiones científicas, que hablaba de los efectos de determinadas tecnologías sin atender a cómo estas habían sido creadas y con un sesgo ideológico clarísimo, comencé a ver el asunto de una manera diferente. Consideraba que las ciencias sociales no podían, ni de lejos, poseer la misma capacidad de análisis y descripción del mundo real que tenían sus primas lejanas, las ciencias naturales. Consideraba que más nos valía a los de humanidades echar mano del método científico o, al menos, de su retórica (pretendidamente objetiva, sin poesía estúpida que distrajese de lo verdaderamente importante, sin imposturas -véase Sokal-, sin principios poco claros). Como consecuencia de esta consideración yo mismo comencé a ver sospechosamente a las ciencias sociales. El que se toma en serio esta sospecha puede hacer varias cosas.

-O bien abandona la ciencia social a la que se ha dedicado durante años (que es lo que a muchos fastidia hacer, porque no os olvidéis de que a los seres humanos nos cuesta abandonar viejas ideas y proyectos de vida), dedicándose a ser Community Manager, que es lo que hoy está de moda.

-O bien no sólo la abandona sino que se mete de lleno en una ciencia natural, por convicción, por utilidad, porque la sociedad necesita científicos y no imposturas intelectuales procedentes de las ciencias sociales.

-O, por último, procura que esa ciencia social no quede vendida ante los avances científicos de las naturales y hace lo que está en su mano para denunciar los casos de conformismo intelectual, por abandonar los lugares comunes en los que, año tras año, se van hundiendo los investigadores… En resumidas cuentas, busca su revolución desde dentro.

Los Escépticos tampoco tienen por qué ser científicos. Por lo general es gente instruida, pero también hay ciudadanos de a pie, con felices intuiciones que les impiden dar crédito supercherías, y que se han dado de bruces por Internet con alguna charla “inspiring” realizada por los científico-magos del palo de Randi (magnífico) o por los ateos practicantes de la calaña de Dawkins, o Hawking. Utilizo ese adjetivo porque los últimos, por lo general, me causan inquietud, reacciones alérgicas. Pero no debido a que no comulgue con sus ideas, sino a que no soporto su maniqueo modo de expresarlas.

La ciencia, de acuerdo con estos Escépticos, es infalible. Y aunque en una discusión seria no lo admitan, por lo general dejan traslucir que todas las teorías sobre la naturaleza (estén o no generalmente aceptadas) son ciertas. Recuerdo hace unos años, cuando parecía haberse realizado un descubrimiento en el LHC, que cambiaba las bases de la física (generalmente aceptada), la mayor parte de los Escépticos consideraron que un cambio de tales características era inasumible por la comunidad científica y que, por tanto (haciendo gala, por primera vez en años, de su denominación escéptica) había que dudar de los experimentos hasta nuevo aviso. Es cierto que tal descubrimiento no fue para tanto (hasta mediados del presente año no descubrieron el pentaquark) pero ese hecho demostró que la tolerancia de los Escépticos con respecto a los nuevos descubrimientos – de radical importancia – era pequeña, tirando a nula. Lo que quiero decir con esto es que no daban a la ciencia establecida la posibilidad de ser falible. Si no me creéis, ahí tenéis todo Internet para buscar sus comentarios. 

¿¡Qué pasa con los libros de física del instituto!?, ¡hay que reescribirlos!

Otro aspecto de su empeño escéptico es su negación, casi neopositivista, de todo discurso que implique alguna cesión a lo misticomágico o metafísico. Sin embargo, su idea de la metafísica o de la mística y magia es muy básica y trivial, se reduce a lo que presentan los charlatanes televisivos. Esta criba, de indudable valor (porque acaba con los más comunes discursos pseudocientíficos), acaba por eliminar de su interés intelectual el conocimiento de, por ejemplo, las religiones, algunos tipos de filosofía y, sobre todo, de la historia de muchas sociedades que aun siguen basadas en esos cuentos. 

Espantáis, Escépticos. Espantáis a los que no están convencidos. Atraéis sólo a los que, como yo, ya tenemos una pequeña intuición de que lo que aparece en programas como los de Anne Germain muestran es algo que hay que desterrar del mundo.

Vuestra oratoria es inconfundible porque es violenta. La divulgación del escepticismo español parece estar destinada a un público que aún no ha hecho el bachillerato, y en muchos casos es así: la población no tiene herramientas suficientes como para distinguir entre el trigo y la cizaña. También tenéis vuestra propia jerga, inaccesible a todo aquel que quiera encontrarse con las cosas claras desde un primer momento.

(La homeopatía… ¡vaya con la homeopatía! Si no escriben varios posts a la semana sobre el timo que representa no se quedan tranquilos. Al final, de tanto mentarla, lo que van a acabar es por suscitar el efecto Streissand)

Para solucionar esta falta de cultura no os cortáis en (por vuestras redes de comunicación habituales) insultar a los baluartes de la pseudociencia. Creáis un malestar en los que os siguen que no alcanzáis a ver porque los defensores rabiosos son algunos más y gritan más fuerte. Es así, la divulgación por el Escéptico consiste en, como es costumbre en las redes sociales, dibujar claramente a un enemigo y soltar a toda la jauría en su contra. El debate con el pseudocientífico está a la altura de la discusión antiterrorista en el estado español: no se negocia con ellos, no tienen nada que decir, el que dialoga es sospechoso de traición.

Yo creo que el problema que surge al querer determinar qué es ciencia y qué pseudociencia no es solucionable de manera tajante. Al preguntar a los Escépticos, ninguno definirá la ciencia de manera semejante. Si no son capaces de definir en qué consiste una ciencia, tampoco están preparados para ofrecer un criterio de demarcación (criterio que decide cuáles son las características de una ciencia y cuáles no). De hecho, al hablar de criterios de demarcación, están obviando el hecho de que los científicos no se preocupan profesionalmente por la lucha entre ciencia y pseudociencia, al igual que un chino que practica su medicina oriental no tiene problemas en aplicarla, sin preguntarse por la validez de sus principios.

Es una intuición muy básica y muy poco meditada la que les lleva a decir que tal y cuál disciplina (reiki, acupuntura, homeopatía) es una pseudociencia. Sin embargo, todas ellas difieren en muchos puntos y, que todas hayan recibido la etiqueta de pseudocientíficas, no quiere decir que,en algunos puntos su racionalidad sea salvable. Es, repito, un debate (si se lo puede considerar de tal manera) maniqueo. Nosotros somos los buenos, los que llevamos la razón, y todo aquel que ose poner en cuestionamiento nuestras críticas, es sospechoso de estar en nuestra contra. No, que algo sea o no un timo no es un criterio de demarcación suficiente para saber si es científico. 

No sé qué publicidad tendrá este post. Es el primero que hago hablando claramente de un grupo social. Es un grupo social, como digo, en el que yo estoy incluido. Pero seguro que hay una parte (si es que algún día me lee) que considera que mis críticas no están fundamentadas y que doy pie a la más estúpida y peligrosa pseudocientificidad. Pues bueno, son aspectos que puede que afecten de cara al desmelene de las redes sociales, pero en ningún tribunal serio se me definiría de la misma manera, y menos si de verdad son escépticos. ¡Duda siempre de ti mismo y de tus certezas!

JA Pérez Tapias es un profesor de filosofía al que, por Twitter, se le ocurrió proponer un debate sobre los transgénicos. Ofreció una opinión discordante con respecto a la que sigue la línea editorial de los Escépticos de este país. El eco de sus comentarios llegó tan lejos que hubo hasta varios blogs comentándolo. Yo asistía atónito. Tapias no estaba diciendo nada raro, tampoco estaba opinando como científico, ni siquiera estaba censurando lo que los pro-transgénicos (yo soy uno de ellos) decían. Pero se olvidaba de una cosa, que Twitter no es la casa de un doctor en nada, ni una amistosa asamblea universitaria, Twitter es la casa de los Escépticos.

Para muestra de las críticas, un botón: http://cientificoindignado.blogspot.com.es/2015/10/no-enganan-nadie.html

Cito:

“Bueno, entonces, ¿por qué el señor Tapias dice bobadas?

Pues, básicamente, porque no tiene ni puta idea de lo que dice. Pero no porque nadie le haya explicado las cosas ni haya intentado explicárselas, ojo. Cientos de personas en twitter intentamos explicarle lo equivocado que estaba.”

En ese tipo de comentarios, además de la agresividad (que ya he comentado antes), el paternalismo del que se hace gala es tal que me recuerda a los comentarios que la mayoría de “machunos” hacen cuando una feminista habla a través de un altavoz público. Se hace patente la agresividad que les lleva a ser incapaces de diferenciar entre un comentario realizado en una tribuna científica (revista, congreso…) y en una político-social (como fue el caso).

No quiero profundizar más en los ejemplos, porque podrían darme las campanadas.

¿Es este el tipo de divulgación que un país como el nuestro, que demuestra una flagrante indigencia intelectual sobre las ciencias naturales, necesita?

Hoy he expuesto algunos problemas.

En el próximo post me gustaría dar algunas soluciones.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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