Por qué grabarte dando clases

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Tú dices: es mi intimidad. A veces digo tonterías. A veces no me preparo bien el tema. A veces no estoy bien vestido, o tengo la voz ronca. Dices que quien quiera grabarte tiene que pedirte permiso porque es tu voz, tu derecho intelectual, es tu trabajo y, como tal (poco menos que si te estuviesen robando el alma), tienen que respetarlo. Los alumnos, con esas grabaciones (o cualquier otro) podría hacer cosas muy malas. Por ejemplo: propagarlas. Quizá saquen algún chascarrillo tuyo y lo repitan hasta la saciedad, o se den cuenta de que algún dato es incorrecto. También puede ser que no quieras que te graben porque ya es suficiente con que 20 personas te aguanten el rollo, ese rollo imposible, de tono monótono y poco atractivo, que sueltas cada día desde tu cátedra. También te da cosilla que vean que las únicas interacciones con el alumnado son para preguntar muy puntualmente sobre partes del temario de las que tienes un conocimiento más avanzado que cualquiera y que, por tanto, están de más. Íntimamente te da miedo que la gente del mundo te conozca, te da vértigo y sabes que no estás preparado: puede que nunca lo estés. 
Eso es exponerse, es lo que hago yo aquí en el blog, es lo que no dejan de hacer los “tecnoadictos”, periodistas (en general). Mientras que tú, ¿tú qué haces? Tú te quedas ahí, en tu asiento, dando clases tres horas al día y cuando sales escribes tu nuevo ensayo o un capítulo de un libro que sólo los ya convencidos de sus tesis leerán, si es que no lo acaban por leer tan solo tus alumnos y los especialistas. 
La academia es el territorio más endogámico que existe. Con esto no digo que haya que venderse a multinacionales y bancos, como ya está sucediendo, o que haya que cambiar los temarios en pos de algo más divertido y actual. Tú, como profesor, tienes el derecho de servir como enlace entre el alumno y la información. Pero no sólo entre la información y él, sino que has de darle las herramientas necesarias para que, sin ti, este alumno sea capaz de valérselas por sí mismo.
¿Qué tiene que ver esto con grabarte dando clases y subirlo a, por ejemplo, Ivoox, o iTunes? Pues que una vez ahí tus alumnos podrán volver a escucharte, aclarar conceptos algo farragosos y, ¡qué bonito!, preguntarte al día siguiente más dudas que les han surgido tras la escucha de la grabación, cuestiones que una vez en clase, sin poder dar “pause” a tu voz, no surgieron. 
No te pones al servicio de la tecnología, la ves como una enemiga de la humanidad. El único enemigo de la humanidad eres tú que, acríticamente, determina que la tecnología es radicalmente funesta e impide la correcta enseñanza del alumnado. Eres tú el que está convirtiendo el mundo académico en precisamente eso: un mundo aparte. Un mundo al que solo los que tienen dinero para pagar unos créditos, tiempo y ganas… pueden acceder. ¿No tiene el mismo derecho un obrero que un estudiante cuyos padres le pagan la carrera? Sí tiene el mismo derecho, y no valen excusas. Tu cátedra no es una posición de privilegio en tanto que no haces con ella un bien no solo a tus alumnos sino al resto de la sociedad. Llegaste ahí con buenas intenciones, ¡qué duda cabe!, pero te has acomodado, has decidido repetir los mismos temas una y otra vez y sabes que, de grabarte dando clases, siempre se repetirían los conceptos. De hecho no te molestas en aprender un poco de retórica, tus gesticulaciones son más escasas que las de un espantapájaros y tu tono de voz, ¡cómo lo odiamos!, es más monótono que el tictac del reloj.
Grábate, súbelo. Comparte lo que sabes, ponlo libre. Si no quieres que sea gratis, consigue algún modo para que la gente pague de alguna forma tu esfuerzo. Sé consciente, también, de que no eres original, no eres más que un producto a hombros de otros gigantes, y esos gigantes habrían estado encantados de publicitarse de haber tenido los medios.
La tecnofobia es absurda. El profesor que no se molesta en aprovechar toda esta tecnología no sirve para nada. Ir a algunas aulas es hoy como montarse en una máquina del tiempo. 
El profesor perfecto es el que conoce su tema, hace lo imposible por presentarlo atractivo al alumno, da herramientas para que el que quiera saber más lo consiga y, además, procura que su labor no se quede reducida a las cuatro paredes del aula.
Por eso, en general, grábate dando clases.
Un saludo.
Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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