Mi viaje por Egipto – Hurghada y el prestidigitador – Segundo día

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Este es mi primer post escrito directamente en WordPress, en mi nuevo blog www.fraveira.com . Más que un blog es una página web y pretendo usarla como es debido, utilizando todos los apartados, incluso ese de tienda que veis ahí, pues aunque ahora no sirva de nada en el futuro tendrá sentido para subir documentos descargables, libros, etc, según vaya publicando (a ver si es verdad).

Me quedé en el aeropuerto. No salí hasta que amaneció porque hacía bastante frío. La verdad es que era consciente de que, aun estando en Egipto, el tiempo no iba a ser bueno por las noches. En el desierto, por la noche, las temperaturas bajan repentinamente y el viento se hace notar.

Coloqué mi mochila en una posición cómoda (para hacer trekking) y comencé el camino hacia el centro de Hurghada. Eran unos seis a ocho kilómetros y tal aventura me iba a llevar unas dos horas según Google Maps. No sé si lo dije o no, pero lo primero que hice al llegar a Egipto fue equiparme con Internet Móvil, mucho más potente y veloz que cualquier conexión Wi-Fi de hotel que encontré a lo largo de esos 20 días.

Salí del aeropuerto rodeado de palmeras, no sin antes rechazar a un insistente taxista que se ofrecía para llevarme al centro de la ciudad: I have no money, le dije, y no le mentía. Ad  emás, quería experimentar por mí mismo cómo era el Egipto menos turístico antes de adentrarme en una ciudad mentirosa, en el sentido de que no mostraba nada de lo que los egipcios son realmente… era una ciudad abarrotada de rusos y, por tanto, creada a su gusto y necesidad.

Bajo las palmeras había dátiles. No probaría los dátiles hasta unas semanas después, subiendo al Monte Sinaí, y me arrepiento de no haber dado otra oportunidad a este fruto tan dulce y rico. Salí a la autopista y entonces empecé a escuchar a los coches: todos me pitaban. Al principio me giraba para decirles hola. Cuando pasaba un taxi hacía un gesto de negación con la mano. Algunos de ellos bajaban de velocidad para ver si me convencían pero yo decidí alejarme de la autovía y meterme en una calle paralela, sin asfaltar, llena de arena. Toda esa “circunvalación” de Hurghada, que unía la ciudad con el aeropuerto y con la autovía del Mar Rojo, estaba vacía de gente. Seguí andando unos 500 metros más después de salir de la zona del aeropuerto, pasar un control a pie (los policías estaban dormidos y apenas se dieron cuenta de que pasé por delante suyo) y vi al primer militar de los muchos que vería (y con los que haría buenas migas) de toda mi estancia en Egipto.

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Decir que hice buenas migas con militares egipcios quizá suene poco apropiado a día de hoy, cuando ya se han cargado a tanta gente… y no hablo desde la revolución (Primavera Árabe) sino justamente desde el aniversario de la misma, que fue el 25 de enero de este año. Desde entonces no se habla de masacre pero sí de desgracia y crimen político bajo la bandera de la normalización. La población egipcia está normalizada, efectivamente, pero a costa de un gobierno militarizado, y cuando hablo de militarizado hablo de un porcentaje de la población que asustaría a cualquier otro país en caso de conflicto armado (por otro lado, es un ejército muy pobre).

Este militar que me encontré ahí estaba apostado con una metralleta tras un soporte de disparo con un agujero de la mitad del tamaño de su cabeza para poder ver cómodamente y no ser disparado. Me llamó muchísimo la atención que, en medio de la nada, estuviese este buen hombre. A lo largo del viaje me encontraría a decenas de militares en los más variados sitios, sentados, apuntando, con el arma cargada… viendo la vida pasar, pensando, quizá, en que podrían estar aprovechando mejor el tiempo.
Hay un transporte en Egipto que funciona como Estambul. Son mini-vans (en Egipto bastante más cutres que en Turquía, donde son Mercedes-Benz de una generación de hace 5 años en su mayoría, o más nuevas), hacen siempre el recorrido de una calle grande o arteria principal de las ciudades. Su funcionamiento es muy sencillo: subes, pagas una libra o dos y te lleva tan lejos como llegue su recorrido. Desde luego que es el mejor método para moverse en ciudad si te atreves y la conoces un poco, aunque los taxis son ridículamente baratos.

Muchos egipcios, por la hora que era, estaban metiéndose en setas mini-vans para ir a trabajar. Los coches eran tartanas, las mujeres tenían velos hasta arriba y los hombres túnicas y pañuelos en la cabeza, además de sandalias. Andaban todos con la parsimonia del pueblo que no tiene más remedio que salir a buscarse el pan a pesar de que el trabajo y su posibilidad de mejoría de vida sean casi imposibles. Yo seguí andando. Había una cantidad de basura en la calle que llamaba la atención. Entonces me dí cuenta de que los coches de antes no me estaban pitando a mí sino que usaban el cláxon para comunicarse entre ellos. En algunas ocasiones esta forma de comunicación carecía realmente de sentido, pitaban por puro placer o por costumbre. Seguí andando y a mi tercer kilómetro un coche conducido por un viejecito y con tres chavales de no más de catorce años subidos en la parte trasera pasó a mi lado, a unos 7 kilómetros por hora. El viejo me saludó y yo le devolví el saludo. Me miraban como si fuese un extraterrestre. Y no es que lo pareciera, es que lo era. El contraste que en esos momentos mi vestimenta y mochila hacía sobre las calles, los coches destartalados y los egipcios vestidos a su manera era evidente por todo el mundo salvo por mí. Absolutamente todas las miradas estaban sobre mí y lo digo sin temor a equivocarme. Era un espectáculo poco visto que un joven europeo decidiese caminar desde el aeropuerto hacia el centro de la ciudad.

Vi un perro muerto tirado en la cuneta, llevaría ya varios días ahí. Los perros y los animales en general en Egipto estan muy mal cuidados. Pero como en cualquier país. En Turquía me he acostumbrado a perros bien alimentados, controlados por el gobierno, afables y hasta limpios de parásitos. Sin embargo, ahí eran tan o más famélicos que los propios egipcios. No quise comprobar mejor su estado así que seguí andando.

Los edificios estaban todos a medio construir. Luego me di cuenta de que en Egipto la economía sumergida está más que a la orden del día. La gente crea los edificios según sus necesidades y normalmente están terminadas las primeras plantas, dejando para el futuro las vigas y los materiales listas para una nueva altura, en caso de que se requiera. Los edificios eran de ladrillo en su mayoría, un material que en el desierto sirve más que de sobra para cualquier propósito de alojamiento.

Llegando al centro de la ciudad las zonas desoladas y mal construidas dejaban paso a edificios gubernamentales, mercados y gente llegando a sus puestos de trabajo. Los mercados son bien interesantes. La mayoría no cierran. Pero no cierran en todo el día y en toda la noche. En Egipto son famosos unos panecillos/tortas en forma redonda con el interior hueco para llenarlo de todo tipo de alimentos. La primera compra que hice en Egipto, con las libras que me habían sobrado para pagar la visa (ni con mucho me daba para pagar a un taxi entre el aeropuerto y mi hostal) fue una bolsa llena de estos panecillos. Di 5 libras egipcias y el hombre del puesto en este pequeño mercado del centro de Hurghada llenó una bolsa hasta arriba. Tanto pan me alimentó durante los dos o tres días siguientes.

En mi camino al hostal, ya por la calle principal del centro de la ciudad, comencé a ver a algunos extranjeros. El día era soleado y Hurghada es famosa por su entorno marítimo privilegiado para sumergirse en el agua. La mayoría, por no decir que todos los hostales, tenían algún tipo de oferta de scuba diving.

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Llegué al hostal tan temprano que desperté a un chaval joven (aún más joven que yo) de su siesta en una especie de sofá que hacía las veces de cama. Le dije que sentía mucho haberle despertado pero que venía de un largo viaje (realmente el viaje largo fue el haber tenido que cargar con la mochila desde el aeropuerto hasta esa parte de la ciudad) y que si podía ya ir a la habitación. Me dijo, en un inglés macarrónico pero funcional que podía subir sin problemas y que del pago nos encargaríamos más tarde. También me ofreció ir al día siguiente a hacer scuba diving pero entre que mis planes eran irme a Luxor tan pronto como me fuese posible y que tengo bastante respeto al agua (por mucho oxígeno que tenga) rechacé su propuesta.

La habitación era algo grande (Four Seasons Hotel, Hurghada), demasiado para una persona, a mi parecer. No fue la mejor habitación en la que estuve en todo el viaje (esta fue en Alexandría) pero por ese precio (unos 8€ la noche, al cambio) tampoco podía pedir más lujos. La cama era cómoda pero pasé frío. Lo dicho, ir en enero a Egipto es sinónimo de no morirte de calor pero también implica noches algo frías.

Me despierto 6 horas después, dispuesto a sacar dinero de un banco. Pregunto en la calle a dos egipcios. Uno me dice que no sabe dónde puedo ir y otro me coge del brazo y me lleva, con una violencia hasta simpática, al cajero más cercano. Le digo que necesito ir a una agencia para sacar dinero que me había enviado a través de Western Union a mí mismo, un dinero que dejé dispuesto por si ocurría cualquier emergencia. En el cajero donde saqué dinero extraje 500 libras. Le di cien para pagar el taxi. Él me seguía llevando del brazo. A mí me pareció carísimo para un taxi pero supuse que con ese dinero le valdría para todo el rato en que me iba a estar ayudando. Este egipcio iba vestido a su modo, su inglés no era tan macarrónico y, como habéis podido deducir, me vio una presa fácil y decidió hacer su agosto en pleno enero. En el taxi yo me sentía bastante contento, dentro de un entorno seguro, viendo cómo era la ciudad. No eran tan miserable como la había podido contemplar en mi paseo desde el aeropuerto pero, sin duda, lo que más acaparó mi atención fueron los puestos militares. Auténticas torres carcelarias con soldados apostados con armas automáticas, esperando que ocurriese, repito,  dios sabe qué acontecimiento. Cruzamos media ciudad y por eso me pareció que las cien libras que le había dado a mi improvisado guía merecían bien la pena. Además, me dije, tampoco es tanto dinero, en España hubiese pagado algo igual por un taxi. En Western Union avisé a mi guía de que tenía sed y enseguida me trajo un vaso de agua. Estos y otros gestos me hicieron confiar en él más de lo debido. Una vez sacado el dinero en dólares le dije que tenía que ir a una oficina de cambio de divisas. Agarramos otro taxi, no sin antes darle 200 de las libras que había sacado en el primer cajero. A los diez minutos llegamos a esta casa de cambio, le di los dólares y él me devolvió el cambio en libras. Me dijo: confía en mí, yo haré que te hagan mejor cambio. Confié en él aunque ya estaba preparado para cualquier contingencia del tipo hit and run, estaba preparado para una pelea, a sabiendas de que estaba en inferioridad de condiciones y de que no tenía ni arma blanca ni objeto punzante para agarrar el dinero en caso de que hubiese problemas. Demasiadas películas veo, ¿verdad? Pues bien, en el tiempo que le costó al hombre cambiar el dinero, a mí me dio por calcular a cuántas libras equivalían 350 dólares. Dio un resultado de más de 1300 libras (lo escribo todo de memoria, por lo que quizá no sea así).

Al devolverme el dinero -el hombre no echó a correr con los dólares, menos mal- salió con tanta prisa del establecimiento para tomar otro taxi que no me dejó siquiera tiempo para contar el dinero. Entonces ahí ya comencé a sospechar. Al montar en el taxi se puso a mi lado por lo que no pude contar el dinero tranquilamente. Me dijo: ¡guarda el dinero, es “big money” y te lo pueden robar! Íbamos ahora a una estación de autobuses para comprar los billetes hacia Luxor, era el último favor que le iba a pedir. Me llevó, cómo no, a la empresa de transporte de algún amigo suyo, donde el billete hacia Luxor costaba el doble de lo que yo había leído en Internet y donde los horarios no eran ni mucho menos los que yo me esperaba que fuesen. Así que le dije que nanai, que no iba a comprar nada. Nos montamos de nuevo en taxi (ya no le di más dinero) y bajamos a una distancia de kilómetro y medio del centro. Entonces el hombre comienza a decir que le falta su reloj, que no sabe qué ha ocurrido. Yo aquí ya estoy dispuesto a salir corriendo en caso de que al tío le diese por atacarme. Hace gestos como de desconfianza, me mira, mira su muñeca y no tiene reloj… en claro intento de hacerme sentir como un ladrón (cuando era, por supuesto, todo lo contrario). Le pregunto ya con mal humor que de qué coño me está hablando, le digo que para qué quiero un reloj si tengo dos móviles y dos relojes y le digo que hasta aquí ha llegado nuestra relación de guía-turista perdido. Me dice, entonces, que le tengo que pagar 550 libras por la hora y media en la que me ha estado ayudando. Le digo que ni de coña, que eso tendríamos que haberlo hablado antes de nada. Me dijo que nadie hace nada gratis. Yo pienso que sí, que él lleva la razón. Pero así y todo no le pienso pagar esa cantidad tan bestia. Me dice que doscientos, le digo que cien, al final quedamos en ciento cincuenta. Le doy ciento cincuenta libras y le dejo, por fin, tranquilito, contando (imagino yo) el dinero que me había ido birlando a cada rato: cien de taxi, doscientos del segundo taxi, ciento cincuenta de mi servicio y… sorpresa sorpresa, cien libras más que se había adueñado tras cambiar mis dólares por libras. Su habilidad de prestidigitador, sumada a mi ignorancia en el idioma árabe y mi necesidad de que alguien me ayudara al menos durante ese primer día, convirtieron esta primera aventura en la, con diferencia, más onerosa de todo mi viaje.

Fue, sin lugar a dudas, la peor forma de comenzar un largo viaje por un país. Me quedó una sensación de imbécil al acecho de cualquier timador (si es que se le puede llamar así a alguien como él) que no se me quitó hasta el día siguiente, y que se diluyó en las siguientes jornadas donde conocí a gente estupenda, siempre egipcios (hombres) que hasta me ofrecieron, en algunas ocasiones, dinero, casa, comida y transporte gratuitos.

Quería dejar esto escrito. Casi hasta que me da vergüenza. El total de lo que me birló eran unos 60€ al cambio, una cantidad considerable habida cuenta de que mi viaje era low-cost. Haber gastado eso en el primer día me hizo bastante ahorrador a lo largo de la primera semana, para compensar.

Volví al hotel con esa sensación de víctima de un robo, con ganas de mandar todo el viaje a la mierda. Que la habitación del hotel estuviese a unos diez grados y que las dos mantas no ayudasen a mitigar el frío no ayudó a mejorar mi penosa situación.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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