Mi viaje por Egipto – El monte Sinaí

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Los vídeos y fotos que saqué son espectaculares, y desde luego que no por la pericia del fotógrafo, sino por la belleza del lugar. La subida al monte Sinaí fue emocionante, y más la llegada a la cima.

Una camioneta fue pasando de hostal a hostal para recogernos a varios turistas europeos, sobre la una de la madrugada. La idea era iniciar el viaje  por carretera durante la noche para, al cabo de unas horas, llegar al monasterio a los pies del Sinaí e iniciar la ascensión con tiempo suficiente como para ver el amanecer. De nuevo, sentí que una persona que fuese creyente podría disfrutar de esa ascensión como una experiencia religiosa. Lo mismo me había ocurrido al contemplar los objetos del museo arqueológico de El Cairo: algún estudiante de historia o de historia del arte antiguo habría disfrutado de manera más profunda. Pero bueno, ahí estaba yo. Los europeos eran en su mayoría alemanes, además de dos chicas estadounidenses, un egipcio y yo mismo. La mayoría de ellos rondaban la treintena y habían realizado su viaje entero a través de una empresa organizadora. Yo era el único mochilero. Todos tenían una humor estupendo y enseguida entablé conversación con el egipcio, que hablaba bastante buen inglés. Vivía en la capital, pero estaba en ese momento de vacaciones por la zona este de su país.

Llegamos a un aparcamiento donde nos dieron una serie de instrucciones y donde conocimos a nuestro guía. En la ascensión era necesario dividirse en varios grupos, ya que al estar completamente a oscuras es fácil trastabillarse y perder de vista el camino. Nuestro guía, que se hacía llamar “Happy”, era un egipcio de 21 años que se dedicaba la mayoría de los días a subir a turistas a la cima del monte, para a mediodía bajar de nuevo al Monasterio. Era sumamente simpático y nos hizo pasar un rato estupendo. Ya no me acuerdo de la empresa con la que contraté este tour, pero si lo supiese, os la recomendaría.

El ascenso duró varias horas. A cada rato había un puesto de comida y bebida a un lado del camino, con cómodos asientos para descansar. Conforme íbamos ascendiendo, los camelleros insistían menos en llevarnos encima de sus animales, pero al inicio fue un espectáculo. Ingentes grupos de camelleros nos preguntaban constantemente a todos los turistas, si queríamos subir a la cima con su ayuda. En nuestro grupo todos éramos muy jóvenes, salvo una señora alemana que rondaba los sesenta años. La buena mujer tenía una historia algo dura detrás de sí. Su marido había muerto unos meses antes y ella se había propuesto subir al Monte Sinaí para rendirle homenaje. La pobre señora tenía bastantes kilos de más y quería hacer la ascensión por sí misma. En numerosas ocasiones tuvimos que parar porque era incapaz de coger aliento y seguir a nuestro ritmo. No nos preocupábamos de los tiempos, porque aún quedaban varias horas hasta que amaneciera, pero la bajada iba a ser, previsiblemente, algo más dura que la subida. A veces bajar cansa más a las extremidades inferiores que una subida, donde el propio peso del cuerpo, inclinado hacia adelante, facilita el ascenso por la inercia. La bajada, además, estaría acompañada por un más que probable sol de justicia que, en medio del desierto del Sinaí, no iba a ser poca cosa.

Llegamos a la cima y, después de hacer buenas migas con un grupo de estudiantes filipinos de teología (que habían llegado ahí como viaje de estudios desde su escuela en El Cairo), Happy nos mostró un lugar apartado, en la cima del monte, al que sólo podíamos acceder nosotros. Necesitábamos pegar un buen brinco y escalar varias rocas hasta llegar a su posición. Se trataba de una peña con una forma curiosa, cuya superficie había sido pulida artificialmente. El caso es que se trataba una posición inmejorable. Mientras que el resto de miradores de la cima estaban llenos de gente, nosotros disfrutábamos de un espacio tranquilo y poco transitado para descansar y hacer excelentes vídeos y fotografías como los que os comparto.

 

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Interior de uno de los refugios que encontramos durante la ascensión

 

La bajada fue otra historia. Yo la hice corriendo, en algunos lugares sentí que era la única persona en ese lugar. Era un lugar precioso, y podría haberme perdido ahí horas y más horas. En ese momento entendí cómo un veinteañero como Happy podía disfrutar subiendo y descendiendo casi diariamente, y también comprendí la afición que mi compañero de Erasmus tenía por las montañas. Happy nos explicó qué había ocurrido ahí hacía cientos o miles de años. Todos nos sabíamos la historia bíblica, así que no insistió mucho en ella. Pero sí que nos pareció curioso cuando habló de que en una de las montañas frente al mirador de la cima del Sinaí, había un ermitaño en una pequeña cueva que se alimentaba de lo poco que podía crecer ahí y de lo que los mismos guías como Happy le llevaban. Nunca vimos a los anacoretas, pero sus historias estimularon nuestra imaginación.

El descenso, como digo, lo hice corriendo. No porque tuviese prisa, sino porque quería estar solo y, por primera vez en todo mi viaje, cantar un poco alejado del resto de personas. Curiosamente, y aun habiendo estado en un país con una gran extensión de desierto, no había pasado apenas tiempo a solas, siempre había estado o bien en una habitación de hostal, o caminando con más gente alrededor, o en un transporte público. En este tipo de viajes los momentos a solas (físicamente a solas, sin contar paredes de por medio) son poco comunes, y en la montaña encontré momentos de sincera y agradable soledad.

Al cabo de un rato me quedé sentado en un peñasco, mirando hacia el fondo del valle, donde se encontraba el Monasterio de Santa Catalina, esperando a que llegase el guía con la alemana mayor, el resto de alemanes y mi nuevo amigo egipcio. Pero Happy no aparecía. La primera en bajar fue una alemana, y nos contó que la pobre mujer mayor estaba casi desfallecida, que le había dado una insolación y que tenían que esperar a que se recuperase para continuar con el descenso. No solo quería subir por sí misma toda la montaña, sino también bajarla. A mí me pareció encomiable, pero mi autobús hacia el Cairo partía en unas cinco horas. A ese ritmo nunca llegaríamos al valle y la camioneta que nos estuviese esperando no alcanzaría Dahab a tiempo como para yo coger un autobús. Y si perdía ese autobús, tendría que esperar un día más, pero ya no tenía ningún día más, el vuelo desde Hurghada hacia Estambul salía en unas 40 horas. Comencé a sentirme mal por su salud física, pero también algo cabreado porque iba a retrasar el viaje y posiblemente hacerme perder un autobús, lo que crearía una reacción en cadena con la resultante pérdida del vuelo. Bien, con esto que digo queda claro que tenía un señor problema.

 

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Decidí bajar hacia el parking del Monasterio, y hablar directamente con el conductor de la camioneta para exponerle mi problema. Mi tour a Dahab incluía no solo la subida al monte, sino también todo el transporte desde y hacia el Cairo. Mis tickets (bastante caros, dentro de lo que cabe) ya estaban comprados y, por ende, no tenía posibilidad de modificarlos. Iba a depender totalmente de la voluntad del conductor de mi camioneta, de que bajase o no la señora, y de que cupiese la posibilidad de modificar la salida de mi autobús al Cairo.

Visité, sin embargo, el Monasterio de Santa Catalina. Me llamó la atención también lo militarizado que estaba, y la cantidad de niños que había ahí haciendo absolutamente nada. Hay que tener en cuenta que visité Egipto durante todo el mes de enero, y supuse que a finales de ese mes también había escuela. Pero nada, ahí estaban los niños. Una vez visitado el Monasterio, nos quedamos esperando (el Egipcio, una alemana y yo) a que bajase el resto del grupo. Le comenté a mi conductor lo que ya he explicado aquí, y el conductor me dijo que no saldría bajo ningún concepto, ya que él tenía que volver con la misma gente con la que había subido. Le expuse muy preocupado que yo iba a perder varios transportes y que era absolutamente necesario llegar a Dahab a una determinada hora. Los minutos iban pasando, y nadie llegaba. El conductor también tenía una hora fijada, y estaba llamando a Happy. Happy, por supuesto, no disponía de señal de teléfono… así que no sabíamos a qué atenernos.

Al final el asunto se arregló. Medio grupo de alemanas (y el egipcio) se quedaron en el parking, esperando a la señora mayor y a Happy, quienes volverían al pueblo en otro transporte. Yo me fui con el conductor hacia Dahab. Tan solo hubo un control de carretera en todo el trayecto. Me tuvieron que cambiar el ticket de autobús y, por suerte, justo los miércoles había doble servicio desde Dahab hacia el Cairo, por lo que pude llegar a la capital esa misma noche.

Mañana viernes terminaré con esta serie de posts.

Muchas gracias por leerme.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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