Sampedro al final de la senda

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Leyendo a Sampedro. Es de aquellos hombres que uno conoce antes por su fama que por su obra concreta. En mi caso, las primeras veces que escuché hablar de él fue tras el 15-M, cuando escribió el prólogo a uno de los libros “clave”, ¡Indignaos! No me he leído ese libro ni su prólogo pero sí que vi algún vídeo de él hablando o escuché las conferencias que la Fundación Juan March graba y pone gratuitamente a disposición de todo el que quiera escucharlas. 
En esta conferencia hablaba sobre su vida, su proyecto intelectual y sus inquietudes en general. Estaba ayudado por su mujer, bastante más joven que él, y adolecía de una sordera bastante normal para la edad que tenía. Era Sampedro el vivo ejemplo de cómo una persona puede tener de todo sin ser millonaria: una buena salud (dentro de lo que cabe), vitalidad, interés por el presente y cosas interesantes que contar. Además, transmitía una honradez y una comunión con su entorno (aunque este no fuese el más apropiado) que nos hacía pensar que, de haber todavía sabios en la tierra, él sería uno de ellos.
No sé cómo se llega a ser sabio o, como le gusta ahora decir a la gente, un gurú. A mí la palabra “gurú” me da la nada agradable sensación de estar refiriéndome a un adivino. No, Sampedro no era un adivino. Era una persona interesada por el siglo que le había tocado vivir y por los siglos venideros. El libro que estoy leyendo, “La sonrisa etrusca”, cuyo título no tiene nada que ver con su contenido, trata sobre el último año de vida de un abuelo que, de golpe y porrazo, descubre que su nieto es lo más maravilloso que le ha podido suceder. A lo largo de esta historia no sólo se repasa la vida de este viejo italiano sino que se van conformando en él nuevos sentimientos, nuevas visiones de la realidad. Por eso, cuando se dice que las ínfulas revolucionarias van desapareciendo conforme uno se hace mayor y ve la realidad, se está diciendo una tontería. La descripción del presente siempre es lo más pesimista u optimista que uno quiera, y hacerse mayor no puede sino ser una razón más para apoyar una u otra visión. ¿Qué hace pensar a todos los creyentes que los ateos, ante la muerte, comenzaremos a creer en dios? Primo Levi lo decía: él no creía en dios y, aun así, le metieron en el campo de concentración por judío. Decía que en los momentos de mayor angustia sentía un impulso por rezar, pero tan pronto como pensaba en hacerlo se veía a sí mismo ridículo y falso: ¿hasta este punto el campo me ha trastornado que, de repente, comienzo a creer en una idea inexistente sólo para mi consuelo? Y dijo: menos mal que no lo hice puesto que, de otra manera, me hubiese avergonzando al salir. 
Y así es como los mayores que, por conformidad, por comodidad o por pereza deciden dejar de pensar críticamente, deciden acomodarse y vivir de lo que ha rentado su esfuerzo diario durante toda la vida. Pues bien, esta actitud es vergonzante.
Sampedro es un ejemplo de cómo una persona puede vivir plena y largamente sin olvidar los problemas de su presente aunque la comodidad de un hogar y de unas rentas aseguradas puedan empujar hacia el otro lado.
En Estambul, Turquía.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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