Para mis amigos sirios

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Hoy no voy a hablar de mí. Quiero hablar del pueblo sirio. Ya sabéis todos cómo lo están pasando, pero lo sabéis porque lo veis en las noticias, o lo leeis por Internet. La imagen que tenemos del pueblo sirio se asemeja más a gente “mora” con camellos que a gente divertida, que sabe idiomas y que es inteligente y conoce qué le está ocurriendo. Esa es la imagen que tenemos de los países del Medio Oriente y cuando vemos las guerras que ocurren ahí entonces automáticamente nos hacemos una idea de que son semi-animales, porque un pueblo de humanos no podría jamás cometer tales barbaridades.
Pero bien, si se juntan el hambre con las ganas de comer sucede lo que ha ocurrido en Siria. Siria lleva siendo gobernada por la misma familia de dictadores desde hace unos 30/40 años, y no parece que vaya a cambiar. La Primavera Árabe (ahora me hace gracia cuando se la compara con el 15-M, ¡nosotros a su lado somos unos principiantes!) causó una gran conmoción en un montón de países del Oriente Medio, en su mayoría de lengua árabe. En el país en que estoy viviendo ahora mismo, Turquía, también tuvo sus ecos aunque la virulencia no fue tan grande como en Siria, por poner un ejemplo extremo.
Y hasta hace una semana no conocía a nadie que viviese en esa situación, porque no conocía a ningún sirio, a ningún libanés, o egipcio. En una semana se han dado la vuelta todos mis esquemas. Se ha dado la vuelta mi escepticismo moral, mi pasividad ante determinadas informaciones relativas a estos países y, por supuesto, el ponerme en contacto con esa gente (de carne y hueso) me ha hecho tomarme el asunto de manera mucho más personal que como espectador español en su casa, en un ambiente tranquilo, sano y seguro (‘aunque esto último está todavía por ver si se mantiene!).
Así que imagínate a ti, estudiante universitario, viviendo tranquilamente en tu país. Tus amigos y tú soléis salir cada pocos días, sin mayores preocupaciones, tampoco os las merecéis, qué duda cabe. Os va bien en la carrera y además sabéis idiomas, por lo que no sólo vivís para vosotros mismos y para vuestro país, sino que tenéis eso que se ha dado en llamar “proyección internacional”. Algunos de vosotros soñáis con ir a otro país a trabajar y a vivir en cuanto tengáis la oportunidad puesto que, aunque os guste vuestro país, siempre hay una posibilidad de mejorar.
Pues bien, un buen día comienzan las noticias a hablar de multitud de levantamientos a lo largo y ancho de vuestros países contiguos. La hermandad con ellos es la misma que pueden tener los americanos del norte entre sí, o los americanos del sur entre sí. Os une una cultura de masas semejante, un idioma que sirve de vehículo de expresión y que os permite la comunicación entre varios cientos de millones de personas. Esto, lo queráis o no, es un indicativo de hermandad.
Uso este término (hermandad) de manera muy amplia, y no hago con él referencia a ningún evento histórico, más bien lo asocio al sentido de “fraternitè” francés.
Esos levantamientos no eran gratuitos sino que respondían a una situación grave tanto económica como social: poco trabajo, malas condiciones de vida, gobernadores que por hache o por be habían convertido el país en su feudo privado, país en el que podían pinchar y cortar sin apenas resistencia.
Así que en vuestro país decidís “imitar” las mismas rebeliones que en los demás, no porque tengáis un gran espíritu de lucha o un sentimiento político muy desarrollado sino porque veis que en algunas partes de vuestros países hermanos estos levantamientos han tenido éxito.
Poco a poco os vais mentalizando de que existe eso de “poder popular” y de que sólo os hace falta salir para que se os tenga en cuenta. Entonces el gobernante ahora da su versión de dictador de tres al cuarto y recrudece las medidas represivas. Se convierte, de la noche a la mañana, en una figura bien reconocible a la que batir. Pero, ¿qué ocurre? Hay gente que todavía no se ha levantado de su “sueño”, que prefiere seguir como siempre y que ve en estas peticiones algo utópico. Esto es lo que ocurre en todo el mundo.
Entonces se suman más ingredientes al caldero y ya no es sólo una cuestión política, sino que, como en tu país hay una abrumadora cantidad de religiones y de razas, comienza a haber disputas entre ellas, e incluso se crean grupos que se autoconsideran un Estado (ISIS) -aunque no estén reconocidos legalmente- y deciden que son ellos los que tienen el poder para dictaminar quién es bueno y malo. Y entonces la virulencia ya es imposible de controlar y se asesina sin problema a cristianos, ateos, mujeres, políticos o activistas (y esto no es simple ateísmo de libro, como el que se vive en España, sino un odio exacerbado y basado tanto en libros sagrados como en mentes perversas).
Se ha montado una tan gorda y hay tantos ingredientes, como digo, que nos resulta imposible saber de qué lado ponernos. Bueno, sí que nos resulta posible, porque en las guerras civiles lo primero es ponerse del lado de alguien, a riesgo de ser tachado de indiferente o de traidor, etc. Y si no te pones de lado de nadie, lo harás por amor, por amor fraternal o romántico.
Y tú sólo querías estudiar. Y tú sólo querías ser feliz. Querías seguir viendo a tus amigos y viendo a tu madre trabajar y sacar a una familia adelante. Tú sólo querías ver el Mundial como todos tus amigos, ver los conciertos de tus cantantes favoritos e ir al cine sin miedo a que lo derribase un misil. Y esto no es un comentario gratuito, tampoco quiero que suene efectista. Es que no es efectista, esto es lo que queremos todos los seres humanos normales, sin apenas diferencias. Quizá unos no quieran que su madre sea feliz, o deciden que no merece la pena ver partidos de fútbol. Puede que otros piensen que hay que acabar con las religiones y convertir a las personas en ateas, en escépticas. Todo esto está muy bien, en toda sociedad hay diferencias… pero allende las diferencias: ¿qué nos queda en común?
Pues bien, yo he “descubierto” que hay algo en común que todos buscamos y que necesitamos.
Algunos dicen que la Pirámide de Maslow es el mejor modo de explicar qué necesita un ser humano, como mínimo, para tener sus necesidades cubiertas. Pues bien, creo que es una pura patraña. El ser humano, para “ser” humano necesita algo más que comida, un techo sobre su cabeza y dinero. Necesita que la situación en la que vive le permita hacer planes más allá del año vista. Que pueda formar una familia (si quiere) o estar con su pareja en una ciudad, tranquilamente, sin preocuparse por el próximo misil o levantamiento militar que, de acuerdo a la mala suerte, le pueda llevar a él y a alguno de sus amigos por delante. Necesitamos saber que la gente que queremos no va a desaparecer por la ruota della fortuna al día siguiente. Queremos estudiar y queremos que sirva de algo. Queremos propagar nuestra cultura por el mundo porque es valiosa: nuestra cultura incluye comida, idioma, costumbres…
No, no somos tan diferentes, y me dejo más cosas que tenemos en común. Parece algo del más puro sentido común pero en occidente nos dejamos llevar por demasiadas abstracciones y no pensamos que lo que tenemos ganado es mucho y que se puede perder si la situación se tuerce de determinada manera. No sabemos que los tiempos de paz son los períodos más infrecuentes a lo largo de la historia de la Humanidad y no somos conscientes de que nosotros, como muchos de nuestros antepasados, somos también unos posibles emigrantes a la fuerza.
Vemos todos estos conflictos desde nuestro salón, ¡y eso no es malo! Lo malo es dejar de creer que esa gente no tiene nada que ver con nosotros.
Me sienta mal el concepto de ciudadanía, porque se refiere de una manera u otra (muy poco meditada) a una situación de igualdad que de facto no existe. ¿Los ciudadanos tienen que afrontar los mismos problemas? No, está visto que si yo vivo en un país en conflicto y tengo mis millones guardados, voy a tener mucho más éxito y sobreviviré con mayor seguridad que una familia numerosa con padre y madre en el paro. Sin embargo, todos los pueblos tienen todas estas cosas en común, y viven por y para conseguir cubrir las mismas necesidades.
Si este sentimiento patriótico se exacerba, como se hace en algunos lugares de España o del resto del mundo, se estará perdiendo la perspectiva de que vivimos en una suerte de aldea global donde, si bien no todos somos iguales, sí que los que son iguales entre sí merecen la misma consideración, sean negros, blancos o amarillos. Este es un problema al que el marxismo más puro no ha dado buena solución. Me temo que el anarquismo tampoco tiene herramientas suficientes para considerar este deseo universal que he descubierto por vía empírica. Quizá haya sociólogos o psicólogos sociales que hayan pensado sobre estos asuntos, pero estoy seguro de que lo habrán hecho desde una perspectiva occidental, porque la psicología y la sociología son vergonzosamente occidentalocéntricas.
Si queremos entender lo que está ocurriendo en esos países del Medio Oriente, por favor, hagámoslo sin olvidar al pueblo que sufre. Esas cifras de civiles muertos siguen creciendo, y dando la vuelta al caso, podrían tratarse de tu madre, hermanos o amigos. Hace años hubiese rechazado este argumento por tratarse de un futurible, pero no todos los futuribles son gratuitos, y menos este. No después de ver que tengo más en común con el pueblo sirio de lo que me hubiese imaginado.
Que sirva este post no sólo como reflexión o llamada de atención a occidente sino como muestra de afecto a mis amigos sirios, que sufren silenciosamente los avatares de una historia que no han elegido para ellos pero que tienen que soportar, estoicamente. A pesar de todo quieren lo mismo que nosotros: una vida feliz.
Un saludo.
Francisco Riveira
En Estambul, Turquía.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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