Sobre el diálogo entre Filosofía y Ciencia

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Ayer leí en no sé dónde el primer capítulo del último libro de Umberto Eco y parecía que me hablaba a mí. Me decía: es de fracasados ser cultos, intentar acumular información sin luego tener por qué aplicarla es propio de personas ociosas. Los que saben un poco sobre todo son los que no tienen un camino claro en sus vidas y, por tanto, los fracasados.

Porque, no nos engañemos, lo que hoy se nos pide es especialización. Si no conseguimos satisfacer ese requerimiento entonces corremos el riesgo de perdernos en las profundidades del océano que es el conocimiento humano. Sí, es cierto que hace cientos de años una persona podía especializarse en, por ejemplo, la escultura, a los 20 años, y tener una técnica que ya le gustaría a muchos artistas actuales maduros, pero también es cierto que en arte, como en ciencia, hay algo de acumulación, hay algo de dialéctica y, sobre todo, mucho de prueba, error, y abandono de fórmulas ya machacadas. Y si se exige a una persona que acabe sus estudios para ser alguien en la vida es simplemente porque casos como Steve Jobs son uno en un millón, y de la excepción (aunque biopics y biografías no autorizadas sobre el susodicho lo nieguen) no se puede extraer una conclusión y tendencia universal.

Me hablaba a mí, digo, porque desde que inicié la universidad he estado intentando buscar otras aficiones más allá de la Filosofía. Lo malo de la Filosofía es que ella no se cierra sobre sí misma, como las ciencias naturales*, sino que siempre se encuentra en diálogo con las demás. Y tampoco es una carrera de letras propiamente dicha (y la mejor demostración de esto es que las facultades siguen siendo de “Filosofía” y “Letras”). Así que nos toca todo el rato estar reflexionando, estar metiendo las narices en los lodazales ajenos.

Entretanto, he visto algo entre mis profesores y entre la mayoría de los filósofos que leo que me ha chocado y que me ha dado muy mala espina: a veces se aventuran en terrenos científicos desde la pura especulación. Un filósofo, por definición, tiene que ir en busca de la verdad, y si quiere decir algo interesante sobre otros campos, ¿qué menos que estudiarlos desde dentro?

Hay preguntas internas y preguntas externas. Las preguntas internas en un sistema son las que conciernen al sistema y a las relaciones que ocurren dentro de él: es como un equipo de fútbol. Sin embargo, las preguntas externas surgen obviamente fuera de él, y como tales son de otra naturaleza muy diferente: es como la liga que reúne a distintos equipos de fútbol. Si queremos podemos discutir de la liga en general, pero sólo llegaremos a decir obviedades con muy poco interés. Lo que nos interesa de verdad es lo que está en juego: los goles que los equipos marcan, cómo compiten entre ellos, qué faltas cometen, etc. Y para poder discutir bien esto, desde nuestra posición de comentaristas futbolísticos, tenemos que SABER EN QUÉ CONSISTE EL FÚTBOL.

Pues bien, lo mismo ocurre con el caso de la ciencia. Para poder decir algo interesante sobre ella (no digo para hacer ciencia, que es otra cosa muy distinta) hay que conocer sus procesos y teorías. Un estudiante del máster que quiero hacer yo recomendaba aquí que todo filósofo de la ciencia (si lo es de una en concreto) tendría que hacer el esfuerzo de alcanzar el nivel básico de bachillerato de determinada ciencia para poder decir algo interesante y poder participar en debates de alto nivel:

 

“Son las reglas de juego y hay que conocerlas. Si, en cambio, quieres hablar de una filosofía de la biología inventándote por completo la biología, tú sabrás lo que haces, pero no te enfades si algún biólogo que te lea por accidente ridiculiza tu trabajo”.

 

Y otra cosa que él apunta es que también los propios científicos se ocupan de su ciencia y de sus consecuencias. Ellos son personas inteligentes y también tienen preocupaciones filosóficas, metodológicas. Sin ir más lejos, conozco a un estudiante de física. Le comento mis preocupaciones con respecto a la física. Le digo que tengo una asignatura que se llama Ontology en la que hablamos sobre el concepto del tiempo. Me dice con toda la naturalidad del mundo que no cree posible el poder comprender bien la naturaleza del tiempo sin usar un lenguaje físico y, por ende, matemático. Le digo que eso da para una serie de libros sobre el asunto, pienso un poco sobre el asunto y llego a la conclusión de que está en lo cierto: la reflexión filosófica sobre el tiempo es pura especulación. Se basa en un conocimiento básico de las paradojas y de los problemas lógicos que llegarían a suceder según entendiésemos su naturaleza: si de verdad existe el tiempo, si no, si sólo hay tres dimensiones, la vaguedad del concepto tiempo, etc. Hace un año, con la cuestión de la conciencia, llegué a la conclusión de que lo más honesto, desde la filosofía, es decir que los conceptos no existen. Es decir, me adherí al eliminativismo. El eliminativismo no es un escepticismo, es diferente negar la existencia del concepto a decir que se nos está vedado descubrir cualquier conocimiento. Yo no digo que no podamos llegar a conocer qué demonios es la conciencia, si es un epifenómeno, si tiene su correlato físico, si Pinillos estaba en lo cierto cuando decía que se desdoblaba del sistema al que pertenecía. Digo que llegará un futuro en que la ciencia (la neurociencia, en este caso) nos sirva de mucha más ayuda que cualquier especulación.

Y, en la misma línea, digo que muchos de los filósofos en general y los filósofos de la ciencia en particular deberíamos (yo no me quiero considerar filósofo) intentar aprender las ciencias que discutimos. Si este conocimiento surge por pura afición y como herramienta auxiliar para mejor desarrollar nuestros argumentos filosóficos, bienvenido sea, pero es preciso hacernos con él. Es lo más honesto.

En Estambul, Turquía.

PD: Paul Feyerabend, Karl Popper, Imre Lakatos… (entre otros ejemplos de buenos filósofos de la ciencia) estudiaron primero o alternativamente física, mucho antes de su reflexión filosófica.

*Sé que es discutible pero aquí no puedo desarrollarlo más.

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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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