Por qué Rousseau no tenía razón

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AK-47, el arma del ejército soviético
Rousseau creía que el progreso moral no era correlativo al progreso científico. Creía que al progresar estábamos pervirtiendo nuestras buenas costumbres, que estábamos saliendo de un estado de naturaleza idílico. Él siempre quiso volver a ese estado de naturaleza. Fue su Arcadia. Pero yo no me creo que ese estado de naturaleza exista, ni me parecen del todo adecuadas (vistas desde la óptica actual, por supuesto) sus metáforas que a tantos ríos de tinta dieron lugar. Tampoco creo que el progreso implique necesariamente una perversión de nuestras costumbres. Más bien creo que son dos cosas bien diferentes. Su idea ponía voz a una de las primeras críticas que se efectuaron al espíritu ilustrado, éste decía que toda la ciencia y toda la razón iban a dar sus frutos mejorando la vida de la humanidad. En parte tuvieron razón, por supuesto, pero por otro lado… no. Ese desarrollo tecnológico desembocó en dos guerras mundiales, por poner el ejemplo más masticado. Pero también ese mismo desarrollo tecnológico es el que nos permite vivir casi 100 años, el que nos permite twittear cuán poco conformes estamos con lo que la tecnología está haciendo de nosotros, etc. Esto me sirve para abrir el tema de este post, que no es Rousseau sino el análisis y tratamiento que se realiza sobre la tecnología por parte de grupos ideológicos de cierta importancia.
El otro día escuché a una periodista en televisión que decía, sin tapujos, que era tecnófoba. Seguramente se equivocó al utilizar ese término porque una cosa es tener fobia de algo y otra es no saber utilizarlo.
Me gustaría comentar en este post mi postura acerca de estas personas que ven la tecnología como algo invasivo y que es preciso evitar.
La tecnología no es ni mala ni buena por sí misma. No son dos términos aplicables. La tecnología adquiere un estatuto de realidad objetiva en cuanto aparece en el mundo. No creo que la tecnología, la ingeniería o la ciencia funcionen o encuentren energía en la ideología, al igual que puede ocurrir en las ciencias humanas, que están plagadas de esta. La tecnología se nutre, eso sí, de científicos, de ingenieros, y de dinero que les permite crear sus instituciones y así comenzar a investigar y crear. Claro, diréis, el problema es ese dinero. Si se da dinero a un tipo de investigaciones y se eliminan presupuestos para otras… ¿estaremos creando una ciencia ideologizada? Definitivamente, no. Y quien piense de esta manera es porque no conoce cómo funciona el trabajo científico. Seguramente escriba con mucha profundidad sobre esto pero dejadme tiempo para hacerlo, investigar y poner en orden y en claro mis ideas.
Los científicos de hoy en día son especialistas. Todo especialista es aquel que está ensimismado en una tarea y no sabe hacer nada más. Eso es bueno para la ciencia porque la aleja de la ideología, de los sentimientos, y la acerca la realidad y a lo funcional dentro de parcelas de conocimiento. Sin embargo, como personas, no sólo no son especialistas sino que son seres humanos con ideología (por muy básica que esta sea) y que pueden y han de opinar de la realidad que les rodea, tanto natural como social. Soy el primero que exige al científico como persona que divulgue, que ha de usar la misma tecnología que él o sus compañeros han creado para que esa creación siga de boca en boca y se produzca un avance en producción científica. La ciencia, claro está, produce. Y, como digo, esa producción requiere dinero, requiere políticas que hagan fluir ese dinero, o requiere personas que se atrevan con el proyecto e inviertan en él. Así es la ciencia, así es la tecnología, nos guste o no. La ciencia o la tecnología no son entidades, por supuesto, fuera de la sociedad. ¿Acaso se puede constituir una institución fuera de la sociedad? Utilizo sociedad en términos muy amplios, haría bien en referirme especialmente a la sociedad civil.
La ciencia en sí misma no es ideológica. Atribuir a la ciencia una ideología es como atribuir a un edificio una función específica habiendo éste servido durante muchos siglos para cantidad de tareas. La ciencia alberga en su interior el mayor potencial de toda la historia, lo demás son intentos de meter las narices donde nadie ha llamado a nadie, o intentos de politizar la ciencia para, así, encontrar un soporte más a la ideología propia, sea ésta la que sea. 
Las descripciones que, desde el marxismo, se hacen de la ciencia, son muy parciales. Parten de varios fundamentos (como que la ciencia es dialéctica, como que el motor de la historia es la lucha de clases…) que hoy en día o bien son insuficientes o bien han perdido su potencia, tanto teórica como práctica.
Por eso la tecnología no está al servicio de nadie más que de aquel que crea merecerlo. Hay una tecnología llamada “arma de fuego automática” que puede ser utilizada tanto para cargarse a los rusos como para cargarse a los nazis. Hay una tecnología llamada libro que puede ser utilizada para propagar ideas nocivas para el pensamiento libre (sea esto lo que sea) o para propagar ideas que nos acercan más a un ideal de mundo mejor. Hay otra tecnología, llamada modificación genética, que puede ser utilizada tanto para asesinarnos por envenenamiento como para aumentar la producción de trigo en un 100 por ciento. Sólo hay que conocer un poquito cómo funciona la agricultura para saber que, por sí misma, no podría aguantar determinadas circunstancias atmosféricas, plagas, etc. 
Se puede asistir a estos fenómenos con un sano escepticismo. Yo soy el primero que ve algunas de estas mejoras con incredulidad. Lo que no podemos hacer es convertir todo avance de la tecnología en un sospechoso de propagar ideales capitalistas o imperialistas.
¡Qué pensamiento más paranoico e insano! Disfrutemos, por una vez, de lo que nos da la tecnología. ¡Y apropiémonos de sus funciones si creemos que están siendo usadas para fines injustos! 
Un saludo.
Francisco Riveira
En Logroño, España.
22 de agosto de 2014.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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