Me gusta conducir (pero no tu mierda de híbrido)

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Me gusta conducir, ¿qué le voy a hacer? Me gusta gastar gasolina, oír el rugido del motor. Si tuviese la oportunidad sería un petrolhead. Viviría en mi coche el mayor tiempo posible, lo tendría todo tan bien montado dentro que el resto del mundo sería visto como una amenaza. Me gusta conducir y, además, me gusta hacerlo del todo. Cuantas menos ayudas a la conducción, mejor. Por supuesto, el cambio de marchas manual, seis velocidades. Y mi coche un coupé, de estética deportiva, porque los coches tienen que enamorar, para eso están hechos. 
¿Cómo que para eso están hechos? Para mí, así te lo digo, un coche es algo más que un medio de transporte. Es un producto cultural que tiene mucho más sentido que el de transportar. Es un efecto de una sociedad en la que prima el individualismo, por supuesto. O de una sociedad en la que la preocupación por el medio ambiente está bastante lejos de suceder. 
Habiendo comenzado así este post, toda persona con un mínimo de sensibilidad ecológica pensará que soy un gilipollas. Seguro que tienen algo de razón. De unos años a esta parte los coches se han ido suavizando, se han hecho más silenciosos, más fáciles de conducir, más confortables pero, al mismo tiempo, más automáticos y vacíos de sensaciones. Los coches actuales no transmiten sensaciones y, si lo hacen, son siempre las mismas. Las posibilidades de regulación o de personalización tienen que ver más con el tapizado de los asientos que con las motorizaciones. Y, si estas son poco contaminantes, verdes y silenciosas, mejor para todos. Ya no se disfrutan los coches. La conducción se ha convertido en un mal menor que, en cuanto se pueda, las empresas tratarán de ahorrarnos. Ya hay coches que conducen solos, ¿qué sentido tiene? No tener que hacer nada. Pero hay algo en el ser humano que le impele a hacer cosas, que le mueve a ser él el artífice de su propio transporte, y no delegarlo a los demás.
Entonces aquí descubro un pequeño cortocircuito en mi pensamiento. Siempre hablo de cómo la tecnología está acabando con los románticos de, por ejemplo, los libros impresos. Pues bien, en mi caso, como enamorado de los coches potentes y derrochadores, veo esta moda de los vehículos híbridos o de pilas de hidrógeno como algo que va a hacer perder la gracia a conducir. La gracia, este término tan religioso. La gracia es propia de la divinidad, nos la concede como regalo para seguir adelante con nuestras vidas. Pues bien, perder la gracia tiene mucho que ver con perder esta forma de ritualizar nuestra existencia. La desacralización también se carga nuestros valores más arraigados, y también se carga la diversión.
No será divertido conducir. Tendremos vehículos que gasten muy poco, que simulen el ruido de un motor inexistente, que tengan formas cada vez más cuadradas y que lo tengan muy difícil para derrapar en el caso de así quererlo el conductor. Si deja de ser divertido conducir entonces solo permanecerá la función de transporte. Como digo, quizá esto sea igual que los libros. Los libros no solo buscaban transmitir conocimiento sino que se habían convertido en un objeto de culto por sí mismos. Quizá lo mismo esté ocurriendo ahora con los coches. La tecnología llega y desdibuja el romance, la poesía y la despreocupación. Las leyes, los ecologistas, el sentido del utilitarismo, nos conducen a un mundo cada vez más soso y sin alicientes.
Soy consciente de ambas partes del debate. Ambas esgrimen razones de diferente categoría. Creo que los ecologistas tienen las de ganar. Los petrolheads se basan en su propio derecho a disfrutar de un motor que consume una barbaridad. Sólo los petrolheads son perjudiciales para el resto de la sociedad y el planeta. ¿Habría que prohibir los coches de gasolina y permitir los eléctricos? ¿El argumento del ecologismo tiene rival? 
Pero yo no juzgo ni hago o deshago leyes. Eso se lo dejo al que crea estar preparado. 
Sólo abro el debate.
Un saludo.
Francisco Riveira
En Estambul, Turquía.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

3 comentariosDeja tu comentario

  • Primero, ¿has considerado que de lo que estás enamorado, otrora era producto del utilitarismo? ¿Que esas comodidades que ahora aceptas, como el cinturón de seguridad y otros medios de seguridad pasiva y activa, antes era tecnología desdibujando el romance?

    Pero dejándolo aparte. Si aplicásemos un filtro para dejar solo los argumentos a favor de lo que dices (si bien procuras decir al final “no juzgo o deshago leyes. Solo abro el debate”, eso no desdice lo escrito antes), quedaría esto: “Es un producto cultural”.

    Y partiendo de esa base, de que lo ves como un producto cultural amenazado por el peligroso cientificismo. Dime, ¿qué pasa si cambiamos “coches” por “toros”? Nos queda lo mismo, un producto cultural.

    Pero antes, cabe decir: ¿cuántas personas mueren de cánceres y otras enfermedades provocados por las emisiones de los coches? Según este artículo de la Organización Mundial de la Salud, 108 000 personas murieron por cáncer de pulmón causado por la contaminación del aire exterior ( http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs350/es/ ). Aunque sabemos sobradamente que no solo los vehículos contribuyen a contaminar el aire, también sabemos que a estos también se les puede atribuir muchas más muertes por otras enfermedades respiratorias que también terminan fatalmente.

    Por lo que, ¿hacia dónde debe virar la tecnología, si no es hacia disminuir esa cifra a toda costa?

    Hábilmente haces dos menciones a cosas referidas a ese terrible problema: al principio y al final. Al principio incluso lo dices sin tapujos (“Me gusta gastar gasolina, oír el rugido del motor”). Sin embargo, en el desarrollo, no dices nada. Dices que se pierde la gracia de conducir, que se conducirán solos*, el mundo soso, diversión, etcétera. No sé si con esa intencionalidad o no, pero para justificar las muertes que provocan los coches, te pasas a decir lo guay que es conducir un coche potente. Porque lo sabías y lo sabes, sabes que eso provoca muertes, muertes evitables, enfermedades de todo tipo. Es complicado decir “quiero conducir coches potentes porque me gusta como suenan y derrapar, a pesar de que con ello contribuyo a que más personas inocentes mueran terriblemente o disminuya su calidad de vida”, es más fácil un “quiero conducir coches potentes porque me gusta como suenan y derrapar, y no quiero híbridos que pierden la gracia”.

    La suerte de los vehículos es que no se ve tan claro cómo matan, aunque todos sabemos que lo hacen. Al igual que el tabaco, también producto cultural, tocado de muerte por el cientificismo, cuyo romance se ha ido desdibujando (por suerte), ¿cuántas personas habrán muerto por tener por fumadores a su familia? O incluso antes de que la concienciación (que no la información) sobre las embarazadas llegara, ¿cuántas personas habrán nacido con graves problemas, que han tenido que acarrear a lo largo de su [quizá demasiado corta] vida?

    Contamos con la imaginación: cambiemos coches y su sutil forma de matar y causar sufrimiento, por un fusil y su forma de matar algo más directa. Disparemos con ese fusil hacia la ciudad, sabemos que le vamos a dar a alguien, que quizá lo matemos, pero ¿y la gracia de disparar con el fusil?

  • El producto cultural no justifica ni defiende nada. Siempre está. Es. Nada más. Es un concepto abstracto, subjetivo, y desde luego no debe ser el objetivo de la sociedad. Y por supuestísimo, no debe ser el objetivo de la Tecnología y la Ciencia. Sin embargo, al igual que fumar, la sensatez se impondrá sobre la irracionalidad, y esos coches potentes y derrochadores tienen los días contados. Días que se cuentan en decenas de miles, pero contados de todas formas.

    Y como comentario final, ¿moda: los vehículos híbridos o de pilas de hidrógeno? Si con moda estás tratando de decir “uso, modo o costumbre que está en boga durante algún tiempo, o en determinado país”, ¿de verdad el avance hacia utilizar menos o nada de petróleo es pasajero? Yo abogaría por decir justo lo contrario, que los coches potentes y derrochadores son la moda, que está llegando a la mar.

    * Dejando de lado ciertas implicaciones morales, ¿cuántas vidas podrían salvarse si el vehículo toma las decisiones en los momentos cruciales en vez del ser humano? Mientras la persona, presa del pánico, no es capaz de reaccionar en el instante ante un inminente accidente, o no reaccionar de la mejor manera, el vehículo podría tomar esa decisión aprovechando una gran capacidad de cálculo que le permite tomar la decisión que no deja víctimas mortales: en vez de un frenazo más volantazo ante un niño que se ha cruzado, accidente y conductores muertos; una frenada más suave y un cambio de dirección óptimo, sin ningún muerto. ¿De verdad tampoco es deseable evitar accidentes por perder algo más de romance? Recordemos además que muchas de las víctimas de tráfico no son los conductores, sino personas ajenas al vehículo, que quizá no tengan la misma consideración que tú y tu gracia divina.

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