Qué cabe salvar de los libros de autoayuda

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Cualquiera reconoce un estilo afectado y poco sincero en los libros de autoayuda más exitosos que podemos encontrar en las librerías. Sus capítulos están dispuestos de una manera peculiar, mostrando en primer lugar las bases de su sistema y, finalmente, las posibles consecuencias del mismo. Sus frases son un compendio de exhortaciones al lector para que este se mueva hacia un fin determinado, que tiene que decidir por sí mismo. La mezcolanza de ideas diversas y sin apenas nexo disciplinar, que beben de la antroposofía, de las corrientes new-age y de la folk psychology, entre otras, llevan por lo general a la producción de obras que no encuentran más base teórica que ellas mismas: lo característico de una obra de autoayuda es  que no hace mención a ninguna obra anterior. Suelen ser producto exclusivo de la mente del autor, intuiciones universalmente compartidas que, al conectarse con el lector, crean una suerte de comunión y descubrimiento de lo obvio. A mi parecer, esto se obtiene con más éxitosa tras la lectura de una buena novela. En general, los libros de autoayuda son un insulto a la inteligencia. Algunas novelas también, pero al menos no pretenden vender fórmulas mágicas para lograr el consuelo o la felicidad.

Como se desprende por el párrafo anterior, no soy muy amigo de los libros de autoayuda. Sin embargo, creo que nos pueden ofrecer algo bueno. Podemos rescatar de ellos su cualidad panfletaria. Los panfletos políticos comparten también fórmulas de estas obras de autoayuda. La diferencia es que conectan al individuo con la sociedad, con sus iguales. Los libros de autoayuda suelen partir de una falsa estimación por la diferencia entre iguales, tachando de irresponsable y estúpido a todo aquel que se deja llevar por la marea. Los textos políticos saben que no somos más que marea, pero generalmente pierden de vista a los individuos y a su especificidad.

Conocemos de sobra ambas caras de la moneda y cabe afirmar que ambas tienen ventajas e inconvenientes. El panfleto político, el tuitero del tipo social justice warrior; y también el panfleto de autoayuda, y el tuitero tipo @ifilosofía, tienen mucho que enseñarse los unos a los otros.

No cabe duda de que estamos conformados por una sociedad. Nadie duda de que un niño de centroáfrica lo tiene bastante complicado para convertirse en un empresario de éxito. Lo cierto es que los libros de autoayuda no están concebidos para los más pobres, mientras que los libros sobre filosofía política no conservadora los tienen muy en cuenta, aunque tampoco están escritos para ellos. Sin embargo, hay un principio que debería ser universalmente compartido, y que propugna todo gurú del tipo coelhiano: es difícil, si no imposible, cambiar al resto del mundo: tenemos que cambiarnos a nosotros mismos.

En los Estados Unidos, país más desigual del planeta tierra, la mayoría de los ricos son de primera generación, esto es, son ricos que comenzaron sin nada, que no disfrutaron de herencias millonarias ni de empresas familiares con décadas de recorrido. Lo que un panfleto de política social apuntaría es, naturalmente, que ese país produce desigualdad y que hay que combatirla con toda clase de armas. Pero un libro de autoayuda no pretende arreglar el mundo, es injusto pedir a un escritor de autoayuda que elabore una teoría socioeconómica para conseguir que toda la población logre sus sueños. Como digo, ni es su público objetivo, ni es una tarea que pueda ser exigida a alguien sin la suficiente preparación. No, un libro de autoayuda pretende fomentar hábitos distintos en las personas que los lleguen a leer. Numerosas obras de este estilo (Og Mandino, Napoleón Hill) tratan asuntos de interés tan universal como puede ser la gestión del tiempo, la capacidad de relación con los demás, la constante educación, etc. Es decir, son pequeños chispazos que pueden o no llegar a prender en la imaginación de los lectores, para a posteriori modificar sus hábitos.

Esto es lo salvable de los libros de autoayuda. E igualmente en el sentido contrario, no podemos pedir a los panfletos que traten al individuo como un ser autosuficiente, preparado para cambiar la realidad.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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