Los profesores que nos han marcado

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Hace cuatro años escribí este mismo post pero, por supuesto, cuatro años más joven, cuatro años en los que he ido perdiendo el desparpajo a la hora de escribir precisamente por la falta de continuidad (y de lectura…). Ahora escribo bastante mal, todo deslavazado y divagando más de lo que me gustaría, pero bueno, al menos lo intento. Llevaba mucho tiempo queriendo hacer una especie de homenaje a uno de los profesores que más han afectado (para bien) en toda mi vida y creo que va siendo la hora de hacerlo. Además, no se me puede acusar de peloteo, pues ya todas las notas que me pudo poner están puestas y bien rígidas: hablo de mi profesor de bachillerato. No un profesor cualquiera sino El Profesor.

No he tenido suerte con los estudios: nunca. Me ha ido como el culo hasta que llegó este señor y me hizo sentir amor por las materias que impartía. Me daba psicología, aunque él realmente había estudiado filosofía. Hubiese dado un brazo porque me diese también filosofía, pero no me puedo quejar, he tenido un profesor bastante bueno de filosofía y, de hecho, ambos han hecho que haga de la filosofía el centro de mi vida o, al menos, así lo veo de momento. Me gustaría dedicarme el resto de mi vida a la filosofía, en sentido un poco más amplio de lo que académicamente se suele considerar, claro. No me gustaría quedarme solo en el terreno académico (si no, no escribiría este blog, por ejemplo) sino que estaría encantado de dejar huella, por mínima que fuese, en otros lugares. El problema de los profesores es que no suelen escribir en espacios públicos, no se publicitan, y eso es una pena… Pero dejo de hablar del deber ser y vuelvo a hablar de “lo que ha sido”.

Al menos, por lo que a mí respecta, sí que aproveché a tope mis días de bachillerato. La situación era propicia para que entre mi profesor de psicología y yo se abriese un diálogo constante, tanto durante las clases como fuera de ellas. Me invitó a participar en la revista del instituto y accedí, escribí un artículo muy sencillito sobre el home-schooling, que es una especie de puesta en práctica de algunas teorías libertarias sobre la educación (aunque yo, por aquel entonces, no lo sabía) y supongo que algunas personas me leyeron. Por ahí tengo la revista, de recuerdo, dentro de los miles de folios que utilicé durante todo bachillerato. Por suerte, más adelante, decidí pasar todo a lo digital y a la nube, cosa de la que estoy bastante contento (y más cuando, de vez en cuando, leo a personas de mi clase llorando por haber perdido todos sus documentos).

Sus clases eran participativas. Estoy seguro de que si yo no hubiese hablado en la mayoría de ellas se hubiesen hecho, para mí, mucho más aburridas. El primer día comprobé que no era un profesor al uso porque enseguida nos dijo: apuntaos las etimologías. Y era un constante no parar de etimologías. Creo que entré en la “academia” a través de las etimologías que tan entretenidas e interesantes hacía este pedagogo. La etimología mezcla historia, significado y actualidad, además de lo sencillo que es, después de saber un poquito de griego o de latín, encontrar el significado primigenio de muchas palabras.

Una de las cosas que, visto después de muchos años, menos me gustaban, eran sus definiciones semi-escolásticas. No en vano, sus profesores habían sido herederos de la filosofía jesuita (Marías, Zubiri…). De todos modos, desde que él me los presentó, mi relación con los jesuitas fue la más sincera de todas mis relaciones con pensadores cristianos. Había, tras sus planteamientos, a pesar de ser religiosos en algunos puntos,  una intención pedagógica inevitable.

No creo que mucha gente haya disfrutado de un profesor como el que estoy describiendo de esta manera tan fragmentaria. No soy de los que confían en eventos puntuales que consiguen cambiar su vida para siempre pero reconozco que una persona ha conseguido cambiar mi vida para siempre. No sé si los profesores son, de algún modo, conscientes de que pueden estar cambiando la vida de las personas simplemente poniendo más interés, hablando de sí mismos y de sus anécdotas personales e intelectuales… Yo quiero, desde aquí, reconocer que este profesor me cambió y me hizo volver a la senda. Pero no en un sentido cristiano, como oveja descarriada, sino desde un sentido pedagógico: la pedagogía de este señor, jesuita y todo lo que quieras, pero pedagogía al fin y al cabo, me salvó de volver a perder mi camino, quizá para siempre.

Yo necesité una segunda oportunidad, la tuve. La desaproveché. La vida, o lo que queráis (porque no creo en el destino ni en dios) me dio una tercera oportunidad y, por la confluencia de varios factores, sí que eché a andar.

Sus clases, como digo, estuvieron en un principio basadas en la etimología. No es que todas ellas se dedicasen a eso pero reconozco que era un aliciente, eso no lo hacía ni lo hizo nadie más. Ha sido, ahora que lo pienso, el profesor más viejo que he tenido en secundaria, de hecho se jubiló el año pasado. Quizá tenga también algo que ver. Los profesores viejos ya tienen su librillo aprendido y, entonces, se aburren de él y pasan a explicar de otra manera, dando por supuestos los contenidos y abriéndonos mundos más allá de lo curricular académico. Semanas después se metió en el tema, como digo, era psicología. El libro de psicología tenía algunas citas de filósofos y siempre las comentábamos… bueno, siempre las comentaba él  porque el resto de la clase callaba. Cuando hablaba de una cita aprovechaba para extraer alguna tesis filosófica de ella y pintarnos de manera humana y práctica al filósofo o psicólogo que la había proferido. Creo que me aventuré en la filosofía de esta manera, a través de la cita y del comentario siguiente, no a través de grandes textos (por supuesto, más adelante leí mucha filosofía) sino de pequeños fragmentos de pensamiento.

“Tres pasiones simples pero extremadamente poderosas han gobernado mi vida: el anhelo de amor, el deseo de saber y una compasión abrumadora ante el sufrimiento de la humanidad. Estas pasiones, como alas enormes, me han empujado de acá para allá en un caminar errante sobre un profundo océano de angustia hasta llegar al borde mismo de la desesperación”. 

Bertrand Russell.

Citas así, digo, de las que se extraían tesis generales que llevaban a otras cuestiones. Está claro que de psicología no aprendí mucho pero tampoco me importó (mucho en el sentido cuantitativo) por lo que os digo: en esas horas fue donde se me abrió la puerta a un nuevo mundo de posibilidades, en el que yo no era el centro, desde luego, sino los problemas universales de los seres humanos.

Una de las cosas que no soporto de muchos de mis compañeros de estudio y del resto de universitarios es su profundo egocentrismo. Aunque lo disfracen de interés hipócrita por la situación económica del mundo, de las clases dominadas, etc, creo que es una impostura política que se han creado como respuesta a una serie de cuestiones que, de pronto, han aterrizado en su vida. Estoy seguro de que habrá quienes, de verdad, sientan esa “compasión abrumadora ante el sufrimiento de la humanidad” pero no me creo que sean todos ellos. La compasión creo que es algo que se trabaja, no que surge espontáneamente. Si usted me obliga a sentir compasión estará ejerciendo violencia contra mí y contra mis afectos, haciéndome sentir algo que no procede de mí. Así, mucho de lo que hoy en día estudio en filosofía son cuestiones a las que aún nadie ha llegado. Me voy a explicar un poco mejor, y lo uno con el profesor del que estoy hablando.

Reconozco un problema e intento solucionarlo cuando afecta, de una manera directa, a mi vida y a mis inquietudes. Bueno, soy parte de un todo, no cabe duda, pero la mayoría de nuestras acciones políticas, personales e intelectuales se deben a una causa que nos conmovió profundamente tiempo atrás. Quizá esté dando mucho por supuesto con esa afirmación, pero vamos a imaginarnos que es así, que de verdad la gente se siente conmovida por lo que pasa en el mundo. Digo, entonces, que necesito que un problema choque conmigo para que cobre interés y yo comience a estudiarlo. El problema de la universidad es que se presentan los problemas filosóficos (en mi caso, claro, un científico no estudia problemas, estudia la realidad natural) en pack. Es un pack industrializado. Los problemas no surgen espontáneamente sino que están medidos con suficiente antelación como para que el plan del curso siga adelante sin muchos sobresaltos. Digo que la universidad presenta los problemas de manera industrializada porque así lo siento, y lo siento profundamente. Para mí, el entrar en la universidad ha supuesto, más que una presentación con interés de algunos problemas filosóficos interesantes, una relación totalmente escolástica y medida de lo que se supone que me tiene que interesar. Por ejemplo, me tiene que interesar la cuestión de la responsabilidad y la libertad, porque si no me interesa eso entonces no soy filósofo. Me tiene que interesar la democracia y la justificación de la delegación de poder porque si no, no hay justificación para presentarme diez veces en toda la carrera las tesis de Rousseau. Me tiene que interesar el fascismo de mitad de siglo pasado porque si no, estoy fuera de la onda y no entiendo según qué eventos actuales en política y sociedad.

Bueno, que al final me han acabado interesando algunas de esas cosas es algo que he de admitir, pero no precisamente por esa exposición escolástica, sino porque han chocado de alguna manera con algunas ideas preconcebidas que yo tenía previamente o porque, en ese momento de mi vida, yo encontraba que esos problemas filosóficos eran interesantes. Al final, lo que más me ha interesado de la filosofía es, quizá, de lo que menos me han hablado. La filosofía de la ciencia y todos sus problemas, su actualidad… para mí, y lo digo sinceramente, la única filosofía que hoy en día tiene algún éxito cuando sale a la palestra, es la que va de la mano de la ciencia. Lo demás me parece bastante flatus vocis. El feudo filosófico se me echa encima cuando hablo de esa manera, aparezco como un cientifista (cuando, de hecho, soy el que más combate el cientificismo) y un biologicista empedernido. No me cuesta acogerme a las teorías eliminativistas y no soy de los que piensan que un hecho no puede derribar una bonita teoría.

Los profesores no saben hacer que te intereses por la materia. No voy a echarles a ellos la culpa de todo, porque estoy seguro de que, cuando sea profesor, no podré evitar que la gente se aburra. Es imposible conectar con todos. Pero, desde luego, es una actitud diferente la que mi profesor de psicología de bachillerato tenía conmigo, un alumno con un interés moderado al principio y creciente conforme iba avanzando el curso… Digo, no saben interesarte.

Me está quedando un post muy largo y creo que voy dando siempre vueltas sobre la misma idea, intentando dejarla clara. Más que un post con ideas claras es una divagación en la que se entrecruzan principios bastante bien asentados en mi pensamiento.

Venga, voy a resumirlos:

-Los profesores tendrían que aprender a interesar al alumno, de manera individual.
-Los intereses en las materias tienen que tener alguna conexión con los intereses previos y personales del alumno.
-Siempre hay que partir de una base a la hora de estudiar cualquier materia, no se pueden presentar estas de manera exenta, tienen que tener contexto.
-Que tengan contexto es, casi siempre, una necesidad retórica. Pero pensemos que somos seres humanos, no máquinas, y que necesitamos retórica para no dormirnos en una exposición de ideas abstractas. Todos somos un poco como Darwin y nos cuesta “seguir durante mucho tiempo un largo tren de pensamiento abstracto”.
-No echemos la culpa al alumno que abandona sus estudios, probablemente la mitad del problema sea de sus profesores, pues no han sabido hacer que se interese por nada.
-Hay que dar tantas oportunidades como sea necesario al alumno, aunque haya perdido mucho tiempo y parezca que es un caso irrecuperable. Yo iba camino de trabajar en la obra y ahora… no me quejo de cómo me va.

No voy a nombrar a mi profesor, cuyo nombre y apellidos no olvidaré nunca. Este es un homenaje no anónimo (porque ahí tenéis mi nombre) pero sí que va dirigido a un profesor anónimo. Lo que quiero conseguir no es otra cosa que dirigir este post a todos aquellos profesores que nos han marcado, de una u otra manera, para ser mejores e interesarnos más por el mundo.

El amor por el conocimiento, el interés por lo que sucede en el mundo, no pueden ser fruto de imposturas ni postureos para quedar bien por Twitter. Si son amores e intereses sinceros se llevarán de una manera más elegante y, por supuesto, sin mucha publicidad, al igual que cuando nos enamoramos de alguien. Si de verdad estamos enamorados, nos gusta saborear el sentimiento en silencio y no proclamarlo a voz en grito en todos lados.

Un saludo.

Francisco Riveira.

En Zaragoza, 17 de mayo de 2014.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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