Mi viaje por Egipto – Los frutos de la confianza

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Si no recordáis mi primera experiencia en Egipto, os animo a leer este post.

El título de aquel post es un eufemismo. No era un prestidigitador, era un timador, y aunque no me arrepiento de haber confiado en él, sí que me dio rabia perder ese dinero. Sin embargo, las buenas experiencias que pasé durante los siguientes días hicieron que recuperase mi confianza en los egipcios. Y me volví a lanzar.


Una de las tardes que pasé en El Cairo no me apetecía ir muy lejos a cenar, así que pregunté a la recepcionista de mi hostal dónde podría encontrar un lugar de comida rápida que fuese decente. Me recomendó un lugar llamado Kazaz, y me gustó tanto que repetí en dos ocasiones. La primera compra que hice fue de marisco. Por muy poco dinero pude comer unas cuantas gambas y otras variedades, además de bebida y patatas fritas. En la primera ocasión me llevé la comida a la habitación de mi hostal.

Lo mismo decidí hacer en mi segunda tarde. Como había tenido buena experiencia en ese sitio y se acercaba la hora de comer, decidí bajar de nuevo al local. Sin embargo, había una fila enorme para pedir comida. Así que encendí la música en el móvil, enchufé los auriculares y me puse a esperar. Al cabo de unos minutos, pude pedir la comida (en inglés, por supuesto). Un señor me escuchó hablar y entabló una conversación conmigo. Nos presentamos y él me comentó que era propietario de un negocio, y que me lo quería mostrar. No me imaginaba de qué tipo era su negocio, así que se lo pregunté. Me contestó que se trataba de una perfumería, y que no estaba muy lejos de ese mismo lugar. Así que, una vez me sirvieron la comida, acompañé a aquel señor a una tienda que hacía esquina a la calle principal donde se encontraba ese local y mi hostal.

Mientras iba comiendo lo que acababa de comprar (él me dijo que no le importaba, pero a mí me parecía de mala educación comer en su local), el señor iba sacándome perfumes y mostrándome la historia de las distintas fragancias. Todo, por supuesto, con la clara intencionalidad de que yo le comprase un frasco. Ahora me arrepiento de no haberlo hecho, porque al cambio era realmente barato (un frasco de 200 ml, 10€). Me interesó especialmente el perfume de flor de loto, ya que nunca había olido esa fragancia. Sus explicaciones eran muy persuasivas, pero el hecho de volar con Pegasus Airlines (un poco mejor que Ryanair, pero igual de restrictiva con los líquidos), me ayudó a tomar la decisión.

El improvisado vendedor me iba contando muchas cosas sobre su trabajo, sus viajes, su familia… hasta que en la conversación surgió cuáles serían mis próximos pasos por Egipto. Yo le dije que quería visitar el desierto blanco, ya que había escuchado que hacían tours y safaris muy interesantes, y que no me lo quería perder. Enseguida me dijo que no me preocupara, que se encargaría personalmente de presentarme a alguien que me ayudara con el asunto. Yo me quedé a cuadros, ya que no me esperaba que el señor se fuese a rendir tan pronto en su labor comercial. Así que terminé mi comida, cerró nuevamente su local y nos dirigimos hacia una de las rotondas que comunicaban la calle de su tienda (y mi hostal) con el centro de la ciudad.

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En el cruce de Kasr Al Nile con Mahmoud Bassiouny, bajo el porche adosado a un edificio de unas ocho plantas, y al lado de un restaurante moderno, se encontraba el inesperado gestor de una de las experiencias más increíbles que viví durante todo mi viaje a Egipto.Hasta ahí me condujo el vendedor.

Un señor desdentado terminaba de vender algunos recuerdos de Egipto expuestos en un pequeño mural. No me lo podía creer: ¿un tour-operador que también era vendedor ambulante? El caso es que el señor, lo primero que hizo, fue llamar a un niño de unos 12 años para que me sirviese un té. Mientras tanto, comenzó a explicarme en qué consistiría el tour. Me dijo con pelos y señales a qué hora me recogería él con el coche, en qué estación tomaría mi autobús y a qué hora llegaría a Qasr Al Farafra, el pueblo más cercano a la formación desértica conocida como Desierto blanco (recibe su nombre por el peculiar color de sus rocas, que casi parecen sacadas de un paisaje lunar). El precio era al menos un 60% más barato que en los tour-operadores de la misma zona, que yo había podido visitar horas antes por mi cuenta. Varias circunstancias se sumaron: me había ganado la confianza del vendedor de perfumes y ahora él me estaba presentando a un amigo suyo, que vendía tours a extranjeros. También había dado la casualidad de que este señor se encontraba a no más de 10 minutos del lugar donde yo había decidido pedir comida… Sin embargo, no pensaba soltar un solo billete sin una comprobación “oficial” de que él era verdaderamente propietario o gestor de una empresa gestora de estos tours. Lo cierto es que no tenía local: me estaba atendiendo en la calle. Cualquier persona con dos dedos de frente hubiese exigido esa mínima comprobación.

Ya con el té en mi poder, el señor me dio la url de su supuesta web. Entré y pude observar que aparecían varios números de teléfono. Le pregunté: si llamo a este número, ¿sonará tu teléfono móvil? Lo de crear una web en dos segundos lo descartaba como hipótesis muy improbable así que, si su móvil sonaba, ya tenía prueba para fiarme de su mismo tour.

Al segundo tono, algo en su bolsillo comenzó a sonar.

Ambos nos reímos con bastantes ganas, satisfechos de habernos podido encontrar. No en vano, él había conseguido un inesperado cliente, y yo un tour por un precio imbatible: dos días y una noche de safari por el desierto blanco, 30 euros.

Dos días después, como acordamos tras pagarle lo debido, apareció él dentro de un taxi en la puerta de mi hostal, a las 6:00 de la madrugada. Bajé con todo mi equipaje: dejaba el Cairo. Una vez llegados a la estación tuvo la amabilidad de esperar conmigo hasta que mi autobús llegó, e incluso habló con el conductor para que me avisase personalmente del momento en que llegásemos a Qasr Al Farafra.

Esa aventura la dejo para un futuro post.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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