Mi viaje por Egipto – Poblado nubio

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No recuerdo bien por qué pero me convenció. El tío tenía labia, he de admitirlo. Me estuve intentando zafar de él durante un buen rato hasta que pudo con mis reticencias. Agarraba su camello con el brazo derecho, parecía hacerlo con mucho esfuerzo. ¡Menudos palazos le arreaba después!

Las vistas desde las alturas eran impresionantes: el río Nilo estaba a mis pies, bañando todo Asuán. No recuerdo el nombre del lugar ahora, pero me encontraba en una loma a medio camino entre la parte occidental del Nilo y el templo de Aga Khan.

Estuve una media hora (tenía prisa ya que si no mi camellero se iba a marchar) descubriendo las celdas que estaban excavadas en la montaña. Me metí en las que tenían más altura e hice algunas fotos. También había turistas que, como yo, sentían curiosidad por esos huecos artificiales en la tierra con miles y miles de años.

Cuando vio que regresaba, hizo que el camello se tumbara. Me subí, puse la mochila sobre mi pecho, saqué el móvil y me dispuse a grabar la peripecia. Echamos a andar y el camellero permaneció durante unos minutos conduciendo el camello a pie. Hablábamos de tonterías, y al tío se le veía de muy buen humor. Tendría mi edad, o quizá era algo más joven. Estaba vestido al modo egipcio del desierto, con su hijab y sus ropajes blancos y cómodos. Al cabo de un rato me di cuenta del porqué de vestir de esa manera, ¡el calor y el viento con arena!

Al rato me avisó de que se iba a montar él. Yo me preparé para que el camello hiciese sus movimientos. La maniobra se completó en dos fases: primera fase, genuflexión; segunda, desplome. Se sube el amigo, y con la pértiga le comienza a dar de palos al pobre animal. El maldito camello comienza a correr. Os podéis imaginar que dos adultos de metro ochenta en un camello que corre a cierta velocidad es una de las mejores maneras para reducir las probabilidades de tener descendencia. Al cabo de cinco minutos de dolor inaguantable le dije al camellero: slow fucking down!

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Y aminoró un poco la velocidad. Nos acercábamos al lugar más turístico de esa parte del desierto, el templo de Aga Khan. Le pregunté cuánto quedaba para llegar y él, esta vez, no me repitió el mantra de cuando Alá quiera, sino que consideró que nos quedaba media hora. Ni loco me iba a tirar yo media hora de ida, y media hora de vuelta en camello. Además, la cantidad de dinero que llevaba encima para poder pagar al camellero no era suficiente como para darle lo que se merecía por una hora:

-I don’t have enough money, mate. We should stop.

– No problem, friend, no problem. Money no problem.

-I want to pay you what you deserve, but if we go that far…

Y así seguimos hasta que me cansé.

-There are (sic) snakes, here?

-Ye, is good! Don’t worry.

Le dije: I’m going tomorrow to Abu Simbel, in the very morning. Me dice: don’t worry, you sleep village today, you go tomorrow. In the morning, you go to other side.

El cabrón seguía azuzando al camello para llegar al monasterio.

Me rendí. Dimos media vuelta. Me dijo, vamos a mi pueblo. No, no hace falta, no tengo dinero ni para pagarte el camello. No problem dinero, el asunto es que estés very happy.

Unos amigos de mi improvisado guía, que también montaban a camello (no pasarían de los quince años) se unieron a nosotros, a cierto punto, en medio del desierto (ahí no se veía ni poblado ni nada). El camellero insistía, así que yo me dejé llevar (con ganas de bajar). Al cabo de unos 20 minutos de botes, divisé un pueblecito. Entramos justo al lado de unos chavales que estaban echando un partido de fútbol. La cancha era de arena. El pueblecito no tenía nada que ver con Asuán, una ciudad con edificios bastante antiguos pero moderna en general. Este pueblecito tenía una red eléctrica que conectaba debidamente todas las casas. Las viviendas eran unifamiliares, y bastante grandes, pero de sólo uno o dos pisos. Estaba hechas de cemento, y algunas pocas con ladrillos. Me llamó la atención el colorido de los edificios, algunos con dibujos y motivos étnicos. No nos cruzamos con nadie desde la entrada del pueblo hasta la puerta de su casa.

Yo por entonces no lo sabía, ni siquiera salía en Google Maps, pero estaba entrando en el Poblado Nubio de Asuán. Para mi amigo camellero, claro, ese pueblo era su casa, no un destino turístico.

Dejó atado al animal en un poste de la luz, y abrió la puerta a su casa. Me dijo que fuese a sentarme, que enseguida me atendía. Yo le dije que no hacía falta, pero me sentía bastante a gusto y no quería marcharme. En fin, él se metió en una habitación y enseguida llegó la que, según entendí, era su hermana, para limpiar una mesa y poner una bandeja. Yo sólo decía gracias, todo el rato, en árabe. Al rato salió de su habitación, sin los ropajes del desierto. Me dejó un cargador para mi móvil, y me preguntó si quería algo para comer. Le dije que un vaso de agua era suficiente. Cruzó algunas palabras con su hermana y la muchacha se metió en la cocina. La vivienda consistía en un gran patio bien limpio y pavimentado con baldosas. Al lado de la entrada estaba la cocina. En un segundo bloque se encontraban tres habitaciones. Por último, la edificación más grande de su finca consistía en un chalet con terraza, piso inferior y superior, imagino que con más habitaciones y salas de estar. La casa no estaba nada mal. Desde luego que les iba bien, porque vi a otros egipcios que no vivían en tan buenas condiciones… un camello ha de costar algo de dinero y luego, al conocer a su hermano (que iba en un jeep), me di cuenta de que se trataba de una familia con buenas condiciones económicas (dentro de la media en Egipto), y que dependían enormemente del turismo.

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Me trajeron un té gigantesco, azúcar, y unos bizcochos caseros excelentes (cuatro o cinco porciones). Así pasé unos minutos, mirando el móvil (vídeos y demás, porque ahí no había internet) y contemplando el patio de la casa. El chico vino comenzó a hablar algo conmigo. Las conversaciones que tuvimos no tenían mucha enjundia, porque su inglés no era gran cosa, pero era lo suficientemente simpático como para encontrarme muy a gusto. Yo le contaba cosas sobre mí, de mi vida en Turquía y en España, y a qué me dedicaba-

Al cabo de una hora salimos de su vivienda, con el famoso camello. Llegamos a la carretera principal y se cruzó con el que parecía ser su hermano, iba en un todoterreno Toyota blanco con la caja trasera abierta y ocupada por dos turistas. Llamó a un niño y le dijo que se hiciese cargo del camello. Me dijo que montase en el coche, con su hermano, y le hice caso. También fue una aventura interesante.

Él se puso en medio, y yo a la derecha. Su hermano, a la izquierda en posición de conductor. Me recordó enormemente al opening del Far Cry 2, un todoterreno a lo largo de la jungla. El salpicadero estaba lleno de adornos, con el sempiterno libro sagrado en medio (y después de mi paso por el Cairo, creedme, llegué a pensar que les servía de algo, porque la manera tan loca de conducir en Egipto no sería sostenible en ningún país europeo), y música reggae. Se encendieron un porro. Me ofrecieron y dije que no. Comencé a grabar otro vídeo. De verdad, sólo podía pensar en el Far Cry 2. La mejor sensación de ese videojuego era precisamente la que estaba yo viviendo ahí en persona.

Llegamos a un hotel, que se apellidaba “…nubio”, ahí fue cuando me di cuenta de que había descubierto el poblado Nubio sin siquiera darme cuenta. Bajaron los turistas, pagaron al conductor, y volvimos hacia lo que parecía ser el embarcadero al que había llegado hacía varias horas, antes de cruzarme con el camellero por primera vez.

Al conductor le gustaron mis gafas. El camellero me dijo: oye, a mi hermano le gustan tus gafas. Como me parecía que, en cierto modo, había pasado por una experiencia estupenda, y esas gafas no eran nada del otro mundo (unas gafas de sol compradas por Amazon, muy baratas), se las regalé. También pagué unas 30 libras, que era todo lo que llevaba encima, por el viaje en camello… y me sentí bastante mal porque sabía que toda la experiencia, y la hora y pico que estuve encima del camello, valían bastante más… pero también era cierto que el camellero había comenzado a verme como un amigo al rato de comenzar nuestra pequeña travesía por el desierto, y que me había hasta ofrecido quedarme a dormir en su casa. Así que la relación pasó de ser “sólo de negocios” a tener una vertiente amistosa. Para que os hagáis una idea, 30 libras egipcias dan para bastante en Egipto, pero no son más de 4€ al cambio… Me sentó mal no disponer de más dinero.

Tomé la siguiente embarcación y llegué al hotel, había que madrugar mucho para el convoy del día siguiente hacia Abu Simbel.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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