Mi viaje por Egipto – Hospitalidad en Luxor – Cuarto día

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Eso de la hospitalidad está muy trillado… ¡pero es que es cierto! No tienen nada que ver las personas de Egipto con las de España, o incluso las de Turquía (que son algo más agradables que en mi país). El otro día estaba leyendo un tweet que decía lo siguiente: cuando una sociedad prohíbe a los niños hablar con extraños está creando una legión de desconfiados, asociales e individualistas. Hablar con extraños es una experiencia que no se da en España. En España, ese país del que cada vez voy recordando menos (aunque sé que tengo que volver, porque sé que este Erasmus es sólo una especie de alto en el camino), nadie habla con los extraños… Las discotecas, Internet, son los nuevos lugares donde se inician relaciones. Sin embargo, salir a la calle sin saber con lo que te vas a encontrar no es algo que suceda todos los días. En Egipto, cada día que pasaba me daba una nueva sorpresa. El cuarto fue el día en que me olvidé de todo lo malo que me había ocurrido en Hurghada.

Decidido a ir al Templo de Luxor, animado por la propietaria del hostal (a la que pedí perdón por haberla despertado la noche anterior), me dispuse a caminar. Al torcer a la derecha en la primera intersección un señor en bicicleta me paró. (“Ya volvemos a las andadas…”) y me preguntó que a dónde iba, que de dónde era, mi edad, mi profesión, de dónde venía, etc. Me apabulló tanto que le dije: lah lah lah, sucram. Y así durante un minuto o dos, que escrito no parece mucho tiempo pero cuando estás pendiente de no perderte en una ciudad desconocida se hacen bastante largos. Le dije al cabo de un momento que me gustaría alquilar una bicicleta y ahí la cagué porque entonces el señor intentó encasquetarme su bicicleta por 50 libras egipcias durante todo el día. Yo le dije que no, que conocía un lugar donde la podía alquilar por la mitad y durante varios días, y que no me fiaba de él. Él me respondió: fíate de mí, ven conmigo a mi bar y verás que todos me conocen y que te puedes fiar de mí y de mi bicicleta. Le pedí que me dijese el nombre de su bar y que al día siguiente iría con él a por la bicicleta (no era cierto, pero así hay que funcionar para quitarte a alguien de encima) y que justo ese día me apetecía andar. ¡A buenas horas me había mostrado algo interesado en sus ofrecimientos! Seguí andando y el hombre siguiéndome. No me quiero imaginar lo que, en un país así, puede suponer una persecución tal para una mujer. Al final se cansó, me dirigió cuatro palabras con inconfundible desprecio y se fue por donde vino.

Para llegar al templo de Luxor tenía que cruzar toda la ciudad, a plena luz del día. Quería hacerlo a pie porque, ya que me iba a gastar dinero en el museo, el taxi iba a engordar bastante mi “inversión”. No me arrepiento de lo que hice. Lo único que me molestó un poco, aunque para el día siguiente ya me habría acostumbrado, era que absolutamente toda la gente se quedaba mirándome. No vestía ni bien ni mal, llevaba una parca de Oneil negra, unos pantalones vaqueros, una mochila pequeña y unas zapatillas Adidas naranjas de deporte. Además de las gafas. Algo tan sencillo como eso contrastaba con los demás. Jamás había sido tan consciente de pertenecer a la parte afortunada de la población mundial.
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¿Y uno qué opina tras esto? Hay varios errores en los que se cae habitualmente. Yo no quiero caer en ellos. Estoy procurando hacer una descripción lo más objetiva posible. Y cuando describo objetivamente también me refiero a mis propios sentimientos y pensamientos a lo largo del viaje. Muchos de ellos, como fueron los relacionados con el guía, se debieron al momento, y vistos con perspectiva pueden cambiar. Pero una serie de posts sobre un viaje sería aburrida si se dedicase tan solo a las impresiones exteriores. Lo que me ha molestado de mucha gente que expresa sus experiencias en Egipto es que, o se dedican en exceso a los detalles históricos de los lugares que visitan (porque hacen viajes ya predefinidos por empresa, y no ven más allá de la cubierta de su crucero) o se dedican a criticar de una manera muy poco seria, meditada y elegante a toda la población egipcia, generalizando a la mínima oportunidad. Os puedo asegurar que hay gente que, por mucho que viaje, sigue generalizando. El racismo o la xenofobia no tienen mucho que ver con viajar. Uno puede dedicarse a viajar por el mundo y seguir aplicando sus esquemas mentales a cualquier lado que visite, aplicando su visión a todo evento. Sus descripciones pueden resultar simpáticas pero desprenden un tufo xenófobo y dejan la sensación de que los egipcios (o cualquier otro pueblo) están ahí para nuestra entera satisfacción, para nuestra investigación de seguidores de la folk psychology y para el reconocimiento y refuerzo de las preconcepciones más estúpidas y poco meditadas que se instalaron, hace tiempo, en nuestro modo de pensar. Pero no hay investigador social objetivo. Ni siquiera los que pretendemos serlo. Si uno vive en el Oriente Medio durante un largo tiempo se da cuenta de que existen determinadas diferencias sociales, pero que no por ser tales crean una diferencia insalvable. Ocurre lo mismo que al español que lee a Cervantes, o textos latinos. Todos ellos le recuerdan a sí mismo, a la lengua que practica diariamente, pero siempre tiene la sensación de que está alejada de él, que es “lo otro”,  y que aunque tenga algo que ver con él no lo llega a definir del todo. Si uno viaja teniendo esto presente entonces va a poder disfrutar de una experiencia más integral: aunque no seamos otra cosa que humanos, tampoco podemos identificarnos del todo con los demás. Somos hermanos y tenemos nuestras diferencias, pero hacemos lo posible por entendernos y, sobre todo, ayudarnos.

Caminaba y hacía bastante calor, creo que era la primera vez que andaba durante el día (a una hora normal) en Egipto. La carretera estaba llena de carromatos, caballos, motos, coches y dolmus que iban de un lado a otro. Algunos señores mayores me saludaban con una semisonrisa y yo les devolvía los buenos días. Los más jóvenes actuaban diferente porque, si bien yo tenía su misma edad, estaba en clara ventaja económica. Ser consciente de esto, repito, me hizo comedirme mucho más a la hora de mostrar los dos o tres gadgets que llevaba a todo lugar. Los turistas normales, recogidos y soltados por transportes privados justamente en los lugares destinados para ellos, lucían sus cámaras réflex sin cortarse un pelo. Ellos eran los extraterrestres de Egipto. Yo quería bajar a la tierra y por eso, en ocasiones, tenía que esconder lo que tenía.

Llegué a una barriada pobre. Unos niños estaban jugando al fútbol y cuando pasé por la calle pararon inmediatamente para mirarme. Dos de ellos me pidieron dinero y un señor sentado, tomando una gran taza de té, les dijo que dejaran de molestarme. Yo le hice entender que no me molestaba nada y les pregunté que dónde quedaba el Templo de Luxor. Un niño me señaló un muro que, sin duda, separaba la barriada del recinto del templo y se ofreció a acompañarme. Le dije que no, pero que se lo agradecía.

En el camino al templo, rodeando el recinto, se encuentran varias entradas a colegios dependientes del ministerio de cultura. Estos colegios se encuentran todos ellos en el propio templo. No todos los niños acaban la escuela y muchos de los que conocí ya estaban trabajando con 12 años. Tienen clase de lunes a jueves y por las tardes, todos ellos, se juntan en grupos en las plazas más grandes, juegan al fútbol o, algunos de ellos (los menos, por suerte) se dedican a intentar vender recuerdos a los pocos turistas que circulan por la ciudad.

Entonces llegué al parking del templo, algo abrumado después del paseo.

Me apetecía beber agua y entré en la primera tienda que vi. Le dije al propietario (algo más joven que yo) que quería una botella de agua. Él me preguntó mi edad y cuando se la dije me dijo que entrase dentro porque me quería invitar a un té. Al principio me negué porque mi intención era visitar el templo de Luxor tranquilamente pero me dijo que no me preocupase, que me invitaba a un té y luego, tranquilamente, me llevaba él mismo al templo para que lo viese. No me ofrecí y de hecho sentí que una parte del espíritu egipcio estaba en deuda conmigo por el dinero que había perdido el primer día. Le conté a qué me dedicaba y de dónde venía. Dijo que Turquía le parecía un buen país y que le gustaría visitar Estambul. Yo le dije que estaría encantado de que viniera y así seguimos… me contó que tenía una novia francesa que había conocido cuando ella visitó Luxor hacía 1 año. Me preguntó si tenía novia y le dije que no. El interés de los egipcios por saber si, a mi edad, estaba ennoviado o prometido, era bastante pesado. Por supuesto, ninguno de ellos entendía que alguien pudiese ser soltero a la edad de 23 o que no tuviese, a estas alturas, hijos. En ese sentido un país como Egipto está el nivel de la España de los años 60. Su esperanza de vida no es, ni de lejos, la que disfrutamos hoy en día en países del primer mundo. Me puso una película en su portátil mientras ya atacábamos el segundo té. Yo no quise decir mucho más. Ya habían venido a visitarle sus compañeros de trabajo, más jóvenes de 16 a 20 años que se dedicaban a vender recuerdos a los turistas en las tiendas del templo. Los turistas, me dijo, ya venían enseñados desde sus casas: no compréis nada que os ofrezcan en los puestos. Así que su negocio no iba muy bien. El parking, no en vano, estaba unos 50 metros más allá, al lado de la entrada del museo, y su puesto estaba colocado en una posición poco estratégica porque tan sólo los turistas que llegaban en sus propios vehículos (en su mayoría egipcios) o los que veníamos andando como yo (los menos) podían sentirse interesados por sus productos.
Como seguimos hablando durante una media hora y ya llegaba la hora de comer me dijo que me invitaba.

Monté en su moto y fuimos a un puesto de venta de pollos asados. El plato más típico de Egipto es bastante completo y consiste en un cuarto de pollo asado, arroz, sopa, ensalada y alubias u otro tipo de hortalizas. Me dijo que él comía eso todos los días y que le encantaba. Cerró su negocio. El lugar donde lo compramos, por no tener, no tenía ni un cartel que indicase que era un lugar donde se preparaba comida. Llegamos ahí con la moto (circular de paquete en moto por Luxor fue una experiencia bastante bonita, por supuesto, sin casco ni protección alguna), aparcó, pidió la comida, estuve esperando intentando dar conversación a un egipcio que se encontraba sentado en la mesa, o esperando o ya terminado de comer… me sentía totalmente fuera de contexto, como un payaso colorido en medio de un funeral donde abundan los trajes negros y las lágrimas y condolencias. Volvimos a la moto con la comida para ambos, abrió de nuevo su tienda y nos sentamos en la mesa a comer y a hablar un poco más. El pollo estaba exquisito y, de haber seguido tomando esa variedad de sopa, ahora sería adicto. Era una sopa muy caliente, pero no hasta el punto de quemarte la lengua, con un gusto picante que, simplemente, creaba adicción. La probé tanto ahí como en medio del desierto blanco.

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Terminamos de comer y tras un buen té (que nos trajeron dos jóvenes, uno trabajaba en una tienda al lado, y otro cobrando a los turistas que querían ir al baño) nos dirigimos a la entrada del templo.

Me dijo: cuélate, que te hago una foto. Y me colé en una miniatura de un trenecito que había (de los que se usaban para transportar a los trabajadores del templo). Los seguratas me miraron con cara de pocos amigos e incluso uno se acercó hasta que Mohammad, que así se llamaba mi nuevo amigo egipcio, le tranquilizó con un gesto de la mano.

Al cruzar la puerta del mini museo, que comunicaba con la entrada del templo, un guía apareció. Le costó unos 20 segundos convencerme de que le pagara 30 libras por un tour de una hora. Como me habían invitado a comer, a varios tes y a mear sin pasar por aduana… le dije que adelante sin ofrecer mucha resistencia. El tour por el Templo de Luxor fue uno de los mejores que he tenido. El que me había tocado en suerte hablaba solo inglés y, aunque me dijo que los guías españoles no estaban ese día ahí, pude escuchar a uno cómo explicaba las historietas en perfecto castellano de méxico.

Del tour poco más que decir. Cualquiera que se interese por la historia ya sabrá mucho más de lo que ese hombre le podría haber contado, pero para mí todo era bastante nuevo. Escribió en un papel mi nombre en jeroglíficos y, además, me grabó un vídeo haciéndome recitar algunos jeroglíficos del templo. Estuvo bastante interesante. Cómo no, me hizo fotos tanto a mí solo como a mi compañero egipcio, posando en divertidas posiciones y haciendo el gilipollas un rato. A mí me venía bien porque de otra manera no podría tener fotos mías y al egipcio que me invitó se le rellenaba su currículum vitae de conocidos extranjeros e internacionales.

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La visita duró una hora. ¿Qué puedo decir del lugar? Que está impresionantemente bien conservado para los milenios que tiene. Es un templo que no sólo deja ver lo que fue sino también lo que pudo haber sido (hay muchas partes estropeadas irremediablemente) y cómo pudo ser lo que fue (en un muro se ve el método egipcio para llevar grandes moles de piedra a alturas considerables -formando una rampa-).

Después salí de ahí por un pasillito rodeado de tiendas de recuerdos. Casi todos pasaron de intentar venderme algo salvo uno o dos que se atrevieron, yo les dije que era amigo de Muhammad (es como decir en España que eres amigo de Juan, o en Turquía de Emre, hay ochenta mil) como expresando que eso me daba vía libre para rondar por ahí sin comprar ninguna miniatura de pirámide.

Llegué a su tienda, aún era de día. Me dijo que por qué no me apuntaba a ir al espectáculo de luz y sonido, que era impresionante por la noche. Además, ese día lo hacían en inglés (hay otro en que lo hacen en castellano). Le dije que me lo pensaría. Me invitó a tomar otro té más y sacó de una de sus máquinas refrigeradoras un zumo de melocotón. Al beberlo sentí cómo la fruta real estaba semitrozeada dentro de la lata, la verdad es que vaya inventos… La hospitalidad, de nuevo, fue soberbia. Mandó a un niño de unos 14 años a que fuera a por ese té. Al rato de estar ahí quieto, sin hacer nada, sólo disfrutando del vientecillo que comenzaba a hacer y de la vista del parking del templo, me comentó que tenía que marcharse un rato a rezar. Se encerró en su negocio y me lo imaginé rezando en el suelo. Luego salió y fue a una mezquita integrada en el lugar donde se abría la barrera de entrada al parking. Ahí se tiró una media hora haciendo dios sabe qué (nunca mejor dicho).

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Al volver me preparó la cena y entonces me decidí a ir al espectáculo de luces y sonido (100 libras egipcias) puesto que tanta generosidad había que devolverla de alguna manera. En ningún momento le pregunté si le debía algo… a partir de la quinta vez en la que le insistí que le quería pagar por, al menos, las botellas de agua que me había dado. Me dijo que para eso están los amigos, tan convencido, que no quise forzar más la situación. Yo me decía, para evitar las comparaciones odiosas, que él era el propietario de un negocio y que, además, su moto era de más de 125cc, por tanto aun viviendo en un país pobre tenía alguna que otra ventaja más que yo. Hasta ahí llegó mi juicio y mis mecanismos de evasión de la vergüenza internacional que suponen todas las comparaciones entre primer y tercer mundo. No me acabo de explicar bien pero ya comenté este tema más arriba (esto es lo que pasa por escribir un post durante diferentes días).

Llegué unos minutos tarde al espectáculo de luces y sonido. Agarré una radio que ofrecía explicaciones en español (ese día la megafonía sonaba en inglés) y disfruté de la hora que duró el paseo. Era una vuelta al templo de Luxor, pero de noche. Este espectáculo juega tanto con las sombras como con las proyecciones sobre el templo real. Además, está bastante bien guionizado. Lo único que me chocó fue escuchar a la voz del Señor Burns (de los Simpsons) doblando a uno de los personajes que pretendían ser serios (uno de los faraones que contaban la historia) pero el resto dio bastante bien el pego. No me puso la piel de gallina porque yo soy difícil de impresionar pero recomiendo la visita encarecidamente a todo aquel que quiera ir a Egipto. Al final, nos sentamos frente a un lago, yo y el grupo de italianos que me había tocado en suerte como compañeros de espectáculo y vimos cómo terminaba, proyectando sobre la montaña que bordea el Nilo, numerosas formas, en movimiento, de lo que se suponía había sido el templo tiempo atrás.

Impresionante.

Cené unos bizcochos egipcios (como flautas de pan dulce) con algo de jamón cocido. Esperé a que mi amigo cerrase la tienda. Dejó la moto en las instalaciones del museo y cogimos un dolmus (como una camioneta que hace el mismo recorrido siempre) hacia el centro de la ciudad. Más que cogerlo, saltamos dentro. Tan solo pagó una libra por cada uno de nosotros, por un recorrido bastante importante y que un taxista estaría dispuesto a cobrártelo por 20. Una libra es nada para un europeo: NADA.

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El día no dio para mucho más. La mañana siguiente tenía que levantarme temprano porque había prepagado un tour por el Valle de los Reyes. Esa mañana sería la primera en la que me encontraría con otros turistas low-cost como yo. Y no sería la última vez.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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