Thérèse Raquin, de vuelta a la realidad

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A veces necesito una dosis de realismo. Pero no del realismo de los noticieros, un realismo periodístico que nada tiene que ver con lo que verdaderamente sucede a las personas, sino un realismo intencionado, una descripción descarnada de los sucesos, casi médica y científica. Eso es lo que me ofrece Zola.
La primera vez que leí a Zola obtuve mi conciencia política, hasta ese punto llegó su narración a afectarme. Me refiero, cómo no, a una de sus obras más importantes: Germinal. 

Conforme iba avanzando sus páginas asistía aterrorizado a la vida de unos mineros de la Francia de finales del siglo XIX donde eran tratados como animales mientras que, al mismo tiempo, los señores propietarios se daban la buena vida. ¿Quiénes habían hecho más méritos para tener una vida relajada? ¿Los señores hijos de propietarios o los trabajadores hijos de proletarios que jamás podrían salir del agujero en que se encontraban? Asistí a ese fenómeno, al de los borrachos para olvidar, al de las camas calientes, al de la desigualdad puesta en escena sin necesidad del pecado que muchos escritores actuales cometen: el patetismo injustificado. El naturalismo, si algo tiene de agradable, es esa voluntad de objetividad que trata cualquier tema como si lo narrase una tercera persona. Esas son las descripciones que a mí me gustan, esas son las narraciones que creo valiosas. En un libro no me interesan los sentimientos del autor, o su vida privada (salvo en algunos casos) sino cómo sabe transmitir determinados sentimientos y acciones… y, para ello, nada mejor que el realismo y el naturalismo.

Galdós se encuentra en un nivel parecido al de Zola, aunque creo que Zola tenía mucho mayor conocimiento del mundo y “disfrutaba” de una época bastante más apasionante. Galdós escribía sobre su pasado más cercano (Episodios Nacionales) mientras que Zola lo hacía de su presente continuo. Ambos, por cierto, no fueron buenos estudiantes pero, curiosamente, acabaron como escritores geniales compatibilizando su actividad con el periodismo .
En Thérèse Raquin volvemos a asistir al mejor Zola. En sus inicios, quiso aplicar los tres puntos principales del naturalismo en esta novela. Tal atrevimiento le supuso no pocas críticas que le tachaban de inmoral. Y ya se sabe, cuando alguien describe objetivamente algo los que aplican criterios morales son los demás, no él.
La novela (no hago spoilers) trata de la vida de una familia algo desestructurada. Una madre amantísima, un hijo enfermo y una hija adoptada que viven siempre en el mismo agujero, una vida monótona, sin sentido y sin valor. Cuando se hacen mayores, los dos hijos (que no comparten sangre) se casan, haciendo de la madre una persona feliz pues sabe que cuando falte ella su hijo -siempre tendente a la enfermedad- va a estar bien cuidado. Todo su mundo se trastoca cuando hace aparición un viejo amigo del enfermo que se introduce una noche por semana en las veladas de la familia, donde juegan, charlan y pasan el rato. Este amigo consigue sacar de su ceguera pasional a la hija (Thérèse) y desde entonces la novela se desarrolla, pasando por dos momentos cumbre: el crimen y el desenlace.
Decía Zola que cada capítulo tenía que verse como una descripción lo más detallada y objetiva posible de un sentimiento, afecto, pecado capital o estado mental… quien lo quisiese ver como otra cosa y, además, lo criticase, estaría errando el tiro. Como digo, los críticos de su época se subían por las paredes. Hoy en día este libro, después de asistir a fenómenos como el realismo sucio o películas de dudoso buen gusto (tipo American Pie, Torrente) nos puede parecer pueril. Pero, poniéndonos en su tiempo histórico, la revolución que supuso para la literatura universal fue insospechado. Es un libro tan moderno que podría decirse que fue escrito cien años después de cuando realmente se publicó: 1867.
La narración tiene en cuenta tres cuestiones clave del realismo: la herencia familiar y su manera de conformar a la prole, los problemas más acuciantes que la sociedad crea en personas particulares (alcoholismo, crímenes, prostitución) y, cómo no, el efecto que la sociedad en sentido amplio tiene en los individuos que la habitan (una situación socioeconómica concreta, etc).
Es un libro de Zola la mejor manera de leer historia de Francia, e incluso de averiguar profundamente las impresiones de un ser humano tras haber pasado por una experiencia calamitosa y decisiva. Al igual que Zola, nuestro querido Galdós es el narrador apropiado para conocer la historia del siglo XIX. 
Hoy en día ya estamos tan imbuidos por realismos mágicos, poesías baratas y descripciones parciales de la realidad (quizá esto último facilitado por la imposibilidad de describir con un mínimo de rigor toda la realidad en su conjunto) que el naturalismo está fuera de moda. La gente quiere historias maravillosas que le transporten a mundos distintos al suyo, en otros planetas o en otras épocas.
Quizá este gusto por lo fascinante e inalcanzable sea una de las causas por las que parecemos ser una generación adormilada, más preocupada por conocer el final de Harry Potter que por descubrir qué se encuentra detrás de, por ejemplo, las motivaciones de un violador o un terrorista.
Un saludo.
Francisco Riveira
En Estambul, Turquía.
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Francisco Riveira

Graduado en Filosofía. Investigador predoctoral en Filosofía y Retórica de la Ciencia.

Berlín, Alemania

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