Mis primeros días en la universidad como Erasmus

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Aquí estoy. He llegado y bastante bien además. No me puedo quejar de nada ya que mis profesores son bastante agradables. Parecen personas serias, con las que se puede hablar si surge algún problema y, sobre todo, son de aquellos que no ven en el examen el mejor método para evaluar al alumno.

Con esto último tengo un problema y es que los exámenes son algo bastante cerrado y seguro: si te ajustas al temario impartido entonces aprobarás con toda seguridad. Sin embargo, los trabajos personales, ensayos y monografías, son otra cosa. Ahí entra en juego la subjetividad tanto del que corrige como la del que lo elabora. Por esto, los profesores te recomiendan hablar con ellos antes de ponerte a escribir nada, de modo que te evites trabajar innecesariamente o, si ya es demasiado tarde, borrar mucho de lo escrito.

No he tenido mayores problemas en este sentido. Pasar a la Universidad desde un bachillerato en el que me tomé en serio cada clase y cada trabajo que se me pedía fue un bajón tanto de esfuerzo como de exigencias. En la Universidad el único que te exige eres tú mismo. Yo me exigía al principio medianamente, la inercia del bachillerato se notó. Lo combinaba todo con el podcast y de vez en cuando con este blog. Me alegro de haber estado siempre haciendo algo “extra-escolar” porque es lo que me ha permitido crear un guión intelectual después de todos estos años, aunque en la propia Universidad no tuviese la posibilidad de escribir sobre lo que más me gustaba.

La Universidad te trata de manera diferente. Bolonia es una patraña. Me sentí mucho mejor tratado (de manera más personal y eficaz) en bachillerato que en la Universidad. Bolonia no ha cumplido nada de lo que prometió en su momento y para lo único que ha servido es para facilitar los intercambios entre universidades. Los profesores de mi Universidad han sido en su mayor parte personas que han pasado sin pena ni gloria por mi cabeza. Tan sólo uno o dos me han dejado un buen recuerdo. Creo que más por desgracia que por suerte, mi auténtico maestro lo encontré en bachillerato. Ya hice un post-homenaje hace varios meses.

Y ahora estoy en una universidad extranjera. El sistema parece ser bien similar solo que aquí los profesores parecen más americanos. Hay uno que da gusto oírle hablar. La pena es que su asignatura no me interesa demasiado. Hay otra que me da clases de turco. Otro que me da filosofía de las matemáticas que es con diferencia el más soporífero (por edad) y, por último, otro que imparte filosofía contemporánea y que, en realidad, es un ingeniero venido a filósofo por algunos avatares de su vida.
El temario en dos de esas cuatro asignaturas me apasiona. Me quiero dedicar, como ya he dicho en muchas ocasiones, a la filosofía de la ciencia, y hablar de la filosofía de la tecnología o de las matemáticas es dar pasos adelante en pos de esa futura especialización.

Y ya está, este es mi último año de estudios generales. El año que viene voy a tener que elegir un máster que me conduzca a objetivos posteriores aún más ambiciosos (doctorado, etc).

Quería comentar un poco cómo me han ido estos días.

La primera clase fue Filosofía de las Matemáticas. El profesor tardó en llegar unos veinte minutos. Yo iba ya preparado de sobra, sabía qué aula era, en qué edificio estaba y casi casi que conocía previamente a los compañeros que iba a tener (algunos de Erasmus, pero en su mayoría turcos). La clase estaba casi llena (40 sillas en total). La mitad eran matemáticos y la otra éramos filósofos. La asignatura se va a dar de tal manera que ni unos ni otros van a encontrar muchas dificultades para entender los conceptos así que el enfoque va a ser histórico. Así es como me gustaría dar a mí una clase de Filosofía de la Ciencia, históricamente, y hablando de los conceptos de manera histórica. A veces me pregunto si no estoy estudiando para ser alguna suerte de historiador de la filosofía de la ciencia y no un filósofo en concreto.
El profesor estaba achacoso. Llegó, como digo, veinte minutos tarde. No se sentó en ningún momento en la silla (es de agradecer). El hombre era altísimo y a pesar de haberme sentado en la última fila (de cinco filas, el aula era pequeña) le veía a mi misma altura. Tenía unos gestos raros, no nerviosos, simplemente raros. Su inglés era de un nivel bastante básico y apenas se le entendía al hablar. Lo bueno es que hablaba muy lento así que siempre estabas al tanto de lo que comentaba y seguías el hilo de su explicación convenientemente. Si se callaba durante medio minuto, cuando volvían las ideas a su cabeza sonreía y continuaba con la explicación. La clase trató sobre algunas curiosidades en las matemáticas babilónicas y egipcias. ¿Sobre el inglés? Creo que no hubo ninguna dificultad, tan sólo en esas palabras que parecían turcas pero que simplemente eran un inglés muy macarrónico. El hombre no sufría al impartir la clase en inglés, simplemente se podía comprobar que hubiese estado mucho más cómodo dándola en turco. Empero, hubiese estado mucho más cómodo sentado en el sillón de su casa.

La siguiente profesora es la que nos enseña turco básico. Ya dije que conseguimos que nos convalidaran una asignatura en turco con una de las optativas en la Universidad de Zaragoza. Esa asignatura es puramente práctica y así fue. La profesora fue desvelando la típica conversación de inicio en una lengua: ¿Cómo te llamas? Me llamo tal. Encantado de conocerte. ¡Oh, igualmente! Sí, no, gracias y “pregúntale”. Lo jodido del turco son algunas consonantes. Para presentarme, al pronunciar la “c” tuve que repetir unas 10 veces la consonante, ¡y eso que mi nombre tiene dos “ces”! Pero el problema no fue sólo mío, por primera vez los españoles teníamos algún tipo de ventaja ante los alemanes (que tienen mucha más variedad de sonidos y de vocales que nosotros), había letras o palabras que les era bien difícil imitar. Algunos mantenían su error a pesar de que la profesora les corregía una vez tras otra. Imagino que es algo inconsciente. Luego estaban los ingleses, que en general tienen problemas para decir “hola” en español, así que no quiero ni imaginarme lo que debe suponer para ellos articular una frase en turco, tan alejada de sus raíces y personalidad lingüística y fonológica. Toda la clase fue una repetición de las mismas frases, por tanto fue un 90% listening, un 5% writing y un 5% speaking. Tampoco le pido más.

Benim adım Francisco. Memnum oldun. (Me llamo Francisco. Un gusto)

Luego el profesor de filosofía contemporánea, algo más joven y mucho más despierto. Se le entendía bastante bien. El inglés canadiense tiene la ventaja de ser bastante abierto y agradable a los oídos, o al menos esa es mi impresión.

El último profesor (que hace los 4: 24 ECTS) es lo que me espero de un profesor inglés: espabilado, estilo Stephen King (desparpajo, alegría, sonrisa, muchas anécdotas, etc), veloz e interesante. Quizá la asignatura no sea la que más me guste pero al menos el profesor me va a permitir aprender a escuchar un inglés académico de verdad.

El inglés es diferente hablado en la calle que en la academia, qué duda cabe. Pero también es diferente hablado en la academia que escrito para académicos. No he leído nada en inglés, podría decir incluso que he leído mucho más en italiano que en inglés a lo largo de los últimos años. No me importa admitir que ni he querido ni he tenido el tiempo suficiente como para preparar mi inglés filosófico, creo que todo seguirá su recorrido natural conforme vayan pasando las semanas, mi oído y mis escritos vayan haciéndose cada vez menos duros y me vaya soltando poquito a poco.

He pensado escribir aquí también en inglés. No me cabe duda de que algún día lo haré, aunque os aseguro que el blog no va a ser nunca totalmente en inglés, porque no es la lengua en la que pienso. De lo que sí estoy contento es de mi capacidad de comprensión oral, además de mi soltura a la hora de hablar. Las palabras se hilan casi ellas solas y apenas necesito pensar en cómo formar las oraciones que estoy utilizando. No he llegado a ser capaz de pensar en inglés, que es aquel momento en que uno puede decir: coño, sé este idioma. No, aún no ha llegado el momento, pero confío en que un día, tarde o temprano (de este año, qué duda cabe) me sorprenderé a mí mismo pensando directamente en inglés sin que el español pueda aportar ninguna palabra complicada o esclarecedora.

Hasta entonces, todo seguirá como hasta ahora. Esta primera semana ha sido bastante más cómoda de lo que me esperaba. Ya tenemos algunas lecturas que hacer pero son bastante agradables. Por mi parte, sigo leyendo mis novelas e intentando ver un poquito de esta ciudad. Aunque ahora ya no lo pueda hacer diariamente, sí que quiero descubrir una zona diferente cada fin de semana, todo con la calma más absoluta, calma que agradezco pues no sería capaz de ver una ciudad tan inmensa como esta en menos de 7 días, es físicamente imposible y mentalmente agotador.

Me he alargado demasiado. ¡Mañana más!

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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