Pro-teoría

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-No quiero hablar contigo, eres demasiado inteligente para mí.
-Anda… no digas absurcedes, ¡por favor!
-No digo absurdeces, digo la verdad, hablar contigo me supone un esfuerzo constante, trato de encontrar los mots justes, a veces no los tomo, en otras ocasiones sí pero no sé construir la frase y que suene convincente.
-No me lo puedo creer…
-Créetelo, no te lo digo para que te sientas más importante, ni para adularte, es la verdad y a mí me supone un enorme esfuerzo.
-Me estás exponiendo esto de una manera razonada, ¿te está costando?
-No, en realidad no, pero me gusta hablar sobre cómo hablar.
– ¿Y por qué no podemos hablar metalingüïsticamente? ¡A mí no me importa!
-No, aunque me guste, sería triste, aburrido y con poco contenido, hablar de un supuesto contenido sin nada dentro suyo es como montar castillos en el aire y que la más mínima brisa se los lleve volando.
-A ver, no estoy de acuerdo. Mira la ciudad al fondo, todo eso estuvo algún día en la cabeza de alguien y valiéndose de constructoras y obreros, lo hizo realidad.
– ¿Qué me quieres decir?
– Que no subestimes la imaginación, parece que si no se rechaza todo lo abstracto e intangible, no somos propios del siglo XXI.
– Pero tú quieres que hablemos de la ciudad por construir, no de la construida, y eso me cuesta, eso me agota y me agobia, me gusta saber de qué estoy hablando y quiero verlo sobre la mesa, conformado y brillante. Estás pidiendo un imposible, no quiero hablar sobre cómo hablar aunque me sienta cómodo.
– ¿Entonces por qué no volvemos a los fundamentos? ¿No quieres hablar de lo intrascendente?
– No se trata de eso, no vayas del negro al blanco.
– ¿No tienes ninguna solución al problema? Para mí las personas como tú son las más interesantes, piensan que no tienen ni puñetera idea de qué va el mundo pero en cambio, tan sólo ateniéndonos a las preguntas que se formulan, vemos un enorme pozo de inquietudes sin fin . Al igual que la ciudad imaginada, ¿no crees que el hecho de plantearte los fundamentos del problema no es ya mucho más que con lo que la mediocridad suele conformarse?
– Me he perdido.
– Te lo explicaré con un ejemplo: veía el señor pescador que no pescaba ni a su propia mujer para llevársela a la cama.
– Jaja!
– No te rías, esto es serio. Lo dicho, no pescaba ni para atrás. Pues un día se propuso hacer un invento, ponte que quiso mejorar su caña, o su cebo, ¡o su embarcación!
– Sí.
– Pues fue a su taller y se puso manos a la obra, mejoró su embarcación de tal manera que toda la gente del pueblo acudía a su casa para ver los avances, también imagínate que en su pueblo había muchos más pescadores, era una costumbre habitual, además de una ocupación laboral.
-Claro.
-Mejoró el pescador tanto el cebo como su caña, ya no le costaba esfuerzo tirar su caña al agua y probó los cebos nuevos, pero en tierra.
-Vale, pero termina ya, que me está entrando hambre con tanto pescado.
-Pues bien, uno de esos pescadores que se pasaron de tarde en tarde por su casa, coincidieron en que sus nuevos métodos de pesca eran muy propicios y que podían aumentar exponencialmente la pesca de la siguiente temporada.
– Ajá.
– ¿Sabes qué ocurrió? El pescador, digamos, inventor, no llevó jamás a cabo sus experimentos, sino que este otro pescador se apropió de todos ellos, de todos sus “castillos teóricos en el aire”, y fue a la Oficina Estatal de patentes y marcas, donde, previo pago de una tasa, se hizo con los derechos del nuevo procedimiento.
– Joder…
-Al final el pescador inventor, por no querer dar crédito temprano a todos sus esquemas teóricos, perdió la oportunidad, otro se valió de ellos y salió ganando.
-Bueno…
-Lo mismo te pasa a ti, no das valor a lo que pasa por tu mente, ignoras que el mundo entero está hecho de imágenes que previamente han estado en la cabeza de alguien, este banco antes tuvo que ser dibujado por un diseñador, ¿crees acaso que haya algo más teórico que un dibujo, obviando la escritura?.
-No, sin contradicción.
-La comida que comes, la forma de las patatas, el corte de los filetes, el tamaño de las manzanas, el aroma del vino… ¡todo ello pasó antes por la cabeza de alguien!
-Sí…
– ¿Y aun, alma de cántaro, desacreditas la teoría?
[…]
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

1 comentarioDeja tu comentario

  • Saludos. Quería comentar un poco el podcast sobre ateísmo de octubre, pero no encuentro una entrada más reciente, ni puedo hacerlo en Twitter…

    En fin, a lo que iba: muy interesante el capítulo. Sin embargo, creo que, en la introducción, el agnosticismo queda difuso. Se plantea más o menos como una etapa hacia (o desde) el ateísmo. Una etapa de transición.

    Curiosamente, creyentes conservadores también suelen verlo así (al agnóstico como pre-ateo o ateo disimulado).

    Yo pienso, más bien, que se trata de una postura con sustantividad propia. Tertium genus junto a la creencia religiosa y al ateísmo, distinto a ambos y tampoco equidistante. Las explicaciones que más me convencen son las que sitúan la postura agnóstica como una aplicación más del método científico.

    Bueno, espero no molestar por colgar el comentario aquí. Gracias por los podcast, están muy bien.

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