Mi viaje por Egipto – Pedradas y controles militares

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El ejército en Egipto está por todos los sitios, cuando en España es difícil encontrarse a un militar en activo, y mucho menos vestido como tal, salvo en algunas zonas cercanas a los cuarteles.

Cuando me marché de Alejandría lo hice en tren. No lo conté en anteriores posts pero me comentaron que la carretera entre el Cairo y Alejandría era una de las más peligrosas del país, por lo que un viaje en autobús podría ser más arriesgado de lo normal.

En el tren me senté al lado de Amira, una ingeniera alejandrina que viajaba a El Cairo para ver a su familia. Me puse a ver un capítulo de Cuéntame que había descargado la noche anterior para divertirme durante el viaje, por lo que no entablé conversación con ella hasta que surgió algo inesperado. De hecho, ahora que lo recuerdo, tuiteé lo siguiente:

violentocuéntame

En efecto, Amira estaba rezando el Corán, pero de una manera bastante más extraña de lo normal: estaba usando una app para Android. Me pareció muy curioso y, por respeto (y porque yo ya estaba con mis propios entretenimientos), no hablé con ella.

capturatren

Al cabo de varias horas, a unos cincuenta kilómetros de El Cairo, y ya terminado el capítulo de Cuéntame, decidí dejar mi mochila en el asiento y levantarme para ir al servicio. Sí, el tren en el que me había subido era bastante más decente que aquel que me llevó de Luxor a Asuán. Tenía baños, ventanas y asientos bastante cómodos.

Me levanto, y comienzo a caminar hacia la parte trasera del vagón, cuando de repente oigo un enorme estruendo a mi espalda. Desorientado, me giro al lugar del que provenía el ruido. La ventanilla de la fila que estaba justo enfrente del lugar que ocupábamos Amira y yo había recibido el impacto de una piedra de grandes dimensiones. Estaba rota en mil pedazos, y había dejado un reguero de cristales por todo el asiento y parte del pasillo del tren. Alguien nos había apuntado desde el exterior y su piedra había ido a parar ahí, probablemente algún niño gilipollas.

El que ocupaba ese asiento era un hombre de unos 45 años. El golpetazo le había dejado la cara llena de sangre y la ropa plagada de cristales, pero parecía consciente. A su izquierda viajaba sentado su hijo, de unos 11 años, que no recibió ni un rasguño. Me sorprendió lo calmado y sonriente que estaba, como si fuese lo más normal del mundo ser apedreado mientras se viaja en transporte público. Amira y yo le hicimos un hueco en nuestra plaza y estuvimos jugando un rato con él para hacerle más amenos los minutos que quedaban hasta llegar a nuestro destino. Corrimos, eso sí, todas las cortinas para evitar que otra piedra pudiese atravesar la ventana y volver a hacer daño a alguien. El resto del viaje fue tranquilo, como digo, conocí a Amira. Tuve la oportunidad de conocer a una egipcia moderna, activa políticamente y muy crítica con la situación de su país. Algo que, claro está, no podía expresar de una manera totalmente abierta, ya que estábamos en un tren con quién sabe qué más gente escuchándonos.

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Contándonos chistes en el tren, después del incidente 😀

Cuando llegué conocí a Nelson, un mexicano (no sería el último) musulmán que estaba haciendo, como yo, un largo viaje por ese país, además de por Jordania. Cuando le comenté que hacía Erasmus en Estambul me dijo que él había conocido a otro Erasmus de Estambul en su viaje por Jordania, pero italiano. Yo no pensaba que se iba a dar la casualidad, ¡pero resultaba que uno de mis compañeros de piso italianos en Estambul se había ido también a ese país! En efecto, el mundo es un pañuelo, estábamos hablando del mismo italiano.

Horas más tarde me encontraba en un autobús que me iba a llevar hasta la Península del Sinaí, donde realizaría un tour hasta la cima de la montaña homónima. El viaje iba a ser muy machacante, pero no quería perder la oportunidad de visitar esa zona. Me quedaban ya unos 4 días en el país, y mi intención siempre había sido la de recorrer todas las regiones posibles del país, para así tener una perspectiva general del mismo. El bus iba a tardar, en principio, unas 7 u 8 horas. Salimos a las 10 de la noche, pocas horas después de mi llegada en tren a la ciudad.

El primer control tuvo lugar antes de pasar por el Canal de Suez. Detuvieron el autobús una media hora para comprobar las “chantas”. Dos pastores alemanes sintieron especial predilección por la mochila de un egipcio albino. Los militares se llevaron su maleta y, tras una inspección que duró bastante tiempo, seguimos nuestro camino. Intentando volverme a dormir, a las dos o tres de la madrugada, y ya pasado el Canal, tuvimos que volver a parar. En este segundo control nos hicieron bajar del autobús, y mandaron colocarnos en fila para comprobar nuevamente nuestro equipaje. En esta ocasión, el albino tuvo más suerte y no le dedicaron tanto tiempo, pero hubo problemas con los materiales que una mujer llevaba en su bolso de mano. Claro está, no me enteré de nada. A mí me pedían el pasaporte y poco más, en mi maleta solo llevaba ropa.

Se sucedieron los controles, al menos dos más.

El paisaje mutó desde la más pura oscuridad, al desierto más aburrido y homogéneo, solo animado por los tendidos eléctricos y algunos puestos de fruta al pie de la carretera. Hicimos una parada en la ciudad de Sharm el Sheikh, donde se bajó la mitad del autobús. Al cabo de unas tres horas más llegamos, por fin, a Dahab, un pueblo encantador en el que me hubiese gustado pasar más tiempo, pero que me sirvió para dormir justo antes de realizar el tour.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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