No quiero políticos honrados

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Realmente no quiero políticos, ni honrados ni corruptos. Pero bueno, ese es otro tema.

Hay algo que no soporto, que me pone del hígado… son esas exigencias profundamente moralistas que se le hacen a los políticos desde todos los medios de comunicación. Seguro que las habéis escuchado: que son casta, que queremos que sean honrados, que no roben, que sepan idiomas, que se porten bien y no vayan en primera clase ni en coches oficiales… Así es como se comienza a pensar ahora pero dejadme deciros algo: ese es un pensamiento Alicia. Es decir, un pensamiento de débiles mentales, de personas que no han reflexionado por sí mismas ni un poco sobre qué papel tiene que desempeñar un político. ¿Qué clase de periodismo es ese?

Un político no es nuestro hijo, ni siquiera nuestro familiar. Es en esos casos en los que, a lo sumo, podríamos exigir algo a un político de profesión en el terreno moral. Un político es aquel que se encarga de gestionar la cosa pública, de ejecutar las ordenanzas, las leyes, de seguir las directrices de su partido en relación con la gestión de el cachito que le haya tocado dirigir, etc… Tampoco es que sea un término fácil de definir y, de hecho, paso de intentarlo.

Un político, por tanto, es una figura a la que se le exige una serie de tareas. Si no las cumple, es mal político. Si las cumple, es buen político. Por ello ha de darnos igual si, en su vida íntima, decide malversar, o pegar a su mujer… es cosa de su vida íntima. Públicamente se le ha de exigir una actividad adecuada a su cargo, y siempre y cuando lo privado de su vida no ensucie lo público, no estaremos en posición de juzgarlo moralmente.

¿O no os parece a vosotros que la mayor parte de las críticas que se le hace al PP son eminentemente moralistas? Yo no he encontrado ni un argumento. Creo que el argumento de que son “casta” es también un argumento moralista: están dentro de una categoría que alguien se inventó, y son casta porque roban, porque nos engañan con sus contabilidades en negro, porque compran Ferraris a precio de saldo, porque tienen cuentas en Suiza… Digo yo, ¿y qué? ¿Y qué tendría que importar -al que creyese que la política sólo se juega dentro de lo estatal, dentro del sistema de partidos- si son así? ¿No sería más adecuado pensar en los políticos sólo en términos políticos?

El enemigo político, para estos partidos de nueva hornada, es visto como un ser odioso, casposo y chapado a la antigua.

Maquiavelo es el primero que dice de manera inequívoca lo que os apunto: una cosa es la política y otra la moral. Así que, ¿por qué escandalizarnos ante políticos moralmente malos pero eficientes en su labor política? En política, además, la gente moralmente irreprochable suele ser una catástrofe, y esa moralidad intachable puede suponer una desgracia para los demás (los votantes, su partido…). La política no es que tenga que ser moral, como nos dicen estos políticos del siglo XXI, ¡es que estamos tratando de cosas distintas!

Si hablamos en términos estrictamente políticos entonces la evaluación moral ha de quedar al margen. Y lo mismo al contrario. En palabras de Carl Schmitt (en El concepto de lo político) el enemigo político, al que intentamos menospreciar, no necesita ser moralmente malo ni estéticamente repugnante, puede que incluso sea ventajoso hacer tratos económicos con él. Lo que nos tiene que quedar claro es que “es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño, en un sentido particularmente intensivo”.


Pero bueno, diréis, es que no sólo son unos gilipollas sino que, lo que les toca hacer, lo hacen mal o no lo hacen. Ahí os doy la razón. 

Entonces ya no hay excusa.

Un saludo.

Francisco Riveira
En Logroño, España.
11 de agosto de 2014.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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