Mi viaje por Egipto – Los obreros de la estación – Tercer día

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No fui nada humilde en la propuesta de longitud del último post. Quizá me pasé pero espero haber aclarado bien cómo uno se va dejando llevar hasta que no hay más remedio que sentirse engañado.

El segundo día en Egipto fue todo lo contrario. Me desperté muy temprano por la mañana y fui a dar un paseo por Hurghada. Mi intención era encontrar una playa bonita donde hacer fotos y sólo encontré un semi-vertedero público que nada tenía de agradable. En Hurghada, como en muchas ciudades turísticas de pura cepa no hay absolutamente ni un hueco libre para el bañista sin dinero, por lo que este tiene que buscar por sí mismo un lugar donde desarrollar su afición lejos de los circuitos turísticos y las zonas más céntricas. En Hurghada esto era casi imposible. Querer salir de la ciudad para encontrar estas playas implicaba andar durante varias horas, primero por la ciudad y luego por un buen cacho de desierto hasta llegar al agua. Lo descarté en cuanto Google Maps me dio una visión general del lugar. Así que decidí agarrar todo mi equipaje y marcharme de esa ciudad que tan mal rato me había hecho pasar en la primera ocasión en la que tuvo oportunidad. Fui en taxi a la estación de autobuses, me acuerdo de que fijé el precio del taxi en 15 libras egipcias, fueron unos 10 minutos de coche. Por supuesto que estas 15 libras egipcias nada tenían que ver con el dinero que me aseguró el improvisado guía que costaba llegar al banco. Intentando olvidar todo el día anterior, llegué a la estación y tras preguntar al camarero, a los que vendían entradas y a varios conductores de autobuses (a parte de la comprobación online de los horarios), me senté a esperar… sobre las doce del mediodía.

Estuve esperando unas 6 horas y esto fue lo que pasó:

-Vi cómo unos obreros iban al turno del mediodía de su trabajo. Me di cuenta de ello más tarde, cuando volvieron.

-Negué unas siete veces a un chico de dos años menos que yo a que me limpiase los zapatos. Le dije que aún no estaban lo suficientemente sucios y que en veinte días volvía y le dejaba que me los limpiase. Esto se lo dije con el mejor humor que podía tener tras la amarga experiencia pasada. Estuvieron intentando limpiar zapatos durante cinco horas en la estación, conté unos 4 clientes en total. Y a tres liras la limpieza no puedo decir que este trabajo tenga mucho futuro.

-Pedí un té y una botella de agua en la estación y me quedé mirando los autobuses, escuchando la versión Deluxe del disco Goodbye Yellow Brick Road de Elton John (disco que llegué a reproducir unas 20 veces en todo el viaje) y sin leer absolutamente nada.

-Un alemán llamado Florian llegó a la estación, vio que era turista y vino a mi lado para contarme su plan y preguntarme por el mío. Le comenté cuál era mi idea y él la suya, aunque él se iba directo a el Cairo y yo iba a ir primero al sur, la verdad es que todo era muy parecido. Compartimos nuestros correos y se marchó en el primer autobús a el Cairo. Fue afortunado porque sólo espero varias horas.

-Numerosos niños de unos 6 a 10 años vinieron a mi silla a pedirme caramelos (estaba comiendo los M&Ms que me sobraron del aeropuerto) y dinero. Especialmente dinero. Luego apareció su madre y lejos de espantarles, me pidió ella el dinero, señalándome a un bebé que llevaba en su regazo. Le dije que “lah lah lah, no money”, y le mostré mi bolsa de caramelos. Tras pensárselo un rato aceptó que le diese unos cuantos.

Mi actitud frente a la pobreza del país no varió mucho a lo largo del viaje. Tienes que crearte una coraza bastante cínica ante todo lo que ves delante de tus ojos. Al final te acostumbras a las condiciones de la gente del país, a los niños descalzos casi rogándote por unas pocas monedas. En algunos casos podían conmigo y les daba algo pero mucha gente me comentó que dar dinero a esos niños es malacostumbrarles a un estilo de vida del que probablemente puedan salir de encontrar un trabajo o de educarse bien. A sabiendas de que daba el pescado y no la caña, lo seguí haciendo.

-Algunas familias enteras llegaban a la estación. Había un señor con un niño pequeño de unos 11 años que se dedicaba a meter las maletas dentro de los autobuses. La gente le daba una libra como propina y el niño era, realmente, el que hacía todo el trabajo. El niño era como una hormiga, levantaba las maletas con una fuerza que sacaba de la pura necesidad por ayudar a su abuelo y también se llevaba alguna buena paga. El trabajo no le disgustaba, se divertía correteando de aquí para allá y haciendo bromas con su abuelo, ya un poco mayor para seguirle el juego. Tampoco era un trabajo de mucho futuro pero podría decir que ese señor tenía un trabajo ya pagado, y las propinas eran una buena ayuda a su sueldo.

 

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-Los obreros volvieron y algunos se sentaron en las mesas de mi alrededor. Uno de ellos, de mi misma edad, me pregunto que qué hacía ahí, que a él le había dado tiempo de ir a trabajar, comer y volver a su casa y que yo seguía allí. Le dije que iba a Luxor y que estaba esperando a las siete, cuando me dijeron que un autobús salía para esta ciudad. Él se levantó y habló con uno de los responsables de la estación. Vino a mi mesa y me dijo que no me preocupara, que en cuanto saliese el autobús me avisaba. Yo le pregunté que de qué manera me avisaría y él respondió de nuevo que no temiese, que esa misma noche estaría en Luxor. Se sentaron también algunos amigos suyos, insultantemente jóvenes y sucios de la obra. Jamás había visto a chavales tan jóvenes llegando del trabajo. Se montó un grupo de unos seis egipcios a mi alrededor y comenzó, desde entonces, una actitud amistosa que no se separó de mí en todo el viaje. Intentando hablarles en inglés, mezclado con algo de turco y mis 5 palabras en árabe, logré hacer una carta de presentación bastante entendible por todo el que pusiese un poco de interés. Se preguntaban muchos que qué me había llevado a Egipto y yo les dije que toda su cultura y, ante todo, conocer a las gentes del lugar. No les dije que esa era, en realidad, la primera vez que un egipcio se paraba para hablar conmigo en tono amistoso y sin pedirme dinero. Me invitaron a una bebida extrañísima, picante y caliente. Por lo que me dieron a entender se trataba de una infusión de jengibre y a día de hoy no sabría ponerle su nombre correcto. Compartieron conmigo no sólo la bebida sino algo de pan y me ofrecieron tabaco. Me negué a lo último pero acepté el pan y la nueva bebida. Me pareció algo bastante fuerte pero entiendo que tengan la necesidad de bebidas nada suaves que no incluyan alcohol. Ninguno de los egipcios que conocí bebía alcohol.

Tras una hora hablando con ellos, el encargado de la empresa de transportes que me iba a llevar a Luxor hizo aparición. Era un hombre, con bastante mejor inglés que la media, que me agarró del brazo, me separó del grupo (no sin antes despedirme del resto) y me llevó directo a la carretera. Le pregunté a prisas que cuánto costaba el bus, que dónde estaba porque no lo veía y que cuánto tardaría el viaje. Me dijo que no me preocupara porque pagaría en el autobús y que a Luxor se tardaban dos horas Insha’Allah (si dios quiere). Tardó unas cinco. El autobús no se metió en ningún momento en la estación y si no llegase a ser por este hombre (y por los que se sentaron a mi lado e hicieron que toda la estación se enterase de que un turista quería ir a Luxor) hubiese perdido el último autobús.

El bus era cochambroso. Lo llenaron de gasolina justo al salir de la ciudad. Nos internamos en una autopista que cruzaba todo el desierto. Intenté dormir y lo conseguí a la mitad del camino. Un poco más adelante paramos en una especie de área de servicio. Este área de servicio consistía en gasolinera, cocina, restaurante (de aquellas maneras) y una buena sala para rezar de maravilla. Yo fui a los baños, que estaban separados del resto del recinto. Eran baños turcos y, como es lógico, estoy acostumbrado a sus peculiaridades.

Cuando entramos en el valle del Nilo vi el primer coche accidentado de todos, y el primer control policial. Estos controles consistían en badenes que impedían cualquier maniobra brusca o evasiva, además de algunos obstáculos que se sorteaban por eslalon. Los vehículos, al llegar a dichos controles, reducían de manera drástica la velocidad, no sólo para parar en caso de petición militar sino también para que las suspensiones de sus coches machacados no sufriesen innecesariamente.

Al llegar a Luxor un taxista bajo los efectos de la marihuana me convenció de que entrase en su tartana motorizada para llevarme al hostal que, curiosamente, recibía el nombre de “Bob Marley”. Como era tan barato y yo estaba tan cansado acabó por convencerme.

Desperté a la dueña del hostal y a su hija pequeña porque ya era la una de la madrugada. Le pedí mil veces disculpas por ello y le dije que pensaba agarrar el autobús unas horas antes pero que, por hache o por be había esperado en la estación hasta las tantas. El hostal estaba bastante bien, y de hecho voy a deciros su nombre para que, en caso de que queráis visitar Luxor, os alojéis en él: Hostal Bob Marley Peace & Boomerang. Hay otro con un nombre parecido pero no tiene lo de “Boomerang” de apellido. Y lo mejor de todo era el precio: 4€ la noche por una habitación individual y baño compartido, a cinco/diez minutos del centro, con un desayuno bastante bueno y barato y con los tours mejores y más baratos de los que se pueden contratar en hostales de esta ciudad.

Bien, ya me encontraba en Luxor e iba a dedicarle los siguientes tres días.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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