No hacer nada

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Camilo José Cela decía que le podían echar en cara un montón de cosas menos una: ser un vago.
Decía que su rutina de trabajo (incluso fines de semana) superaba con mucho las ocho horas entre escritura y lectura (pues la lectura de un escritor se ha de considerar trabajo) o más.
Así, su fruto, su obra, no era producto de una genialidad sino de la mera rutina y obligación de llegar a unos niveles de producción literaria constantes a base de meter horas y más horas.
Por supuesto que habría horas en que hiciese el doble, otras en que no avanzase ni una página… otras en que leyese por encima, sin prestar atención, pensando en cualquier cosa que pasase por su cabeza. Pero ahí lo tenéis, Premio Nobel… un tío con un carácter tan marcado y extraño… Premio Nobel.

Por lo cual si dedicas horas habitualmente a una tarea en concreto podrás asegurarte un futuro brillante repitiendo esa tarea o innovando en ese terreno del conocimiento. Esto es lo que los diletantes, por su incapacidad de mantener la atención sobre algo concreto, no son capaces de entender: el ser humano no puede focalizar su atención en mil cosas a la vez, por mucho que quiera, por mucho que le gusten. Ojo, no digo que haya que conformarse con ser bueno en un solo ámbito de la vida porque se correrá el riesgo de vivir de manera aburrida y, en ocasiones, fallar o demostrar que no se tiene ni una sola aptitud para esa tarea. Sólo digo que no es de buenos estrategas jugárselo todo a una carta.

Quería decir hoy que a veces es bueno no hacer nada. Esto es ya una teoría desarrollada… apologías de la pereza, de la vagancia, de la inutilidad e improductividad, de la procastinación e insulto a las exigencias del tiempo que se nos agota. De vez en cuando está bien parar y dejar de seguir rutinas. Nuestras vidas pierden control y en ese caos adquieren otro significado. Cuando perdemos el control nos entra el pánico ante lo desconocido y, entonces, volvemos a la rutina, aunque esta sea no hacer nada… también podemos recuperar el control volviendo a no hacer nada, sintiéndonos llenos por el vacío. Los ni-nis tienen que tener un espacio en nuestra sociedad y dejar de ser puestos en segundo grado de preocupación política, tanto los ni-nis como los canis o las chonis. Tenemos que permitirles ser vagos, nos lo podemos permitir en este siglo. No hay rémoras para el progreso de la sociedad, más bien los que parecen actuar en esta sociedad actúan para su destrucción.
No me pongo apocalíptico pero es lo que hay.
Hay que permitir a esta gente, vaga, perezosa e improductiva que sigan contribuyendo a la sociedad con su estéril existencia.
Porque, no lo olvidéis, la esterilidad es una sentencia de muerte para la especie humana pero una opción o situación aceptable en términos personales.

Un saludo.

Fran Riveira.

En Zaragoza, 17 de diciembre de 2013.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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