Mi viaje por Egipto – Safari por el Desierto Blanco

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Llegamos a Qasr al-Farafra, una población perdida en el oeste del país. Era, con diferencia, el lugar más pobre que había pisado desde que llegué a Egipto. El autobús se paró en la calle principal ya que el pueblo carecía de estación. Me dispuse a bajar y a esperar a que alguien apareciese con un cartel con mi nombre escrito. Al cabo de unos minutos, un señor de unos 45 años y de aspecto humilde me condujo hacia su vehículo, un 4×4. Dejé mi mochila en la parte trasera y nos dirigimos hacia un hotel, donde teníamos que comer y esperar a que el sol bajase para iniciar nuestro safari por el desierto.

El safari consistía en pasar una tarde viajando hacia el corazón del Desierto Blanco, hacer noche en algún lugar inhóspito, y al día siguiente visitar las curiosas formaciones rocosas que se encontraban a pocos kilómetros. Para ello, necesitábamos un guía y un coche preparado para andar por el desierto. Nos tocó en suerte un beduino, con un nivel de inglés más que aceptable, aunque con un vehículo de hacía una veintena de años: un Toyota Land Cruiser, si no recuerdo mal.

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Al safari también se unió una coreana del sur, de unos 35 años, que era profesora de historia en un colegio de secundaria en alguna ciudad grande de su país, cuyo nombre no recuerdo. Hablamos un rato mientras comíamos el menú típico de esa región y, al cabo de una o dos horas, iniciamos la marcha hacia el Desierto Blanco. El beduino echó gasolina mientras que  yo compraba algunas cosas para comer y botellas de agua para los tres. Si bien en el precio del tour se incluía todo, quería evitar problemas posteriores en un lugar donde no tendríamos establecimientos a menos de 50 kms a la redonda. Luego me di cuenta de que el beduino tenía en el coche un depósito de agua de unos 30 litros, además de comida para varios días.

 

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A continuación os comparto un vídeo del bellísimo camino desde la carretera hasta el lugar donde acampamos. Antes del mismo, pudimos visitar un manantial de agua caliente, aunque decidimos no bañarnos en él.

 

 

Llegamos al lugar de acampada y estuvimos un rato hablando con otro beduino y la pareja que estaba llevando consigo. Eran de Costa Rica. La verdad es que sorprendía hablar en castellano en medio del desierto pero… ¡así es el mundo! Compartimos un té, nos despedimos y luego nos dirigimos unos cientos de metros con nuestro todoterreno hasta alcanzar la otra cara de una gran duna de arena. El beduino conocía bien el lugar. Aparcó el vehículo tras hacer algunos cálculos con respecto al viento y comenzó a montar el campamento. Yo fui con mi nueva amiga coreana a hacer fotos alrededor del lugar. Se respiraba un aire cálido y reconfortante. El suelo donde aparcamos tenía algún rastro de antiguos campamentos pero, sinceramente, me pareció un lugar recóndito. En las horas posteriores no escuchamos ni un solo ruido y, al ponerse el sol, las estrellas en el firmamento brillaron más intensamente que nunca. No me quité las lentillas hasta que ya no pude más. El cielo era espectacular.

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El beduino preparó una fogata y nos dispusimos a cenar. De nuevo, esa maravillosa sopa con el punto justo de picante, que tan adictiva me pareció días antes.

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Al día siguiente entramos, por fin, en el desierto blanco. Para muestra, esta siguiente fotografía:

 

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Quedan unos tres o cuatro capítulos más de esta serie de posts por Egipto. Pienso compilarlos todos más adelante en un eBook. Lo que me queda por contar es lo siguiente:

-Mis días en Alejandría.

-El viaje accidentado al nordeste de Egipto.

-La subida al Sinaí.

-El regreso.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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