Por qué estudiar lo que te gusta

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Ya haré un post en el que expondré mis razones por las que decidí estudiar filosofía, que es mi afición principal (mis otras aficiones son la música, la velocidad y la aviación). Hoy quiero animaros a algo. Sí, este es un post de esos motivacionales, espero que no caiga dentro del saco de la autoayuda.
Cuando decidimos qué estudiar, si lo hacemos racionalmente, sopesamos pros y contras. En la lista de esos pros y contras tenemos que hacer un recuento, crear una media (ponderada) y contemplar los resultados. Ese es el método racional, claro, aunque hay gente que no elige sus carreras o estudios secundarios por cuestiones racionales. A ellos voy a dedicar este post.
Conozco a muchas personas que directamente estudian lo que sus padres les obligan a estudiar. Esto, además de tristísimo, me parece una gran injusticia. Los padres tienen que servir de guía, qué duda cabe, pero en ningún momento pasar de ser guías a ser unos dictadores. Los estudios son lo más importante de la vida de cada persona y nunca hay que elegir porque exista una tradición familiar o por obligación. El que estudia por obligación normalmente acaba triste, con un futuro negro, sin ilusiones y sin perspectivas… y aunque acabe ganando dinero, ¿de qué vale enriquecerse si el resto no nos llena? Me parece que de esto tiene bastante culpa la titulitis: la fiebre por tener un título. Hay gente que disfruta con los coches, ¿por qué no dejarles hacer un módulo de mecánica? Otros se lo pasan genial pintando techos, o arreglando lavadoras, ¿quién sabe? Hay muchas más profesiones técnicas que liberales. ¿Por qué las profesiones liberales -sector servicios, en su mayoría- tienen mejor fama que las demás? ¿Desde cuándo la abstracción en una actividad, o el uso de un equipamiento informático, otorga a esta una cualidad de respetable? Pensar así es pensar un poquito al estilo platónico: lo importante son las ideas y lo demás es cosa de esclavos.
Conozco a otros que, seguro que sin tener la culpa, deciden estudiar lo que menos problemas o más salidas ven que tiene. No han sabido encontrar su vocación. Pero que no hayan sabido quizá no sea su culpa. De los 12 a los 16 se premia, en el entorno grupal, la mediocridad. Por ello los chavales más raritos de los grupos suelen ser expulsados de ellos. Curiosamente, al llegar al bachillerato o a la Universidad, son los primeros en saber qué quieren hacer con su vida, porque han partido diferenciándose de los demás (en intereses, en actividades) con mucha más antelación. El problema del chico que intenta ser como los demás (mediocrizarse) es que desde pequeño comienzan a operar en su cerebro mecanismos de asimilación del entorno para así tener éxito social. Como para un adolescente es tan importante la aceptación del grupo y su inclusión en el mismo entonces pondrá todas sus fuerzas para tener éxito. Sin embargo, el otro chico, que ya o no sabe o no quiere incluirse en el grupo de los normales, es acosado (el bullying es una lacra peligrosa) y muchas veces algo peor: es ignorado por los demás. Algunos, con suerte, se cierran en la lectura. Otros deciden hacer todo lo contrario y pretenden llamar la atención de sus familiares o de aquellos que no les quieren en el grupo, para así entrar por la fuerza… llamar la atención, precisamente por ese sentimiento de abandono y por esa necesidad de pertenencia. Todos, el chico raro y el chico normal, necesitan pertenecer a un grupo. El chico raro, precisamente por ser raro, buscará refugio en Internet, donde puede encontrarse directamente con otros como él. Si tiene la suerte de vivir en una ciudad grande, quizá acabe encontrando personas con las que sentirse a gusto expresándose a su modo y hablando de sus aficiones. Pero no siempre tiene esa suerte. Este chico raro tiene una ventaja: encuentra su vocación mucho más rápidamente que el otro.
El otro llega al bachillerato y se encuentra con un entorno que ha intentado evitar desde que salió de la educación primaria. Este entorno le pide pensar por sí mismo, le pide ejercitar su pensamiento crítico, hacer ensayos, juicios de valor sostenidos en algo más que en intuiciones banales más propias de un patio de colegio que de un curso para preuniversitarios. Entonces este chico, que siempre ha buscado la mediocridad, y que quizá esté haciendo bachillerato porque no se le ocurriría bajo ningún concepto o bien abandonar a su grupo de amigos (pues todos acabarán yendo a la uni) o bien ir a un grado medio a disfrutar de una educación práctica… este chico, como digo, fracasa. No me estoy inventando nada. La mayoría de los chavales que entran en bachillerato lo hacen por esas dos razones. Sin embargo, parece que para muchos universitarios los que acaban haciendo un grado medio son los fracasados, cuando realmente han escogido algo útil, necesario y que, además, les va a dar dinero antes que a un licenciado.
Pero me voy a dedicar a este chico que ha salido de la ESO y que ha entrado en bachillerato. ¿Qué hará durante esos dos años? Su mentalidad no va a cambiar mucho. Son solo 16 o 17 años. Si durante los últimos 4 años no ha tenido un interés por lo que bachillerato pide, si ha pasado de leer, si ha pasado de interesarse por algo más que por lo básico… entonces le va a costar. Y de hecho miles de estudiantes abandonan bachillerato en el primer o segundo curso por no estar suficientemente preparados mentalmente para ese reto. Al final, los que consiguen pasar el aro (teniendo o no la mentalidad formada) logran pasar a Selectividad, y como ya el estudio a partir de esos momentos es pura repetición de patrones que funcionan (memorizar, repasar esquemas, resúmenes…) no es complicado llegar a la Universidad. El asunto es que durante esos últimos 18 años, que se supone que han supuesto el paso previo a la madurez que una carrera universitaria existe, no se ha aprovechado el tiempo. Hay muchos universitarios que no responden a lo que se debería exigir de ellos, a saber, un afrontar el mundo de manera crítica, una visión del mismo alejada de toda superchería y equívocos más propios del programa de Iker Jiménez que de una sociedad adulta y educada.
Entonces llega y, ¿qué hace? Escoge la carrera más sencilla, o la que más salidas parezca tener. La gran mayoría se reparte entre Administración y Dirección de Empresas y Derecho, cuando su conocimiento por el derecho internacional (es un ejemplo) no va más allá de saber que Gibraltar tiene el tabaco más barato que España… o cuando sus conocimientos sobre lo que es una empresa y el trabajo en ella suponen verse a sí mismo con un traje y ganando dinero solo con aplicar determinadas fórmulas matemáticas…
Qué tristeza. Qué desperdicio de dinero y de horas. Además, incluso la principal razón (que hay salidas) no es una buena, porque precisamente por eso habrá más competencia en todo el mundo. Hoy en día no vale ni una carrera ni, creo, dos. Quizá tampoco sirva saber inglés. Hoy en día sirve saber sacarse las castañas del fuego, trabajar muy duro y estar en el lugar correcto en el momento preciso. Aprovechar las oportunidades o crearlas… Pero para eso da igual haber estudiado una u otra cosa, o no haber hecho nada.
Que sirva este post como un alegato a favor de los conocimientos prácticos (en España son los módulos de grado medio/superior) y a favor de la elección de una carrera por vocación o gusto personal. Puestos a pasar cuatro o cinco años estudiando algo, ¿qué menos que sea lo que nos gusta? Y si pensáis: ya, pero quiero ganar dinero. Pues haced un grado medio. Lo cierto es que ninguna carrera da dinero.
Que la Universidad se haya convertido en una formación profesional para pijos es otro tema que discutiré algún día de estos.
Un saludo.
Francisco Riveira
En Logroño, España.
13 de agosto de 2014.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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