¿Normal? ¡Tu madre!

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No, eso de ser normal no me gusta.
Tampoco es una pretensión ni un objetivo, de hecho odio ser normal o que se me considere en el medio de una estadística o de una media aritmética, me gusta ser aquella parte de la gráfica que sobresale o que se esconde para no ser visible.
No, ser normal está muy valorado.
Me gusta luchar contra viento y marea antes de caer en lo de siempre, en las viejas tradiciones y costumbres, en los pensamientos antiguos y anacrónicos que nos invaden de vez en cuando. Me gusta alejarme del rebaño, evitar el mostrenquismo, me gusta pensar por mí mismo, no tener pensamientos normales, no tener gustos normales, no hablar como es normal, no comportarme como está escrito de antemano en el rol de una persona que ha dejado la adolescencia atrás y que se encuentra ante un mundo de adultos, sí, pero un mundo de adultos normales, cuyas aficiones son normales y que su única lucha de todos los días es el atarse la corbata como es debido, respetar las señales de tráfico, llegar a la oficina y pasar seis horas haciendo cosas normales, para ganar un sueldo normal, tener hijos normales, jubilarse normalmente y morirse en una siesta normal, siendo luego enterrados en un cementerio insultantemente aburrido y normal, descansar para siempre.

Normales.

No, a mí no me llaméis normal, llamadme friki, llamadme raro, llamadme mala hierba, llamadme inadaptado e insociable, quiero que me lo llaméis, pues en todas esas verdades con apariencia de insultos yo me regodeo, disfruto como nunca al saberme diferente.
Las diferencias son las revoluciones, y las revoluciones cambian la sociedad, ahora bien, no basta ser diferente, sentarse en el sofá y ver pasar la tarde pensando en qué injusta es la vida y qué malo es el mundo conmigo. Ese modus operandi de “me enfado y no respiro” tampoco va conmigo, puesto que lo normal de los inadaptados es resignarse y no hacer nada por, no ya adaptarse, sino cambiar la sociedad hasta que ésta tenga una apariencia gustosa y habitable.
El inadaptado y anormal debe luchar por esto, y siendo como somos tantos inadaptados y anormales en éste mundo, se nos debería escuchar bien alto. Por desgracia, los medios de amplificación de ideas están sostenidos por gente normal.
Anormales fueron Sócrates, Nietzsche, Cervantes… que fueron capaces de ver lo intrahistórico, aquello que la normalidad latente y el descanso mundial impedían vislumbrar con claridad, se pretende con esta anormalidad cambiar algo, o al menos DAR VISIBILIDAD de toda suerte de injusticias y de incorrecciones sociales, no sabemos cómo hacerlo, pero ahora (y cada día más) tenemos un montón de herramientas para que se nos escuche.
Alcemos todos la voz, gritemos el cambio que queremos, quitémonos de encima esta maldita capa de corrección, haya revolución a pequeña escala para luego transformarlo a algo mucho mayor…

[…]

Aquí se pierde el discurso, se pierden las fuerzas y se deja el proyecto para otro día… otro día será, vuelva usted mañana querido monsieur sans-delai, espérenos que todavía debemos despertar de este aletargamiento y, cuando ya no queden en nuestros ojos las legañas de la cueva ni del pecado original, ya sí, entonces nos uniremos e iremos todos juntos hacia una realidad nueva, o al menos excavaremos “all together” en esta tierra para darnos de bruces con lo que se nos escondió durante tantos siglos… no la verdad, sino la destrucción de las falsedades.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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