Mi experiencia ante la barrera lingüística

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Estoy desesperado. Fijo mi mirada en un cargador colocado en la pared tras la tarima del aula gigantesca donde hemos elegido hacer el ensayo. Observo que es un cargador del iPhone, penúltimo modelo, de ese que hicieron para obligar a que la obsolescencia programada se adelantase unos cuantos años. Ahora pienso en el iPhone para evitar la desesperación que se ha instalado en mi ánimo desde hace dos horas. Paso las hojas de mi partitura y sólo veo pentagramas inconexos, notas que van y vienen, letras que no sé si he de cantar yo o si las ha de cantar el que está puesto a mi lado. Para colmo, soy el tenor del grupo más agudo de todos y el que se supone que me tiene que ayudar no me da la menor confianza, tiene un gesto desafiante y despreocupado, es de aquellos de los que a simple vista desconfías. Y sé que no es cosa mía, no, no lo es. Esta experiencia es compartida.
Entonces, cuando no sé qué hacer, simplemente me callo. Ya que no puedo seguir el orden de los acontecimientos, ni las instrucciones básicas que me dan (en turco) para cantar o para iniciar desde una parte. Pues mejor me callo, así no molesto, así no la cago. 
Esta última canción es, con diferencia, la que peor se deja interpretar. El MIDI que nos han dado no tiene sentido alguno, la partitura parece hecha con mala gana, y está reformateada de modo que las mujeres también puedan cantar, pero esta canción con todo hombres tendría suficiente. Ha habido (soy consciente del hecho, no del contenido del mismo) una serie de instrucciones en turco de las que no he sido consciente y que, seguro, han pasado por informar de qué partes de la partitura no tenemos que tener en cuenta, de qué partes hacemos cada grupo de tenores, y de qué parte compartimos con las soprano.
Cuando dicen tenor bir salivo, como el perro de Pavlov. Se me encienden todas las alarmas y entonces sé que me toca cantar, que me toca estar atento… en fin, que me toca hacer algo. Entonces miro al conductor, al director del coro, que cada día parece que tiene un humor diferente, y que cada día hace menos esfuerzo para hablar un poquito de inglés y ayudarnos a los tres que hemos quedado después de la escabechina de los primeros días (escabechina consistente en no dejar de hablar turco durante todo el ensayo). Entonces le miro, sonrío. A veces repito el chiste que he repetido mil veces y asiento, como si me hubiese enterado perfectamente de todo lo que ha dicho. No sé si el tío es consciente de que me estoy burlando de él, a mi manera, o de si cree que mis cambios de humor repentinos son propios de una persona sana mentalmente. Lo que sé es que si no le echo humor al asunto, me vuelvo un tío desesperado.
Hoy ha sido la desesperación total: ¡no me he enterado de nada! Y me imagino a los jóvenes con este mismo problema, pero en inglés. Y resulta que cuando quiero decir que no entiendo algo en inglés, el idioma se me queda muy corto, mi base lingüística inglesa no incluye términos específicos en inglés sobre música y por eso, para decir que no encuentro ni aunque vengan degollando la melodía general de la canción y para decir que los midis que nos han dado son una puta mierda, decido mentir e inventarme la excusa de que “I can’t follow the tempo properly”. 
No hay ni un gesto de conmiseración. No hay un solo intento por parte del conductor de hoy (un señor gigante, de mi edad probablemente, que pesa como tres veces lo que yo) por hablar inglés. O no le sale, o no quiere, no lo ve necesario. Yo en su situación me sentiría parecido: oye, tú has venido a mi coro, aquí hablamos turco, ¡pues aprende turco! Y eso hago, aprendo turco, pero el turco que pueda aprender en cuatro meses no es ni de lejos el necesario para seguir tus explicaciones, lo que temo es que, para el momento en que pueda entender la mitad de lo que dices, ya sea hora de volverme a mi país. ¡Y el inglés no es mi idioma materno! Así que no puedes verme como el conquistador que muchos de vosotros, turcos, pensáis que somos los españoles o los europeos en general. Para vosotros, somos occidente. Todos entramos en el mismo paquete, al igual que los turcos, desde España, entran en el mismo paquete que los sirios, libaneses y egipcios…
Soy el sospechoso. Tengo una cara muy turca, me lo dicen siempre. Por eso es extraño mirarme, porque miro a la turca, pero respondo a la del imbécil que no se entera de qué va la película. Hoy he sido capaz de comunicar un sentimiento complejo al propietario del establecimiento donde vamos a cenar habitualmente, le he dado un billete de cien liras porque no tenía uno menor y le he dicho “affedersiniz”, disculpa. Siento no haberte dado un billete más pequeño. Y así me gustaría comunicar mi sentimiento complejo, mi barrera lingüística, una barrera hasta humana. ¡Es el peor sentimiento del mundo! Y aunque esto es una tontería, aunque sé que lo del coro es un capricho de estudiante ocioso, a mí me duele como si me encontrase en medio del desierto viendo pasar camiones con agua y siendo incapaz de pedir una poca.
Me agota el coro. Es un esfuerzo mental constante. Tanto es así que opto por no prestar atención y atender sólo cuando parece que hablan de mí. Hoy ni siquiera ha ocurrido eso. Hoy he pedido expresamente al conductor que avisase en inglés de las partes que íbamos a cantar y del grupo de tenores que tenía que cantar cada parte (porque las practicamos habitualmente por separado) y nada, ni caso.
Vuelvo a lo de la empatía. El único empático conmigo es el alemán del coro, un alemán de Berlín muy simpático. Tiene ese sexto sentido: siente cuándo los demás están mal, cuándo se sienten fuera de lugar. Es el único que entiende cómo estoy, cómo me siento cuando los idiomas van y vienen. Él no sabe más idiomas que yo, de hecho está en mi misma situación, pero como tenor es más grave que yo y está en el grupo 2, un grupo donde siempre hay gente dispuesta a ayudar. Y me dice: sé que este chico (el otro del grupo 1, que sabe más de su parte que ningún otro) puede parecer poco amistoso a primera vista, pero luego es simpático. ¡Ha definido perfectamente mi sentimiento hacia el turco, un sentimiento de rechazo inconsciente hacia esa gestualidad impasible y ajena a mi malestar! El único, él, el alemán, el que no sabe turco pero que intenta integrarse, que lo tiene más fácil que yo, que tolera mejor la frustración. Yo ya no me trago lo que siento y así se lo hago saber: no me entero de nada, amigo, esto es una pesadilla. Antes venía aquí y deseaba que no se pasasen nunca las tres horas de ensayo, ahora no puedo esperar a que termine. Y no me vale con que el alemán sea el que sabe cómo me siento, porque él es el que, desde luego, tiene la menor de las culpas. También hay otra de Estados Unidos, que sí que lo tiene bien jodido, porque ni siquiera está dando clases de turco… pero, así y todo, ella sólo tiene que seguir una línea vocal, y tiene como diez cantantes que interpretan lo mismo que ella. Con un buen oído ya es suficiente y las mujeres suelen prestarse más ayuda entre ellas, en Turquía, en China o en Vallecas. 
Me agota pero al mismo tiempo me gusta. Me da alguna que otra satisfacción ver que todo acaba saliendo bien. Me molestan las pausas tan largas sin cantar, me molesta esperar a que los demás practiquen su parte. En general sé que tengo la mentalidad de solista y que probablemente nunca me la lleguen a quitar: me gusta tener todo el peso de una melodía, de una letra, no tener que pensar en pentagramas porque tienes la música ya integrada en tu memoria… y eso aquí es imposible.
Llevo quejándome de esto desde hace ya varios ensayos pero quiero aguantar porque sé que, a la postre, va a merecer la pena. Pero el mal rato que llevo encima no me lo quita nadie.
En Estambul, Turquía.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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