Mi viaje por Egipto – Caos en El Cairo

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Al día siguiente fui a Abu Simbel. Tuvimos que madrugar muchísimo, coger una furgoneta (parte de un convoy) a las cuatro de la madrugada para llegar sobre las seis y media al lugar. En Abu Simbel también había un hotel, pero tenía al menos cinco estrellas más que en el que yo me hospedaba. El lugar era impresionante, un templo excavado directamente en la montaña, que fue trasladado piedra a piedra desde un lugar a otro, para evitar que se inundase. Aunque me hizo más ilusión el hecho de saber que era el lugar más meridional en el que había tenido la oportunidad de estar en toda mi vida. Volvimos en la misma furgoneta. El paisaje era muy homogéneo: inmensas llanuras desérticas decoradas con tendidos eléctricos, torres de telefonía y algunos almacenes.

Llegamos a Asuán y pasé el resto del día dando una vuelta por la ciudad, ya que hasta entonces solo había descubierto el poblado nubio.

Esa misma noche reservé un asiento en un autobús camino al Cairo. Llegué de madrugada y antes de pisar la calle ya había reservado, a través del móvil, una habitación. Me encontraba en el medio de la ciudad, ciudad que no pateé salvo por tres paseos que hice para comer y para ir al museo arqueológico. Sinceramente, no me atrajo lo más mínimo (la foto que encabeza este post os dará más pistas del porqué).

Pasé varios días ahí. La recepcionista del hotel tenía mi edad y era una apasionada de Antonio Banderas. Pagué por un tour a las pirámides, que se encontraban como a una hora de la ciudad. El conductor particular me salió por unos 10 euros. Pude entrar primero en la pirámide acodada. En inglés se le llama “pirámide doblada”, porque conforme iban construyéndola se dieron cuenta de que la inclinación iba a resultar excesiva. El resultado lo podéis ver aquí:

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Yo era el único turista del lugar, así que no tuve que esperar colas. En la entrada al interior de la pirámide había un guarda egipcio que se dedicaba a pedir una pequeña propina para permitir el acceso.

Al terminar de ver esta primera pirámide volví al centro de la ciudad. El conductor me recomendó hacer una parada por el camino para aprender a hacer un pergamino. Así que entramos en una tienda, donde había al menos un dependiente por cada uno de los idiomas más hablados del mundo. A mí me sirvió de guía un egipcio con acento mexicano que me iba contando el proceso de elaboración del pergamino. No compré nada, aunque me dieron incluso un papelito para irme apuntando las referencias que quería llevarme para casa. Con diferencia, la experiencia menos enriquecedora de todo mi viaje. Luego tuve la fortuna de poder visitar a caballo las famosas pirámides de Giza, también con un guía excelente, muy divertido, y que me sacó unas cuantas fotos en el lugar.

Los días en el Cairo me sirvieron para descansar. La ciudad no se prestaba mucho a ser visitada. Era agobiante. Las calles eran agobiantes, tanto por el jaleo de los mercadillos como por el tráfico demencial. Jamás había estado en un atasco tan gordo como en el que padecí al volver de mi tour por las pirámides. Los coches avanzaban a trompicones, y los vendedores pasaban cerca de nosotros con mil y un productos y alimentos para vender. El descontrol de tráfico en el Cairo es, a mi parecer, análogo a la política del país: nunca sabes qué va a suceder con ella, pero al menos tienes la seguridad de que no llegarás muy lejos.

Un buen día decidí ir al museo arqueológico, que se encuentra cerca de la famosa plaza Tahrir. Conforme iba acercándome más a la plaza, los cañones de las tanquetas militares se hacían más nítidos. Ni uno, ni dos, ni tres. Hasta diez tanques se apeaban a los lados del museo arqueológico de la capital del tercer país más poblado de África. Para acceder al interior del museo tuve que sortear al menos tres controles. El primero militar. El segundo se trataba del común control de equipaje. Una vez dentro, otro nuevo control para poder acceder. El ejército lleva protegiendo este museo desde que en 2011, coincidiendo con las protestas de la Primavera Árabe, un grupo de personas consiguió entrar y llevarse varias piezas del mismo.

Antes de seguir quiero apuntar algo. Lo que escribo sobre Egipto pretende ser una narración periodística y lo menos psicológica posible. Procuro que mis juicios de valor queden justificados dentro de un marco general sociopolítico que nadie en su sano juicio podría obviar. No, yo no viajo en ferries. No, yo no viajo para hacer fotos y para descansar (al menos no todo el tiempo). Para mí, un viaje como el que hice a Egipto tiene un sentido más profundo. No creo que mi intención originaria fuese marchar a la aventura para confrontar mis ideas preconcebidas sobre el pueblo africano, para así hacerlas más acordes a la realidad. Pero tampoco iba a hacer tours, ni a comer, ni tampoco a añadir ciudades a mi larga lista. Quiero volver a hacer hincapié en que todo lo que digo en mi blog, lejos de ser exclusivamente una crítica a un sistema, es una descripción. Si para ello necesito hacer algún comentario sarcástico, lo hago.

Sigo.

El museo no tenía nada que ver con aquello a lo que estamos acostumbrados en Europa. Las piezas estaban dispuestas de forma anárquica, rellenando los huecos que iban quedando. El museo era caótico, podías encontrar columnas gigantescas al lado de mosaicos y tumbas, figuras de artesanía frente a papiros, etc. Al menos esa fue la sensación que me dio. Los guías abundaban. La cantidad de idiomas que escuché hablar a mi alrededor era notable. Al cabo de unos minutos llegué a la pieza central del museo (a mi parecer): la máscara funeraria de Tutankamón. No pude hacer fotos del interior, vi al menos en tres ocasiones cómo los guardias ponían una multa de 50 libras egipcias a los que intentaron inmortalizar el momento. Podría haber estado más tiempo dentro del museo, y tengo amigos que hubiesen disfrutado bastante más que yo, que carezco de formación para comprender la dimensión de todo lo que esas paredes encierran.

Cuando salí del museo me dispuse a cruzar una avenida muy concurrida. No había semáforos ni nada que se les pareciese, por lo que había que “meter el cuerpo” (como en Turquía) y echar a correr hasta llegar al otro lado. Un señor se puso a mi lado y me preguntó que qué hacía ahí parado, que como no echase a andar nadie iba a parar por mí. Vio que era extranjero y se puso a hablar conmigo en inglés. Él era un arqueólogo y profesor de la Universidad del Cairo que se dedicaba a restaurar las piezas del museo. Me dijo que cruzaba esa avenida todos los días y que, gracias a Alá, nadie le había atropellado aún. Me encomendé a todos los santos ateos y, de su brazo, llegué al otro lado.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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