Mi viaje por Egipto – Muerte en Alejandría

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Viajar por países como Egipto tiene una clara ventaja: todo es mucho más barato. No hablo del Cairo, ni de Alejandría, pero el resto de ciudades y pueblos que visité tenían un coste de vida muy bajo. En el propio Asuán me encontré pagando, por una habitación privada, 4,50€ diarios. Eso convierte la vida en Egipto en unas dos o tres veces más barata que en los países de Europa. Salvado el problema del visado, vivir durante un año en Egipto como mochilero no debería superar los 3000 o 4000 €.

Por lo general, cuando alguien viaja muchas semanas, se suele pensar que dispone de un colchón económico muy grande. Yo no he dado la vuelta al mundo, pero los que lo han hecho afirman que, viajando por Asia, llegan a gastar viajando mucho menos que viviendo en sus ciudades de origen. Los que vivimos en el primer/segundo mundo lo tenemos fácil para viajar por el tercer mundo. Los que viven en el primero, y ganan sueldos abundantes, como los estadounidenses, británicos y alemanes… consiguen disfrutar de una jubilación anticipada en cualquier lugar que les apetezca, sin necesidad de trabajar y sin privarse de ningún lujo. Acostumbrados como estamos a endeudarnos, a pagar una hipoteca, y a vivir en la misma ciudad durante toda una vida (la población española es una de las más sedentarias del planeta), vemos con cierta suspicacia a aquellos viajeros que consiguen llevar a cabo uno de los sueños más comunes de la mayoría de la gente: viajar por el mundo.

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Tailandia, por ejemplo, es el país de las sonrisas, pero también el país de las startups. Una conexión de Internet y una inversión de unos 5000€ (el primer año) es suficiente como para iniciar un negocio a través de Internet. Muchos diseñadores gráficos y programadores deciden migrar a ese país para, con varios proyectos mensuales, vivir más que decentemente.

En estas cosas estaba pensando yo cuando cambiaba de la estación de aubobuses a la estación de trenes en el Cairo. Para llegar a esta última tuve que atravesar un mercado lleno de gente y puestos de venta de alimentos y ropa. El plan era visitar Alejandría, una ciudad al norte de Egipto famosa por su antigua (y desaparecida) biblioteca. Tenía entendido que era la ciudad más europea de todas en Egipto, que los precios aumentaban un 30% con respecto al resto del país y que merecía la pena pasar, al menos, varios días en ella. Eso hice yo, y lo hice inconsciente de que en el tercer día de mi estancia iba a tener lugar el aniversario de la revolución: el 25 de enero.

El Ministerio de Asuntos Exteriores español tiene una web donde se recomienda qué hacer antes de viajar a un país, además de qué precauciones tomar una vez llegados a él. Yo no fui en ningún momento consciente de la peligrosidad de rondar por algunos lugares de Alejandría, en según qué días.

 

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El primer día visité la Biblioteca. Entré con un importante descuento gracias a mi carnet turco de estudiante universitario, tras haber atravesado al menos tres controles. Impedían también entrar con una mochila, que había que dejar guardada en unas taquillas puestas a disposición de todos tras pasar el primer control. Me pareció una medida exagerada, y compadecí a los pobres estudiantes alejandrinos que, para entrar a consultar bibliografía, tenían que pasar por ese pandemonio de policías y militares. Por dentro, la biblioteca era una maravilla. El sol se colaba a través de los grandes ventanales de modo que el uso de luz eléctrica fuese casi innecesario. Alejandría es una ciudad con horas de sol la mayor parte de los días del año, y tiene sentido la creación de un edificio de esas características. Por otro lado, me pareció un derroche y una muestra de poderío arquitectónico que contrastaba grotescamente con el resto de zonas más pobres de la misma ciudad. Fui a ver, por ejemplo, unas catacumbas en la zona suroeste, y los edificios estaban en un estado preocupante.

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Ese mismo día, el de las catacumbas, había decidido ir a visitar la Ciudadela, uno de los lugares más bonitos y tranquilos de toda la ciudad. Recuerdo que fotografié a un militar apostado con una metralleta en el tejado de una de las instalaciones que se encontraban alrededor del castillo, sentado en una silla de plástico y con una gorra beige. En todo lugar, como dije en algunos otros posts, podía encontrar a militares y policías en constante vigilancia.

Una vez vista la Ciudadela fui, ya lo he dicho, a ver las catacumbas. ¡En un Lada!

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Era domingo y me sorprendía la poca cantidad de gente que había por la calle. Yo era la única persona que andaba por una de las arterias de la ciudad, Al Naby Danyal, y me disponía a llegar al hostal. En ese momento, mire detrás de mí: a quinientos metros una fila de siete tanquetas estaba desfilando paulatinamente hacia el norte de la ciudad. Nadie, no había nadie más, era yo el único que caminaba por ahí. Decidí meterme en un parque y ver con algo de distancia a qué se debía esa procesión. Parecía un recorrido rutinario, una suerte de patrulla. Continué mi camino, sin pensar mucho más en los tanques y camiones llenos de militares que acababan de pasar. Pero sí, recuerdo claramente cuánto me llamó la atención encontrarme caminando yo solo por esa gran avenida.

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A unos pocos metros de llegar a mi hostal escuché, por primera vez en mi vida, disparos de metralletas. Al fondo de la plaza Saad Zaghlol, justo en la esquina contraria a la que se encontraba mi hostal, un numeroso grupo de personas estaba intentando celebrar o reivindicar de alguna manera el aniversario de la Primavera Árabe. Entonces no me costó mucho descubrir el porqué del asombroso despliegue militar. Desde mi posición pude ver el enorme revuelo que en pocos minutos se armó y, aunque no identificaba más que siluetas a lo lejos, tuve la intuición de que algo muy grave estaba pasando. Cuando los disparos dejaron de parecerme petardos, corrí hacia el hostal, del que no me moví en toda la noche.

Según esta noticia, un protestante murió en ese tiroteo. Y trece más en la capital.

Me enteré varios meses después.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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