Mi viaje por Egipto – Vagón militar

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Estoy en Lúxor, Egipto. 15 de enero de 2015, mi primer enero en África. Me despierto muy pronto para evitar problemas en la estación. Ayer conseguí mis billetes en la máquina expendedora, era la única que todavía funcionaba. Marcho hacia Asuán.

Se supone que el tren sale a las 10:00. Tengomi asiento reservado, es de segunda clase pero espero tener la posibilidad de descansar un poco y leer algo, porque llevo todo el viaje sin leer. Me encuentro en la estación con varios limpiadores y un grupo de militares que hablan entre ellos. Algún niño se me acerca para que le dé dinero pero me niego, sentándome en el suelo y enchufándome los auriculares.

Al cabo de unos minutos, decido salir al andén. Son unos cuatro activos, pero de ello me doy cuenta demasiado tarde. Esperando sentado, veo delante de mí un tren, en el andén dos, que está cargando a mucha gente. No pregunto a nadie, escucho música y veo cómo las familias egipcias se acomodan en sus asientos y ponen todos sus enseres en los portaequipajes. El tren se corresponde con un Cercanías español… de hace 20 años.

Espero en el andén un rato más. Mi tren no llega. Decido comprarme algo para el camino y, aunque sé que me engaña con el precio, pago con mucho gusto 5 libras egipcias por una bolsa de patatas fritas y unos bizcochos. Ya tenía bastantes pastas de mi trayecto desde el hostal a la estación, donde me metí en una confitería… quizá la única de toda la ciudad.

El tren que tenía delante de mí parecía a punto de marcharse. Ahí me inquieté un poco. Mirando a un señor que estaba a mi izquierda le pregunté en inglés si el tren que tenía enfrente era el que se dirigía hacia Asuán. Me lo confirmó.

Pero ya había sonado el silbato de salida. Intenté agarrar todo mi equipaje y, enmenos de lo que canta un gallo, me encontraba bajando las escaleras para atravesar los andenes y llegar al tren. Cuando subí las escaleras al andén número 2, mareado y jadeante por el repentino esfuerzo, mi tren ya había alcanzado la suficiente velocidad como para no atreverme a montar saltando en él: lo había perdido y me tocaba esperar al siguiente.

Miré Internet. No había más trenes disponibles. Pregunté qué hacer al mismo señor de antes. Me dijo que había otro, en tres horas, pero que igual no lo podía coger. No pregunté por qué y me fui al puesto de turistas de la estación.

Pero en Egipto los servicios turísticos públicos no son como los de otros países, donde todos los horarios se saben por anticipado y donde siempre hay información de primera mano, folletos, mapas detallados, etc. Ahí no me dijeron nada. En Egipto se llega adonde quieres llegar Insha’Allah, si a Alá le da la real gana de que llegues. Y Alá, ese día 15 de enero, tuvo la amabilidad de hacerme pasar por una de las mejores experiencias de todo el viaje.

Esperé otras dos horas. Había un tren de categoría incógnita que iba a pasar por Luxor y llegar a Asuán en tres horas. Yo esperé, con mucho cuidado de no perderlo en esa ocasión. Para entonces, ya había comido todas las pastas, todos los dulces confitados y todas las patatas fritas. El agua que me quedaba la quise reservar para el viaje en tren, de cuya duración no tenía la más pálida idea.

De pronto llega un tren. Era tan cochambroso que ni siquiera me levanté del sitio. Pero ya llegaba la hora fijada para partir, menos 10 minutos. No me podía creer que ese tren estuviese en funcionamiento. No tenía puertas ni ventanas, sólo el armazón de madera contrachapada para cubrir techo y laterales, la parte inferior y sus ruedas. Al menos era un tren diesel.

Pregunté de nuevo y me confirmaron que ese aparato me llevaría a Asuán. Agarré mi mochila y me dirigí al tren. Ya estaba casi lleno. Mi billete no servía de nada, porque ni siquiera servía para ese tren. Reconozco que me subí al tren sin sacar ningún ticket, más que nada porque los trenes de esas categorías no entraban en el sistema informático.

Intenté hacerme hueco pero no pude. Todos los sitios estaban ocupados por mujeres y sus hijos. El tren estaba repleto de personas, animales y cosas. Sí, animales. Había varias jaulas con pollos y gallinas, dispuestos aquí, allá y acullá. Me situé en la parte trasera del vagón, a medio metro del lugar por donde había entrado. La puerta no se cerraba… bueno, más bien no había puerta que cerrar. Un joven de unos 12 años se colocó con medio cuerpo fuera del tren para que, al partir, le diese el aire en la cara. Dejé mi mochila en el suelo embarrado del vagón y el tren inició su marcha.

Salir de Luxor fue integrarme en la belleza de la rivera del Nilo, que sólo había podido observar mínimamente en mi tour por el Valle de los Reyes. Los campos de cultivo eran de un verde llamativo. Yo venía del invierno turco, que había dejado una Estambul nevada hasta la última esquina, así que me sorprendió aún más. Había gente de todo tipo trabajando las tierras, sobre todo mujeres y… niños. Hice un pequeño vídeo. Tampoco quería sacar mucho tiempo el móvil de mi bolsillo, no por miedo a un robo que no iba a suceder (y yo era más que consciente de la honradez del ciudadano egipcio) sino por respeto. El coste de toda la tecnología que llevaba encima, comparado con la casi preindustrial de los compañeros de mi vagón, era algo vergonzoso.

Me quedé pasmado viendo el resto del paisaje. Transcurríamos plácidamente, a una velocidad moderada, por unas vías que encontré en muy buen estado, rodeadas por una estampa de película. Descubrí que lo que me pareció un vagón de cuarta categoría, contenía en sí la fauna y flora más atractiva en la que me había visto inmerso en toda mi vida. Había, como dije, madres con sus hijos, padres de familia, jóvenes, ciegos, animales que piaban, cacareaban y graznaban en una sinfonía de sonidos caótica pero agradable.

Llegó el revisor. Le comenté algo en inglés sobre los billetes pero él no me dejó hablar. ¡Qué estás haciendo ahí de pie, por dios! Me agarró y llevó al vagón inmediatamente posterior al que había ocupado, de pie, desde hacía media hora. Se trataba del único vagón con ventanas. También estaba lleno de gente, pero algo diferente había en él: uniformados.

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Entro y me dice que le alcance mi mochila, que me la va a poner en un lugar seguro. Con cuidado de no golpear a nadie, se la doy e intenta dejarla en el guardaequipajes. Me siento frente a un señor de unos 40 años, con barba de varios días, que no sabe papa de inglés. A mi derecha está Abdo, la persona con la que compartiré conversación durante las siguientes dos horas. Él es militar, 22 años. Hace el servicio obligatorio en la presa de Asuán. A lo largo y ancho de Egipto hay jóvenes militares apostados en los lugares cruciales para la economía, para la política y para la sociedad. La Armada Egipcia es una de las mayores del mundo. Por ejemplo, vi un montón de militares en el museo arqueológico del Cairo, otro tanto en cada cruce de carreteras, por no hablar de la media docena de controles que tuvimos que sufrir cruzando el canal de Suez.

Como es obvio por el tiempo que ha pasado, ya no me acuerdo bien de la conversación, pero lo primero que me da es la bienvenida al vagón de los militares, que también va lleno de distintos individuos que pertenecen a las fuerzas de la ley. La persona que está delante de mí, me dice, es un agente de policía. La conversación tuvo algunos rasgos comunes a todas las conversaciones con gente joven (masculina) que pude disfrutar a lo largo de esas semanas. La primera era su conocimiento de inglés, mucho mayor del que se le puede pedir a un español con estudios de bachillerato. La segunda era su disposición favorable al extranjero. Me llegó a ofrecer quedarme en su casa para la próxima vez que visitara Egipto. La tercera era su voluntad de marcharse del país, o directamente su conexión con personas fuera del país. Tanto el vendedor del museo de Lúxor como el militar del vagón de tren hacia Asuán tenían novias en el extranjero. El cuarto patrón común era una actitud crítica velada hacia su gobierno, que dejaban traslucir cada vez que hablaban de su situación personal o también al hablar de la suerte que teníamos los que, como yo, vivíamos en los países civilizados. Por último, hizo una serie de comentarios que pueden deberse a la educación egipcia y al sistema de valores machistas y homófobos que en sociedades africanas suele reinar (no digo en todas, no digo en toda la gente, pero sí mayoritariamente). Decirle que en mi casa era mi madre la que trabajaba, o mostrar alguna simpatía al hecho de que las mujeres pudiesen entrar en el ejército, se trataba para él un motivo de sorpresa y mofa. Abdo realizó algunos comentarios con respecto a los turistas con pasta y me abrió los ojos ante el escándalo del turismo sexual y a la trata de blancas. No me quedó muy clara su idea respecto al orden mundial. Comentarios de este estilo me devolvían a la realidad de una sociedad que todavía necesita décadas para abandonar según qué miserias . Tampoco tenía derecho a mostrarme dolido por su visión del mundo, a pesar de ser algo que yo trato de combatir activamente.

Yo simplemente sonreía, con el mismo gesto aquiescente que se dibuja en nuestras caras cuando la cordialidad está por encima de la defensa de las propias ideas.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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